Editorial

Economía y Sociedad № 108
Julio - Septiembre 2021

Cómo evitar una Convención de Babel

El 15 y 16 de mayo se eligieron los 155 miembros de la Convención Constitucional (CC) que intentará redactar, desde “una hoja en blanco” y con el voto de 2/3 de los constituyentes (103 miembros), una nueva Constitución de la República. Para esta compleja y difícil tarea hay un plazo de 9 meses, prorrogable por 3 meses. Habrá un plebiscito (“de salida”) para aprobar o rechazar la propuesta de la CC. Si se rechaza, seguiría en vigencia la actual Constitución y sus perfeccionamientos serían responsabilidad del Congreso que se eligirá el 21 de noviembre. Estas son las reglas básicas establecidas por la reforma constitucional del 23 de diciembre de 2019 que, obviamente, la CC no las puede modificar.

Si todos los constituyentes son fieles a las posturas y promesas que hicieron en sus campañas, el país se enfrenta a una verdadera “Convención de Babel”.

En el sitio www.plataformacontexto.cl se revisaron los 155 programas que los candidatos se vieron obligados a ingresar al Servel, como una medida de transparencia ante el electorado. Este estudio detectó los 13 temas más mencionados, en orden de mayor a menor: Estado Plurinacional, Derechos Sociales, Equidad de Género, Derechos de la Niñez, Derecho a Vivienda, Derechos a la Educación, Derechos de Agua, Derechos Reproductivos, Tribunal Constitucional, Congreso Unicameral, Semipresidencialismo, Estado Multicultural y Libertad de Enseñanza.

Lo procupante es que acerca de cada uno de esos 13 temas hay una cantidad enorme de declaraciones de sorprendente vaguedad, pero ni una sola propuesta de artículo concreto para incluir en la Constitución. En aquellos casos en que hay cierta precisión, la mayoría son propuestas tercermundistas. Reviste especial gravedad que ellas fueron diseminadas a todo el país a través de la franja televisiva gratuita, creando así expectativas que serán un obstáculo al debate racional. Por ejemplo, entre aquellas propuestas por la “Lista del Pueblo” (27 constituyentes) figura estatizar la minería y la banca, y expropiar sin pago los fondos de pensiones (ver “Propuestas Anti-Pueblo”). Por otra parte, varios constituyentes están proponiendo temas que no debieran estar en una Carta Fundamental y que generarían interminables debates bizantinos como, por ejemplo, cambiar el lema del escudo nacional o reformular las regiones.

Reafirmamos que esta revista adhiere a la visión madisoniana de una Constitución mínima que limite rigurosamente el ejercicio del poder para proteger las garantías individuales. La visión clave de James Madison, el “padre” de la Constitución de Estados Unidos, es que una sociedad libre requiere de un gobierno limitado.  Para Madison, “la esencia del gobierno es el poder; y el poder, depositado en manos humanas, siempre será potencialmente abusivo”.

La cuestión fundamental que preocupaba a Madison, y a los demás constituyentes de Filadelfia, era cómo prevenir el abuso de poder del Gobierno y, al mismo tiempo, proteger los derechos individuales a la vida, la libertad y la propiedad.  En más de 200 años de historia, esta Constitución, con apenas 7 artículos en 15 páginas, y pese al grave problema de origen de la esclavitud, nunca ha sido reemplazada por una nueva y ha sido perfeccionada en solo 27 ocasiones.  En pleno siglo XXI continúa tan vigente como en 1787 gobernando a la sociedad libre más sólida y antigua del mundo.

La actual Constitución adhiere a esta visión madisoniana. Es revelador que el exministro de la presidenta Bachelet, el socialista José Antonio Viera Gallo, haya reconocido que “con esta Constitución hemos vivido veintitantos años de paz, de tolerancia, de alternancia en el poder, de conflictos resueltos por vía institucional, de respeto a las libertades. Esta Constitución reformada ha ido acompañando el desarrollo político, económico y cultural del país”. Sin embargo, la izquierda creó el fantasma de una supuesta “ilegitimidad de origen” de esta Carta Fundamental y, tras el estallido de octubre de 2019, amparó la violencia para intentar derogarla.

Si la CC quiere ser exitosa, es fundamental que se libere de estos fantasmas políticos. Una manera de hacerlo es que los constituyentes proclamen, con claridad meridiana, que la nueva Constitución mantendrá de la actual todo lo que ha funcionado bien y se enfocará en buscar y evaluar todo lo que se pueda hacer mejor.
 
Durante el largo y turbulento año en que sesionará la CC, múltiples proyectos de inversión se mantendrán detenidos con un alto costo en empleos y crecimiento. Para evitar un mayor daño a la economía es necesario que la CC aborde en primer lugar la búsqueda de acuerdos en los temas económicos cruciales que generan la mayor incertidumbre. Entre ellos, esta revista destaca dos temas de la mayor importancia: el Banco Central autónomo y la opción de un sistema privado de capitalización individual que incluye, por supuesto, la inexpropiabilidad de los actuales fondos de pensiones (ver en esta edición el dossier “Banco Central autónomo” y el dossier “Sistema de Capitalización”).


Sobre la importancia de la autonomía del Banco Central, el analista Pablo Ortúzar advierte: “si nuestra clase política, corrompida por la lógica clientelista, se hace de la máquina de imprimir billetes, las clases que no tienen acceso a fuentes de ingreso y ahorro en otra moneda que la nacional están condenadas en el mediano plazo a la servidumbre o a la migración. Esto, porque ningún político se atreverá a llevar la contra y decir la verdad respecto a medidas como ‘alza de un 30% del sueldo mínimo’ que son pagadas lisa y llanamente con inflación. Ese camino ya lo recorrió una vez Chile con Allende y vimos también lo que ha pasado en Venezuela. El resultado es un Estado pirata, que intercambia acceso a bienes fundamentales a cambio de servidumbre política. Es el fin de toda libertad para las clases trabajadoras”.

Por otra parte, el sistema de capitalización ha significado la mayor creación de riqueza para los trabajadores en la historia de Chile. Intentar expropiar esta riqueza, como lo hicieron los Kirchner en Argentina, llevaría a una catástrofe económica y podría hasta producir un estallido contra la Convención.

Aunque la cláusula de la “hoja en blanco” establece el derecho de los constituyentes de escribirlo todo desde cero, ella no debería utilizarse como un método de trabajo. Lo sensato sería utilizar el actual texto constitucional como un punto de partida desde el cual se modifica o, en caso extremo, se sustituye por un nuevo artículo.

Desde ya, los constituyentes deberían ser especialmente responsables al abordar los diez pilares económicos que han contribuido a estos 40 años de prosperidad (ver “Archivo EyS”). Sería trágico retroceder en los notables logros en materia de pobreza y movilidad social (ver “El éxito social del modelo económico”).  

Los constituyentes no deberían minimizar el riesgo de que los múltiples “idiomas” de una posible “Convención de Babel” alienen a una ciudadanía a la que se le ha ofrecido grandes ilusiones. Es un hecho que en la reciente elección el 60% de los chilenos se abstuvo. El plebiscito de “salida”, el segundo semestre de 2022, tendrá mucho mayor participación, pues será con voto obligatorio. Es previsible que a los chilenos les será más difícil aceptar un texto que probablemente los desilusionará, pues las promesas de soluciones fáciles a los problemas económicos y sociales no se podrán cumplir. En ese plebiscito tampoco podrá utilizarse el recurso de la extrema impopularidad del actual gobierno, pues su mandato expira en marzo del 2022. También está la espada de Damocles del plazo de los 12 meses máximo, ya que difícilmente la opinión pública estará dispuesta a extenderlo.

Si ocurriera un “milagro político”, y prevalece la verdad histórica y la racionalidad, habría una nueva Constitución que haría posible retomar el camino al desarrollo. Por el contrario, si la intoxicación con una equivocada “revolución anti-libertad” sigue contaminando a un sector importante de constituyentes, todo este experimento puede terminar en una dolorosa pesadilla para ellos y para Chile.


Quizá en la sesión de apertura de la CC, los constituyentes deberían escuchar con atención “Revolution”, la canción que John Lennon y Los Beatles escribieron para los jóvenes tras el estallido estudiantil de 1968:

Tú dices que quieres una Revolución
bueno, tú sabes,
todos queremos cambiar el mundo.

Pero cuando hablas de destrucción
tú sabes que no puedes contar conmigo.

Tú dices que tienes una real solución
bueno, tú sabes,
todos queremos ver el plan.

Tú dices que cambiarás la Constitución
bueno, tú sabes
todos quisiéramos cambiar tu cabeza.

 

“Será peor para los más pobres”


“Puedo predecir, con bastante confianza, que si en el proceso de reescribir la Constitución se debilitan algunos de los fundamentos de la prosperidad chilena, en 10 años la situación será peor para los chilenos más pobres”.


Niall Ferguson, historiador y senior fellow Hoover Institution (DF MAS, 30.5.21)



“Cantidad de sandeces”

“Ni en mis peores sueños imaginé la cantidad de sandeces que quieren llevar a la Constitución”.


Claudio Palavecino, profesor de Derecho, U. de Chile (Twitter, 4.3.21)
 


“A ciegas”


“Debilitado el Ejecutivo y desprestigiados los partidos políticos y el Congreso, entraremos a ciegas a un proceso de reinvención institucional. Sí, es una locura que, sin conducción y con altísimos niveles de desconfianza, estemos entrando a esas aguas tormentosas”.


Héctor Soto, abogado y columnista (La Tercera, 28.3.21)
 


“Un paraíso perdido”


“Me atrevo a efectuar la apuesta de que, cuando en un tiempo más se miren nuestras últimas décadas, serán vistas como un El Dorado, un paraíso perdido”.


Joaquín Fermandois, historiador (El Mercurio, 4.5.21)