Carta al Director

Octubre - Diciembre 2017

La rebelión Jeffersoniana de 1973

Carta al Director de Claudio Véliz, Historiador chileno. Profesor emérito en Historia de la Universidad de Boston y de la Universidad La Trobe de Melbourne.

Estimado señor Director:

 

En Melbourne, donde resido, he leído con gran interés el editorial y dossier de su revista titulado “La rebelión jeffersoniana de 1973”. La doctrina jeffersoniana, que su revista aplica a Chile con elocuente valentía y autoridad moral, es sin duda un valioso y original aporte a la comprensión de nuestra historia reciente.

Quisiera agregar otros antecedentes del mismo tenor. El llamado cívico de 1973 a la intervención de nuestras fuerzas armadas tiene una robusta raigambre formativa de la civilización occidental, que va desde el entronamiento condicional de Ethelred, en el 1014, a las condiciones impuestas en la Magna Carta, en el 1215, e incorpora las ideas rectoras de Tomás de Aquino, Roberto Bellarmino, Juan de Mariana y John Locke, todos abogando por la legitimidad de la resistencia cívica a los monarcas cuyos abusos arbitrarios del poder los hacía injustos, irresponsables o irrespetuosos de las leyes.  

 

Esta porfiada dimensión del pensamiento humano contribuyó decisivamente a precipitar los tres levantamientos armados fundacionales en la gestación de nuestra modernidad: la revolución que bajo el cristianísimo liderazgo puritano de Oliver Cromwell derrocó y ejecutó al monarca absolutista Carlos I; la bien denominada “Gloriosa Revolución” de 1688 que instaló al calvinista Guillermo III en el trono inglés y, por cierto, la rebelión independentista estadounidense.  No está de más agregar que en cada uno de estos cruciales episodios la intervención armada de la ciudadanía ocurrió a pedido expreso y con la vigorosa justificación filosófica y legal de los respectivos parlamentos y congresos.  

 

Conjuntamente estos levantamientos consolidaron las libertades políticas progenitoras de la ola de creatividad, iniciativa individual, armonía social y crecimiento económico de la modernidad industrial de nuestra civilización.  Es sugerente el paralelo con la experiencia chilena en que, tal como lo explica Ud. en su excelente artículo, los representantes de un civismo con espinazo hicieron uso legítimo de la instrumentación constitucional para reclutar el apoyo de las fuerzas armadas y poner fin a la melancólica intentona de un gobierno ideológicamente inspirado en el absolutismo que entonces florecía en Cuba, Corea del Norte y la Unión Soviética y que ahora confirma abundantemente su nefasto carácter en Venezuela.  

 

El pasaje del tiempo no siempre es suficiente para otorgar adecuada perspectiva a episodios como éstos.  Es también importante ayudar a que la verosimilitud de los hechos históricos se sobreponga a la algarabía propagandista y para adelantar esta noble tarea antecedentes y análisis como los que Ud. acaba de publicar merecen aliento y gratitud.  

 

Por supuesto perdurarán opiniones e interpretaciones divergentes acerca de lo ocurrido, pero no obstante las reservas de quienes arguyen que los hechos históricos no existen, es conveniente reiterar la existencia real de ciertos hitos que marcaron la dirección política de nuestra patria, tales como la sesión del congreso que acordó apelar a los ministros uniformados para poner fin a las demasías del ejecutivo; igualmente significativo fue que este acuerdo contó con la aprobación unánime de los congresales demócrata-cristianos cuyos votos fueron precisamente los que llevaron al Dr. Allende a la presidencia.

 

Con tales hechos concretos en mente, vale la pena agregar que la oprobiosa y prolongada impopularidad de Cromwell después de la restauración monárquica fue eventualmente reconsiderada a la luz de una historiografía sensata y menos comprometida y es una gran estatua del líder puritano la que hoy día adorna la entrada principal del parlamento británico. Como seguramente observarían mis colegas ingleses, “food for thought”.

 

Claudio Véliz

[Nota EyS. En la edición número 91 publicamos un extracto del capítulo IX del libro de Claudio Véliz, “Los dos Mundos del Nuevo Mundo”; University of California Press, 1994 y Tajamares Ltda., 2009].