Dossier América Latina 

Mayo 2017 - Julio 2017

El peso de la noche estatista

Por Claudio Véliz, historiador chileno, profesor emérito en Historia de la Universidad de Boston

(Extracto del capítulo IX del libro “Los dos Mundos del Nuevo Mundo”, University of California Press, 1994, 2009; Tajamares Editores Ltda., 2009)

El umbral de una nueva era económica mundial se cruzó hace más de tres décadas con los cambios de política económica en Chile a partir de 1975, y en Gran Bretaña a partir de 1979, seguidos en 1989 por el colapso soviético, la liberación económica en China, el auge de los pequeños “dragones” del sudeste asiático y la adopción generalizada de políticas basadas específicamente en el dinamismo de la libre empresa.

Con la ahora casi legendaria excepción de Chile, y algo más tarde México y Colombia, la región menos afectada positivamente por estos eventos ha sido nuestra América, donde una confluencia de seis corrientes de pensamiento acentuó una ortodoxia estatista e intervencionista, reacia a aceptar reformas que reduzcan su abrumadora influencia.

 

Legado Guerra Mundial

 

La más inmediata de estas corrientes intervencionistas fue entregar al Estado las más grandes responsabilidades imaginables en cualquier coyuntura humana. La experiencia de la guerra, especialmente en los países de la alianza triunfante, dejó bien establecida una familiaridad generalizada con el papel que el Estado era capaz de asumir en casos de emergencia. Esta familiaridad fue una extensión comprensible del monopolio estatal de la violencia sobre el cual descansa nuestra civilización occidental, y pasó a ser de sentido común pensar que el Estado capaz de asumir responsabilidades ejecutivas sobre la vida y la muerte de los ciudadanos debiera ser igualmente capaz de administrar hospitales, producir carbón y manejar ferrocarriles.

 

Monarquías Ibéricas

 

Una segunda corriente fue descrita memorablemente, a principios del siglo diecinueve, por el estadista chileno Diego Portales como “el peso de la noche”. Portales se refería a la rica, compleja y porfiada tradición de hábitos políticos, costumbres populares y disposiciones moralistas que entorpecían en ese momento los esfuerzos por establecer regímenes republicanos modernos. Es indudable que al cruzar el umbral del siglo veintiuno la tradición centralista e intervencionista que América Latina recibió como herencia política de las monarquías ibéricas progenitoras, no sólo no muestra indicios de debilitamiento sino que la fidelidad con que algunos de nuestros gobiernos mantienen sus acendrados hábitos burocráticos y legalistas merecerían el aplauso de un Felipe II resucitado.

 

Lucha de clases

 

Una tercera corriente nació como consecuencia no anticipada de la creación de las nuevas disciplinas sociales que incluyen la sociología, la economía política, la antropología social y la psicología, agregadas ahora a sus antecedentes clásicos en la historia, el derecho, la estética y la filosofía. Las interrelaciones de estas nuevas disciplinas dieron origen a una percepción que logró resonancia universal desde que Karl Marx la describió suscintamente afirmando que el fundamento definitorio de la sociedad humana estaba en las “relaciones de producción” de las clases que la componen. No sorprende comprobar que hacia mediados del siglo pasado era difícil encontrar textos de estudio o cursos de economía en la universidades de América Latina que no aceptaran la primacía de las “relaciones de producción” como basamento de la sociedad y por consiguiente la obligación moral y política del liderazgo estatal a intervenir en la conducción económica y modificar esas “relaciones” con el objeto de reducir la pobreza y el desamparo de vastos sectores de la población.

 

Unión Soviética

 

La muy famosa declaración de Lincoln Steffens luego de visitar la Unión Soviética en 1921, “He visto el futuro, y funciona muy bien”, ofrece un resumen decidor de cómo la cuarta corriente de pensamiento contemporáneo ayudó a institucionalizar una actitud favorable a la intervención estatal en la vida económica de las naciones latinoamericanas. El lanzamiento del primer Sputnik en 1957 pareció confirmar los temores, o las esperanzas, de quienes estaban convencidos de que el futuro del género humano tenía un claro signo comunista. El problema no se perfiló como una rivalidad entre poder estatal y libre empresa sino como una competencia entre varias opciones estatistas que iban desde los socialismos y comunismos maoístas, castristas y marxista-leninistas hasta los socialismos nacionalistas, democráticos y fascistas.

 

Activismo católico de izquierda

 

La quinta corriente importante de pensamiento estatista se gestó al abrigo de la Iglesia Católica, la institución más importante, influyente y universalmente respetada en América Latina. Es amablemente irónico que hayan sido precisamente prelados y sacerdotes quienes más visiblemente se esforzaron por extender algo de respetabilidad moral y política a los movimientos revolucionarios e inevitablemente estatistas que ensombrecieron la década de 1960 en el continente. La influencia mayúscula del catolicismo cubrió un espectro amplísimo, que iba desde los extremos de la violencia guerrillera personificada en el sacerdote Camilo Torres y sus imitadores, pasando por los eruditos proponentes de la teología de la liberación en la Universidad de Lovaina y la revista Mensaje, hasta la modernización izquierdizante del Vaticano.

 

Confusión Cepalina

 

La sexta corriente estuvo parcialmente auspiciada por la Comisión Económica para América Latina, CEPAL, la más importante entidad internacional con residencia permanente en la región, y se manifestó tanto a través de planteamientos teóricos como de sus aplicaciones prácticas. La posición intelectual dominante dentro de la CEPAL tenía entonces un decidido tenor estructuralista, keynesiano y estatista muy acorde con la inmensa mayoría de los especialistas  latinoamericanos que se interesaba profesionalmente por estos temas.

 

La influencia generalizada de estas corrientes de pensamiento ha llevado a algunos a opinar que la experiencia histórica indica que el Estado es la única entidad con autoridad legítima, acceso a los indispensables recursos técnicos, y exclusiva dedicación al servicio público para asumir responsablemente la dirección de la economía de una nación. Sin embargo, es perfectamente posible examinar los mismos antecedentes históricos y llegar a la conclusión opuesta, esto es, que la experiencia de los dos últimos siglos confirma abundantemente que las burocracias estatales son esencialmente estériles y que el factor principal en la gestación, realización y vigorosa persistencia creativa de la Revolución Industrial ha sido el individualismo libertario de los pueblos de habla inglesa. A estas alturas del nuevo siglo basta mencionar los setenta años de planes quinquenales y trabajos forzados de la Unión soviética y sus satélites europeos, la Revolución Cultural de los ideólogos chinos y camboyanos, las intervenciones estatitas de Mugabe en Zimbabwe, de Correa en Ecuador, de Morales en Bolivia, de los hermanos Castro en Cuba; de Chávez en Venezuela y, por supuesto, del régimen allendista en Chile, para que quede muy en claro que ninguno de estos intentos ha logrado el bienestar económico de las grandes mayorías.

 

La confluencia de estas seis corrientes de pensamiento -primeramente el legado intervencionista de la Segunda Guerra Mundial, luego la robusta dimensión monárquica y estatista del “peso de la noche” portaliano, la aceptación generalizada del basamento económico de la sociedad humana, la esperanza, resignación o creencia en un futuro comunista, el activismo católico de izquierda y el maciso auspicio internacional de la CEPAL- afianzaro tan eficazmente la tradición centralista e intervencionista de América Latina que se requería una imaginación inteligente y una generosa dosis de entereza intelectual para proponer un camino alternativo, especialmente si se tratara de algo obviamente reñido  con las premisas y conclusiones de la ortodoxia dominante.

 

Chile, punto de inflexión 

 

Hubo, sin embargo, una excepción adornada con estas cualidades, y la nación responsable de seguir esa ruta ha sido recompensada con resultados admirables, duraderos y ejemplarizantes que justifican ampliamente aquel valeroso e imaginativo alejamiento pionero del cauce conformista.

 

Pocos episodios de la historia de Chile están mejor documentados que el ya legendario “milagro chileno”. Existe abundancia de estudios impresionantemente detallados, acuciosos y prolijos acerca de la gestación y realización de la política económica del gobierno militar. Es importante destacar que la tarea no era restaurar la derruida cúpula a su antigua gloria bajo la impronta del erizo barroco, sino retirar los escombros tan rápido como fuera posible y levantar una nueva estructura más coherente con la vanguardia de las artes, la tecnología, los hábitos sociales, los artefactos y las innovaciones científicas de la herencia universal de la Revolución Industrial.

Es difícil encontrar instituciones más profundamente enraizadas en la idiosincracia nacional y menos dispuestas a limitar, disminuir o de cualquier modo atenuar el papel central del Estado que las fuerzas armadas. Esta decidora circunstancia ayuda a comprender la magnitud del cambio impreso por el gobierno militar de Chile en la conducta de los asuntos económicos del país a partir del mes de abril de 1975, fecha en que se aprobó formalmente el drástico programa de liberalización económica elaborado por el grupo de economistas popularmente denominados “Chicago Boys” que le presentó el líder del grupo y Ministro de Hacienda, Jorge Cauas.

 

Ahora sabemos que este programa tuvo altibajos que exigen serenidad y apoyo sostenido pero es también de meridiana claridad que con ese golpe de timón se empezó a dar forma a la profunda revolución económica de signo contrario tanto a lo que antes intentara el gobierno de Salvador Allende como a la ortodoxia dominante en la CEPAL y en la mayoría de las universidades latinoamericanas.

 

La caída del muro de Berlín y el catastrófico derrumbe del Estado soviético a partir de 1989, pusieron punto final a todas estas expectativas y confirmaron la sensatez de quienes en Chile catorce años antes, en 1975, ya habían decidido alejarse de la tradición estatista y optar por las oportunidades que los mercados libres ofrecían a la libertad individual.

 

Es simbólico y decidor que, con una notable excepción, los jefes de Estado y ministros que optaron por este camino realmente revolucionario en Chile, México y Colombia hubieran completado su formación académica en universidades estadounidenses o británicas. La excepción, por supuesto, es la del general Pinochet quien, aconsejado por ministros del calibre de Sergio de Castro, José Piñera, Jorge Cauas y Miguel Kast, adoptó la decisión pionera que cambió el rumbo de Chile y del continente.