Tribuna

Enero-Marzo 2018

Who is John Galt?

Por José Carlos Rodríguez, periodista y miembro del Instituto Juan de Mariana

[Nota EyS.  Varios lectores nos han preguntado ¿Quién es John Galt? tras leer el editorial “La Victoria de la Revolución Liberal” donde es mencionado. Es el protagonista de la novela distópica de Ayn Rand, “La Rebelión de Atlas” .  Y en ella se repite constantemente la pregunta:  “Who is John Galt?”].


Ayn Rand dedicó dos grandes obras a profundizar en su filosofía individualista. Una de ellas es “El Manantial”, llevada poderosamente al cine por King Vidor, donde se acerca a esa filosofía desde el punto de vista del individuo, el original arquitecto Howard Roark. La otra es “La Rebelión de Atlas” en la cual  trata las consecuencias sociales de la antihumana filosofía totalitaria, que ahoga a la persona, su razón y su impulso, su creatividad y su orgullo por el trabajo propio, en una ideología que hace de la virtud un pecado y que justifica como expresión de la máxima moralidad el esclavismo.
 
El título que originalmente había concebido la autora era “The Strike” (“La Huelga”), hasta que su marido, el actor Frank O’Connor, le sugirió el título definitivo. La novela describe un mundo en decadencia. Un mundo en el que gobierna la ideología colectivista.

En vista de ello, John Galt, el personaje central, promueve una huelga de la gente más capaz, de los “motores del mundo”, de quienes aportan valor y bienes con su trabajo de excelencia y con la aplicación de la razón. De los artistas, empresarios, científicos, filósofos, creadores de todo tipo, que hartos de ser expoliados en nombre del bienestar general y de valores como la igualdad y la estabilidad se retiran de un mundo que no es ya el suyo.

 

El resultado es, seguramente, la mejor descripción que se haya hecho jamás de una involución económica, en la que las complejidades de la división del trabajo se van abandonando paulatinamente; incluso se llega a retroceder en el uso de métodos productivos avanzados, que son sustituidos por otros más primitivos. Se llega a dar el caso, como ocurría en la antigua China, en que los escasos inventos de valor se abandonan, y no son, por tanto, aplicados a la industria.

 

Un elemento original de la novela que nos ocupa, y que la separa tanto de “Un Mundo Feliz” de Aldous Huxley (1932) como de “1984” de George Orwell (1949) es que los héroes randianos crean su propio espacio; en este caso, una utopía capitalista. 

 

“La Rebelión de Atlas” tiene pasajes absolutamente memorables. Por ejemplo, nos encontramos con un discurso del empresario minero Francisco D’Anconia, para quien el dinero “es la forma material del principio según el cual quienes desean tratar con otros deben hacerlo mediante transacciones, entregando valor por valor. No es el instrumento de los pordioseros, que exigen llorando el producto del trabajo ajeno, ni de los saqueadores, que lo arrebatan por la fuerza; el dinero se hace solo posible gracias a quienes lo producen”. 

 

Otro pasaje especialmente valioso es aquel en que un trabajador expone el desarrollo de una fábrica donde se aplica, hasta sus últimas consecuencias, el principio “De cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades”. Con la falta de rigor intelectual característica de gran parte de la izquierda, esta idea ha sido repetida en innumerables ocasiones, sin que quienes la postulan se detengan a considerar qué consecuencias prácticas tendría, teniendo en cuenta la naturaleza humana. Es precisamente esto lo que hace Ayn Rand, y estoy persuadido de que nadie que lea estas páginas podrá seguir convencido de la bondad de dicho principio.

 

Como las necesidades son potencialmente infinitas, los trabajadores las multiplican ante los responsables de la fábrica, convirtiéndose de esta manera en pedigüeños de la peor especie y creando conflictos personales en los que emergen los peores sentimientos y se llega a las peores consecuencias. Para pagar estas necesidades sin fin se explota, también sin fin, a los mismos trabajadores, especialmente a los más capaces.

 

Como el trabajo depende de la voluntad de aplicar la razón, en consonancia con la filosofía de Rand, y esta voluntad se diluye con la desaparición del vínculo entre el propio esfuerzo y la recompensa, el resultado es el desánimo, la inacción, la holgazanería.
 
Ayn Rand crea sus personajes con unos pocos golpes de cincel. No es que carezcan de matices, sino que, más incluso que en el caso de Shakespeare, cada personaje representa una idea, de modo que a lo que asiste el lector, como habrá esperado a estas alturas, es a toda una obra de filosofía. No en vano la novela está dividida en tres partes que evocan la lógica aristotélica, en la que se basa el “objetivismo”, nombre que Ayn Rand dio a su propio sistema filosófico: “La no-contradicción”, “Una cosa o la otra” y “A es A”.
 
Estos personajes ideales, que alcanzan incluso la perfección –caso de John Galt–, llevan a la autora, quizás sin que lo advirtiera, a fallar en dos puntos de no menor importancia por lo que se refiere a la descripción del funcionamiento de una sociedad. Uno de ellos es que todos, incluso los empresarios más brillantes, nos movemos en un mundo de parcial incertidumbre que nos impide calcular o prever con certeza las consecuencias de nuestros actos o de los demás, ya que dependen de un conocimiento que todavía no se ha creado. Es la misma creatividad humana la que da lugar a la incertidumbre, por lo que Rand, que insiste con toda justicia en la creatividad del individuo, es traicionada aquí por su racionalismo extremo.
 
La creación de valor consiste en el alumbramiento de nuevas ideas. Pero si bien la novelista incide en la aplicación práctica de la razón, no tiene en cuenta suficientemente la infinidad del conocimiento práctico y disperso del que siempre habló Friedrich A. Hayek, y que abre la posibilidad de hacer contribuciones prácticas a todos los individuos.

En “La Rebelión de Atlas” eso queda en exclusiva para personas absolutamente extraordinarias, lo que parece dejar al individuo común en un papel secundario, incluso en parte prescindible, en el proceso social. Lo que se antoja contradictorio con una filosofía individualista, que es precisamente la que intenta fundamentar la autora. O esa es la impresión que puede uno llevarse de la novela. No es así, en realidad, ya que, fuera del desarrollo concreto de los hechos, lo que nos presenta la filósofa es un conjunto de ideas accesibles a la razón de cualquiera, y por tanto aplicables por todos.
 
Una encuesta realizada por The New  York Times preguntó a los norteamericanos cuál era la obra que más había influido en sus vidas. La más citada fue la Biblia; la segunda, “La Rebelión de Atlas” de Ayn Rand. Pues es una celebración de la vida y de la libertad, de los derechos de la persona. Creo sinceramente que su lectura no puede dejar indiferente a nadie.