Tribuna

Octubre - Diciembre 2018

Violencia y muerte en el campo chileno

Por José Manuel Castro, historiador, Instituto de Historia, Universidad San Sebastián

La reforma agraria impulsada por los gobiernos de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y Salvador Allende (1970-1973) fue una de las iniciativas políticas más perjudiciales y controvertidas de la historia de Chile. El gobierno de Frei presentó esta política expropiatoria en función de la “modernización de la agricultura” y de la “justicia social”, pero según hemos mostrado en el tomo 3 de la Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián, CEUSS, 2018), también hubo otros propósitos políticos e ideológicos que la animaron y, desde ya, fue determinante en debilitar el derecho de propiedad privada en Chile.

La violencia física irrumpió como medio para acelerar el proceso expropiatorio: propietarios, campesinos y agitadores políticos se enfrentaron incluso mediante las armas.  Un caso emblemático de estos hechos fue la “batalla de San Miguel” en Los Andes, en que más de un centenar de campesinos apoyados por el Frente Interno Socialista se tomaron el fundo y mantuvieron como rehenes a su dueño y esposa. La izquierda esperaba que el enfrentamiento con carabineros diera lugar a la “Sierra Maestra” chilena, como un paso clave en el camino hacia la revolución socialista. También hubo episodios en que los propios campesinos decidieron resistir la expropiación del gobierno, como en el fundo Santa María de Longotoma, en que casi doscientos trabajadores rechazaron las medidas de la Corporación de la Reforma Agraria. 

El clima de polarización, crispación y violencia política se agudizó durante el gobierno de la Unidad Popular y se extendió por todo el campo chileno. El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), inspirado en la revolución cubana, promovió la vía armada en el campo a través del Movimiento Campesino Revolucionario. Tuvieron como base de sus operaciones la región de la Araucanía, donde, bajo consignas como “tierra o muerte” ocuparon el predio Tres Hijuelas, fundando ahí el Campamento Lautaro. En un importante discurso en Temuco, en noviembre de 1971, el líder del MIR, Miguel Enríquez, llamaba a “expropiar toda la gran propiedad agraria sin indemnización” y a “instaurar un gobierno revolucionario de obreros y campesinos”.

Las expropiaciones, las tomas de terreno y los enfrentamientos afectaron la vida de muchos propietarios de forma dramática, dejando incluso un saldo de muertos. En abril de 1971, en el fundo La Hijuela Grande de Nilahue, tras ver cómo ocupaban sus tierras, Jorge Baraona Puelma murió a causa de un infarto cardíaco. Según relata su propio hijo, tras los hechos llevaron rápidamente a su padre a un hospital, pero murió en el camino, en Peralillo.

 

En noviembre de 1970, en el fundo Tregua de Panguipulli, de un modo especialmente trágico murió Antonieta Maachel, quien se suicidó tras la toma, secuestro, saqueo y vejaciones sufridas al interior de su casa.

Testimonio

Antonieta Maachel

          Señor Director:

En estos tiempos en que los terroristas son “víctimas” y quienes nos salvaron de ellos “victimarios”, me he acordado de una excelente mujer, esposa y madre: Antonieta Maachel. Había llegado de Italia junto a su marido, Eneas Recalcatti. Formaron el fundo Tregua de Panguipulli. Cuando su marido murió, Antonieta se hizo cargo con mucho sacrificio y tesón, hasta que en noviembre de 1970 su tierra y su casa fueron tomadas por José Gregorio Liendo (“Comandante Pepe”, hoy “víctima” por cuyo fusilamiento el juez Guzmán persigue a militares). 

Antonieta fue secuestrada y ultrajada en forma brutal por todos los forajidos de la banda, y en su desesperación se quitó la vida en su dormitorio, mientras sus agresores se daban un banquete en el comedor de su casa. Dejó tres hijos adolescentes librados a su suerte y despojados de sus bienes. 

No hubo “derechos humanos”. Por su muerte nadie ha hecho ni hará un “mea culpa”. Chile tiene el alma herida desde entonces y no ha podido sanar porque constantemente se está reviviendo solo una parte de su historia, pero se ha pretendido hacernos olvidar la otra, donde se originó todo”

 

Paz Rodríguez Correa (Carta a El Mercurio, 28.3.2005)