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Abril-Junio 2018

Thatcher sobre Pinochet

Por Margaret Thatcher (Blackpool, 6 de octubre de 1999)

[Nota EyS. Este discurso de  Margaret Thatcher en la Convención del Partido Conservador británico es extraordinario. Desde ya, una ex Primera Ministra denuncia un “secuestro judicial” en el Reino Unido, país que fue la cuna de los derechos individuales tras ser logrados con la Carta Magna de 1215. Por otra parte, la “generalísima”  de la guerra de las Falkland reconoce el inmenso aporte que hizo Chile e incluso desclasifica un secreto de guerra al explicar las circunstancias en que fueron hundidos dos barcos ingleses el día en que la Fuerza Aérea chilena no pudo advertirles del inminente ataque de los aviones argentinos. Con un coraje excepcional, la Dama de Hierro enfrenta la leyenda negra creada por la izquierda internacional tras su histórica derrota del Once de Septiembre de 1973 y elogia, sin complejos, el legado de libertades, prosperidad y democracia del gobierno del Presidente Pinochet].

Nueve años han transcurrido desde la última vez que me dirigí a ustedes en esta Convención del Partido Conservador. Hoy rompo mi compromiso de mantener silencio. Y por una muy buena razón: para expresar mi indignación por el brutal e injusto tratamiento al Senador Pinochet.

Chile es nuestro amigo más antiguo en Sudamérica. Nuestros lazos son muy cercanos y se remontan a aquellos tiempos en que el Almirante Cochrane luchó en las guerras de la Independencia de Chile contra el gobierno español.

El Presidente Pinochet fue un leal y verdadero amigo nuestro en aquel momento de necesidad cuando Argentina invadió nuestras islas Falkland. Lo sé. Yo era entonces la Primera Ministra. Bajo las expresas instrucciones del Presidente Pinochet, y asumiendo un alto riesgo, Chile nos proveyó de una invaluable ayuda. No puedo revelar todos los detalles. Pero mencionaré solo un incidente.

Durante la guerra de las Falkland, la Fuerza Aérea de Chile nos avisaba con anticipación los ataques aéreos argentinos, lo que permitió a nuestras fuerzas navales y aéreas preparar las defensas oportunamente. El enorme valor de esa información de inteligencia se confirmó cuando un día, casi al final de la guerra, el radar chileno de larga distancia tuvo que ser apagado para una mantención indispensable. Ese mismo día -martes 8 de junio, fecha clavada en mi corazón- aviones argentinos atacaron y destruyeron los cruceros Sir Galahad y Sir Tristram con enormes pérdidas humanas. En total, 250 miembros de nuestras fuerzas armadas perdieron la vida en la guerra de las Falkland. Sin la intervención del Presidente Pinochet, con certeza, habrían sido muchos más. Todos los británicos tenemos con él -y con Chile- una enorme deuda.

¿Y cómo las actuales autoridades británicas bajo este Gobierno Laborista pretenden saldar esta deuda? Se los diré. Por la vía de colaborar con el secuestro judicial del Senador Pinochet.

Sabemos el catálogo de abusos que ha ocurrido. Sabemos que a la llegada del Senador Pinochet, como en ocasiones previas, las autoridades británicas lo recibieron como huésped de honor. Sabemos que se hizo creer a los chilenos que él estaba seguro acá, a pesar de que las autoridades británicas ya sabían que ello era falso. Sabemos que estando en su cama de enfermo fue arrestado durante la noche, después de una operación a la columna, en circunstancias que más se parecen a las de un estado policial. Sabemos que primero fue retenido bajo sedantes en una pequeña habitación de una clínica y después en una casa en que ni siquiera se le permitió caminar en el jardín.

Sabemos que todo esto fue hecho bajo una orden de arresto que posteriormente las cortes declararon ilegal. Sabemos que las autoridades estaban conscientes que la orden de arresto era ilegal, porque enviaron rápidamente  abogados a España para emitir una nueva orden. Sabemos que la culpabilidad del senador Pinochet fue públicamente prejuzgada por los ministros del gabinete laborista. Sabemos que por primera vez en su historia la Cámara de los Lores tuvo que anular su sentencia porque uno de ellos no se recusó del juicio por tener intereses con una organización internacional que lo convertían en un juez parcial.
 
Nunca imaginé que vería el honor de Gran Bretaña y la reputación de un juez británico tan depreciada con este asunto. Todos los responsables deberían avergonzarse y deberían asumir públicamente su responsabilidad.

No se equivoquen: el caso de Pinochet es la revancha de la izquierda.

Pinochet no está en juicio por los cargos que le imputa el juez Garzón, sino por derrotar al comunismo.

Lo que la izquierda no le perdona a Pinochet es que sin duda él salvó a Chile y ayudó a salvar a América Latina.

Pero no consideren solo mi palabra. En su lugar, escuchen al Presidente Aylwin, que sucedió al Presidente Pinochet después de una elección democrática, quien señaló: “El gobierno de Allende planeaba, con la ayuda de milicias armadas de enorme poder militar, establecer una dictadura comunista”. Eso fue, señoras y señores, lo que Pinochet impidió.

Como él mismo admite, en los inicios del golpe militar hubo abusos. Y algunos de ellos continuaron. La responsabilidad precisa por lo que ocurrió solo puede establecerse en Chile.

Pero es una afrenta al sentido común, y una caricatura de justicia, sostener que un jefe de gobierno debe automáticamente aceptar responsabilidad criminal por todo lo hecho mientras estaba en el poder. Sobre esa base, los señores Blair y Straw deberían aceptar responsabilidad criminal por todo lo hecho en cada prisión o estación de policía del Reino Unido.


Me sorprende que quienes corren a acusar a Pinochet de todo abuso imaginable, no mencionan el positivo legado que dejó su gobierno en Chile.

¿Qué hay, por ejemplo, del hecho que Chile fue transformado desde el caótico colectivismo a una economía modelo en América Latina?

¿Qué hay, por ejemplo, del hecho que más chilenos adquirieron vivienda, que la atención de salud mejoró, que la mortalidad infantil se desplomó, que programas altamente eficientes para derrotar la pobreza fueron implementados?

Sobretodo, ¿por qué no le dicen al mundo que fue el Presidente Pinochet el que estableció una Constitución para el retorno a la democracia? ¿Que él se sometió a un plebiscito para decidir si continuaba o no en el poder? ¿Qué el perdió el plebiscito (aunque obtuvo el 44% de la votación), que respetó el resultado y entregó el poder a un sucesor elegido democráticamente?

Pero, por supuesto, sabemos por qué no se habla de ninguno de estos logros. Porque la izquierda no quiere hablar de esos logros ni quiere, si puede evitarlo, que se sepan.

La izquierda perdió la Guerra Fría en Chile, al igual que en todas partes.

Para nuestro Ministro del Interior (Jack Straw), quien visitó Chile como un joven activista de izquierda, ello debe haber sido muy estresante. Y no debe haber sido tampoco más agradable para nuestro Primer Ministro (Tony Blair) quien recientemente describió a Allende como un “héroe”.

La izquierda en Chile, y en Gran Bretaña, tuvo que abandonar toda la retórica socialista y la mayoría de sus políticas, para retornar al poder.

Pero lo que no pudieron ni quisieron abandonar fueron esos venenosos prejuicios de su juventud.

Y esta era la situación cuando un confiado ex gobernante chileno eligió visitar a su amada Gran Bretaña el otoño pasado.

Cuando los comunistas casi lo asesinaron en 1986, el Presidente Pinochet sabía que sus enemigos le dispararían. Pero jamás se imaginó que un nuevo intento de asesinato, esta vez legal y político, estaba planificado en la Gran Bretaña en que él confiaba como un amigo.

ADDENDUM. Aquí está el discurso completo de la Sra Thatcher, en inglés.