Tribuna

Economía y Sociedad № 103
Abril - Junio 2020

¡Suecia es capitalista!

Por Johan Norberg, senior fellow Instituto Cato

Cuando al senador Bernie Sanders, excandidato a la nominación presidencial por el Partido Demócrata, se le pidió mencionar un solo ejemplo de país donde el socialismo haya funcionado, señaló que “deberíamos mirar a países como Dinamarca, como Noruega y como Suecia”.Los socialistas estadounidenses siempre citan a Suecia o a algún país nórdico. Después de todo, los países que los socialistas originalmente señalaban como ejemplo siempre terminaron con colas para comprar pan. Pero ahí está Suecia: decente y con credenciales democráticas impecables. Solo hay un problema: Suecia no es socialista.

Si Sanders quiere convertir a Estados Unidos en Suecia tendría que impulsar el libre comercio, desregular la economía, reducir el impuesto a las empresas y abolir el salario mínimo. También tendría que eliminar los impuestos a la propiedad, a las donaciones y a la herencia. Y tendría que eliminar el sistema de reparto en las pensiones y sustituirlo por cuentas privadas de capitalización individual. También debería implementar un sistema de vouchers para que los escolares elijan si asisten a una escuela pública o privada.

Entonces, ¿por qué tantas personas asocian a Suecia con el socialismo? Por la misma razón que la asocian con ABBA y el amor libre: sus percepciones están estancadas en la década de 1970. En ese momento era razonable decir que Suecia estaba moviéndose hacia el socialismo. Pero fue una aberración en la historia de Suecia, una aberración que casi destruyó nuestro país.


La revolución liberal

A mediados del siglo XIX, un grupo de liberales clásicos, liderados por Johan August Gripenstedt, asumió el gobierno y abolieron los monopolios laborales, eliminaron las barreras comerciales, desregularon las empresas y los mercados financieros, y desmantelaron la discriminación legal en contra de las mujeres. Estas reformas desataron el desarrollo de Suecia. Desde 1870 hasta 1913, el PIB por persona de Suecia aumentó un 2% anual, un 50% mayor que el resto de Europa Occidental. Durante este período, el gasto público no sobrepasó el 10% del PIB. Además, se declaró neutral en ambas guerras mundiales, mientras mantuvo los mercados abiertos y los impuestos bajos.

Hacia 1950, Suecia era la cuarta economía más próspera del planeta y la quinta economía más libre del mundo. Los impuestos constituían tan solo 21% del PIB de Suecia, un nivel más bajo que en Estados Unidos, y alrededor de 10 puntos porcentuales por debajo de países como Gran Bretaña, Francia y Alemania Occidental.


El experimento socialista

Gunnar y Alva Myrdal, dos pensadores suecos socialdemócratas del siglo XX, creyeron que los países escandinavos tenían las circunstancias ideales para desarrollar un Estado de Bienestar generoso. Eran países ricos con empresas competitivas que podían financiar al Estado. También tenían poblaciones homogéneas con una sólida ética de trabajo, servicios públicos que no eran corruptos y un alto nivel de confianza. Si el socialismo no funcionaba allí, sería difícil que funcionara en lugar alguno.

Bajo esa premisa, los socialdemócratas introdujeron al Estado en la educación y en la salud. Además, impusieron el sistema de seguridad social de reparto. Entre 1960 y 1980, el gasto público más que se duplicó, desde 31% al 60% del PIB y los impuestos se dispararon. El gobierno reguló a las empresas y al mercado laboral.

Esta es la versión del modelo sueco que capuró la atención del mundo y la que Bernie Sanders recuerda. En el momento preciso en que el socialismo obtuvo su mayor prestigio internacional, Suecia era un pequeño país democrático que parecía demostrar que el socialismo y la riqueza podrían darse juntos.


El fracaso socialista

Era el momento de la gloria sueca solamente para los periódicos estadounidenses y europeos. En realidad, fue el momento de “La rebelión de Atlas” de Suecia. Para escapar de los impuestos y de la tramitología, el talento y el capital huyeron de Suecia. Las empresas suecas trasladaron sus matrices e inversiones a lugares más amigables. IKEA se fue a Países Bajos y Tetra Pak a Suiza. Björn Borg y otras estrellas del deporte, huyeron a Mónaco. La famosa novelista Vilhelm Moberg, que se había establecido en Suiza, se quejó de que el gobierno sueco era “un monstruo sin moralidad o sentido de la poesía”. El legendario cineasta Ingmar Bergman se fue a Alemania luego de haber sido acusado falsamente de evadir impuestos.

En 1970, antes del experimento socialista, Suecia era 10 por ciento más rica que el grupo G-7 de países ricos según su PIB per cápita. En 1995, era 10 por ciento más pobre. Durante ese período, ni un solo empleo neto se creó en el sector privado sueco.

A pesar de las esperanzas de Gunnar y Alva Myrdal, las políticas socialistas ni siquiera funcionaron en Suecia. La intervención masiva del Estado en la economía y en los servicios sociales socavó la productividad y la innovación.

Hasta el ministro de Finanzas socialdemócrata Kjell-Olof Feldt, concluyó: “Todo eso del socialismo democrático era absolutamente imposible. Simplemente no funcionó. No había otra forma de proceder más que las reformas de mercado”.


La contrarevolución

Entre 1991 y 1994, un gobierno de centroderecha bajo el primer ministro Carl Bildt implementó reformas radicales para devolver a Suecia al camino del desarrollo. Y contó para ello con el apoyo de los propios socialdemócratas. Redujeron el tamaño del Estado en un 30% y fijaron metas de superávit fiscal. Redujeron los impuestos a la renta y abolieron los impuestos al patrimonio, a los bienes inmuebles, a las donaciones y a la herencia. Las empresas estatales fueron privatizadas y los mercados de servicios financieros, electricidad y telecomunicaciones fueron liberalizados. Suecia también ingresó a la Unión Europea para obtener acceso sin aranceles a sus mercados más importantes. En Bruselas, Suecia se convirtió en una voz líder a favor del control fiscal y de la desregulación.


Suecia implementó la competencia en el sector público y, mediante un sistema de vouchers, consagró la libertad para los padres de elegir  el colegio donde educar a sus hijos, público o privado. Los socialdemócratas y los partidos de centroderecha acordaron acabar con el sistema de reparto de seguridad social y reemplazarlo con contribuciones definidas y cuentas privadas de capitalización. Ahora los pagos de pensiones dependen del desarrollo de la economía y no de las promesas de los políticos.

Entre 1970 y 1995, cuando el mundo pensó en Suecia como el paraíso socialista para los trabajadores, la inflación se comió casi todos sus aumentos de salario. Desde 1995, en cambio, los salarios reales han aumentado en un 65%.

El gasto público y los impuestos se redujeron a los niveles normales de Europa Occidental. El gasto social constituye 26% del PIB, comparado con 29% en Bélgica y 31% en Francia. El gobierno sueco provee a sus ciudadanos atención médica, cuidados infantiles, universidades gratuitas, prenatal para los padres y subsidios por enfermedad en el trabajo.

La razón por la cual no ha habido mayores caídas en la economía es porque el sistema tributario no está construido para exprimir a los ricos, pues en la década de 1970 quedó demostrado que la economía depende demasiado de ellos. En cambio, Suecia cobra impuestos a todos los trabajadores.

En Suecia, el 97% de la recaudación tributaria por impuestos sobre los ingresos proviene de aplicar una tasa de impuesto pareja de alrededor de un 33% del ingreso a todos los trabajadores suecos. Solo 3% de la recaudación de impuestos proviene de “cobrarles impuestos a los ricos”. Según la última comparación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el 10% con ingresos más altos en Estados Unidos pagan un 45% de lo recaudado por impuestos sobre el ingreso. En Suecia, ellos pagan menos del 27%.

Esta es la historia real acerca del modelo sueco. La economía de libre mercado convirtió a un país pobre en uno de los países más ricos del planeta. Luego experimentó con el socialismo brevemente en la década de 1970 y 1980. Esto hizo famoso al país, pero casi lo destruyó. Aprendiendo de este desastre, la izquierda y la derecha reimpulsaron el desarrollo de Suecia con políticas de libre mercado.