Hijos del modelo

Abril - Junio 2019

Subí el ascensor social

Por Sebastián Herrera, estudiante de Derecho, Universidad Católica de Valparaíso

Nací un 22 de Noviembre de 1997 en el hospital público “Van Buren” de Valparaíso. Mi padre, de 27 años, trabajaba en el puerto de Valparaíso con una empresa de logística y transporte. Mi madre, de 19 años, aún no terminaba su cuarto medio y tuvo que abandonarlo para tenerme a mí. Ambos nacieron en ambientes que van desde la vulnerabilidad hasta la clase media baja. 

La crisis asiática golpeó fuerte a mi familia. Mi padre perdió su empleo. Fueron tiempos duros. Para sobrevivir, mis padres no encontraron nada mejor -aunque ellos no lo sabían- que convertirse en capitalistas, restringir nuestro consumo y utilizar nuestros escasos recursos para brindar un servicio a la comunidad antes que a nosotros. Comenzaron a producir empanadas para venderlas en las calles de Valparaíso. No fue el sueño americano, pero sí aprendimos que el trabajo duro en el nuevo Chile de las oportunidades, significaba ofrecer bienes y servicios al resto para luego uno mismo mejorar su calidad de vida. Fue el inicio del espíritu empresarial de mis padres que me abrió las oportunidades que ellos no tuvieron a mi edad.

 

Con el tiempo, mis padres se separaron, pero el espíritu emprendedor que nació a partir de la necesidad se mantuvo viva. Mi papá, siempre presente, aprendió de memoria el trabajo logístico portuario y fundó su propia empresa, Protran, con la que ha surgido hasta hoy. 

Con mi mamá nos fuimos a vivir a Los Andes. Ella arrendó una casa que al poco tiempo se convirtió en un exitoso negocio de venta de ropa americana. El negocio requería una dedicación total. Horas y horas para planchar la inmensa cantidad de ropa que nos llegaba. Así le dábamos una buena presentación del producto al cliente. No sería para siempre. El negocio era tan bueno que empezó a replicarse muy rápido. La competencia era feroz. Los clientes disminuyeron. Hoy  reflexiono que viví cómo el “mercado” recompensó el ingenio y el esfuerzo de mi madre y cómo la competencia permitió que otros emprendieran y mejoraran sus vidas también. Era la hora de reconvertirse. Así, el negocio pasó de vender ropa americana a un Ciber Café donde los adolescentes, en lugar de comprar consolas de juego caras, arrendaban consolas nuestras por una o dos horas. Pero con la enorme riqueza que el modelo estaba creando, los jóvenes comenzaron a acceder masivamente a comprar consolas de video juegos de última generación. Arrendar una play station o ir a una Ciber Café pronto serían tiempos pasados. 

Comenzamos de nuevo. Nos mudamos a Hijuelas, la “capital de las flores”, a orillas de la ruta 5 Norte, en la provincia de Quillota. A pesar de su fobia a los gusanos, mi madre trabajó en un vivero donde aprendió todo el negocio, desde la compra de semillas hasta el marketing y ventas, pasando por la plantación y cuidado de los distintos tipos de plantas y flores. Hoy tiene su propio invernadero que entre sus clientes destaca Walmart con el cual llega a todo Chile.

Entretanto, comencé mi travesía por internet a la cual accedía, para ahorrar lo máximo posible, con pendrive prepago, muy limitada y lenta, pero suficiente para abrirme un inmenso mundo nuevo. Como todo joven, al principio la utilizaba para jugar, pero con el tiempo empecé a leer sobre historia, política y economía. Conocí, entre muchos otros, a Ludwig von Mises, Rothbard, Milton Friedman, John Locke y los ideales de libertad de los Padres Fundadores de Estados Unidos. 

Soy un orgulloso hijo del modelo chileno de libertad. El modelo que abrió a mis padres oportunidades para superarse y legarme una herencia cultural por la cual comienzo mi vida profesional de abogado de la Universidad Católica de Valparaíso, con la esperanza cierta de transformar a mis hijos en hijos del modelo también.