Dossier Muro de Berlín

Octubre - Diciembre 2019

“Sr. Gorbachov, derribe este muro”

Por Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos (Extracto del discurso en la Puerta de Brandenburgo, Berlín Occidental, 12.6.87)

A mis espaldas hay un muro que rodea los sectores libres de esta ciudad, el cual forma parte de un vasto sistema de barreras que divide todo el continente europeo. Desde el Báltico al Sur, esas barreras atraviesan Alemania como una herida de alambre de púas, hormigón, patrullajes con perros y torres de vigilancia. Los guardias armados y los puestos de control están ahí: restringiendo el libre tránsito, como el instrumento para imponer sobre hombres y mujeres comunes y corrientes la voluntad de un estado totalitario.

Es aquí en Berlín donde el muro emerge con mayor claridad. Aquí, cortando la ciudad, donde las fotografías en los diarios y las imágenes de la televisión han dejado una impronta de esta brutal división de un continente en la mente del mundo. De pie ante la puerta de Brandenburgo, todo hombre es un alemán y cada hombre es un berlinés, obligado a contemplar una cicatriz. 

El presidente von Weizsacker ha dicho: “La cuestión alemana permanecerá abierta mientras la puerta de Brandenburgo permanezca cerrada”. Hoy yo digo: Mientras esta puerta esté cerrada, mientras se permita que esta cicatriz que es el muro siga en pie, no es solo la cuestión alemana la que permanece abierta, sino la cuestión de la libertad para toda la humanidad. 

En la primavera de 1945, la gente de Berlín salió de los refugios antiaéreos y encontró devastación. A miles de kilómetros de distancia, el pueblo de Estados Unidos les tendió una mano. Y en 1947 el Secretario de Estado George Marshall anunció la creación de lo que se conocería como el Plan Marshall que ayudó a fortalecer el mundo libre. 

La prosperidad solo se puede alcanzar cuando agricultores y empresarios disfrutan de libertad económica. Los líderes alemanes redujeron aranceles, expandieron el libre comercio, bajaron impuestos. Solo entre 1950 y 1960, el nivel de vida en Alemania Occidental y Berlín se duplicó.


Donde hace cuatro décadas había escombros, hoy Berlín es la ciudad con la mayor producción industrial que cualquier otra en Alemania: edificios de oficinas donde hay una gran actividad, lindas casas y departamentos, avenidas señoriales y amplios prados y parques.  Donde la cultura de una ciudad parecía destruida, hoy hay dos grandes universidades, orquestas y una ópera e innumerables teatros y museos. Donde había necesidad, hoy hay abundancia, alimentos, vestuario, automóviles, los maravillosos productos del Ku'damm. De la devastación, de la ruina total, ustedes, los berlineses, en libertad, han reconstruido una ciudad que una vez más se ubica entre las más grandes de la Tierra.

Hace 24 años, cuando el Presidente Kennedy habló en el Ayuntamiento, la libertad estaba en jaque y Berlín bajo sitio. Y hoy, pese a todas las presiones sobre esta ciudad, Berlín se mantiene segura en su libertad. Y la libertad misma está transformando al planeta.

En la década de 1950, Khrushchev predijo, refiriéndose a Occidente: “Los enterraremos”. Pero vemos hoy en Occidente un mundo libre que ha alcanzado un nivel de prosperidad y bienestar sin precedentes en toda la historia de la humanidad. 

En todo el Pacífico, el libre mercado hace milagro tras milagro de crecimiento económico. En las naciones industrializadas se está desarrollando una revolución tecnológica, una revolución marcada por avances rápidos y radicales en informática y telecomunicaciones.

En el mundo comunista, vemos fracaso, atraso tecnológico, condiciones sanitarias cada vez peores, incluso necesidades básicas insatisfechas y escasez de alimentos. Aún hoy, la Unión Soviética no es capaz de alimentarse. 

De esta manera, después de estas cuatro décadas, el mundo entero se enfrenta a una conclusión inevitable: la libertad conduce a la prosperidad. La libertad reemplaza los antiguos odios entre naciones por civismo y paz. La libertad es la vencedora.

Al mirar el muro desde el Reichstag, la encarnación de la unidad alemana, vi unas palabras pintadas en aerosol, tal vez por un joven berlinés, “Este muro caerá. Las creencias se hacen realidad”. Sí, en toda Europa, este muro caerá. Porque no puede resistirse a la fe; no puede resistirse a la verdad. El muro no puede resistirse a la libertad.

En Europa, solo una nación, y aquellas que están bajo su control, se niega a unirse a la comunidad de la libertad. Sin embargo, en esta era de crecimiento económico redoblado, de información e innovación, la Unión Soviética enfrenta una elección: debe hacer cambios fundamentales o se volverá obsoleta. El presente es un momento de esperanzas. 

Mucho se escucha desde Moscú, acerca de una nueva política de reforma y apertura. Algunos presos políticos han sido liberados. Algunas emisiones de noticias extranjeras ya no son interferidas. A algunas empresas económicas se les ha permitido operar con menor control estatal.

¿Son estos los albores de cambios profundos en el estado soviético? ¿O son gestos simbólicos, destinados a generar falsas esperanzas en Occidente, o para fortalecer el sistema soviético sin cambiarlo? Nosotros damos la bienvenida al cambio y la apertura; porque creemos que libertad y seguridad van de la mano, que el avance de la libertad humana solo puede fortalecer la causa de la paz mundial.

Hay una señal que los soviéticos podrían dar, que sería inconfundible, que avanzaría decididamente con la causa de la libertad y la paz. Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si busca la prosperidad para la Unión Soviética y Europa del Este, si busca la liberalización: ¡Venga acá, a esta puerta! ¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, derribe este muro!