Relatos

Octubre - Diciembre 2018

Salut à Valparaíso

(El Mercurio de  Valparaíso, 30.1.11)

De todas aquellas referencias sobre nuestro puerto que abundan en la literatura, plástica, música, filosofía, y ciencia mundial -tanto las conocidas como las desconocidas- tal vez la fugaz aparición de nuestra ciudad en el poema, “Salut au Monde”, de Walt Whitman, podría considerarse entre lo más frívolo.

Lo anterior no subestima la importancia del vate neoyorquino. No es casualidad que Pablo Neruda, habiendo conseguido una foto del autor de “Hojas de Hierba” de 4 centímetros por 6 en una feria de antigüedades, mandó a agrandar esta misma hasta que tuviera un metro ochenta. La colocó al lado de su escritorio, asumo, para que los dos pudieran dialogar a diario. 

Digo “frívolo” porque “Salut au Monde” no es un poema sobre Valparaíso, sino un poema mucho más ambicioso. Sus aproximadamente 305 versos se organizan en 33 estrofas y 13 secciones. En realidad, el número exacto de versos es un misterio, pues parte del encanto de leer a Whitman es precisamente el hecho de que no siempre se sabe, con exactitud, cuándo un verso termina y otro parte.

Whitman inventó tal flamante estilo inspirado por los ensayos de su héroe, Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Según Emerson, 60 años después de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos, el país aún no estaba libre, pues sus poetas seguían imitando a Wordsworth y Coleridge. Para Emerson, América aún no encontraba su voz, su destino. “No es la métrica que hace al poema”, escribió, “sino la pasión del poeta que inspira una métrica propia, a la altura de tal pasión”.

Iluminado, Whitman inventó una línea poética que se burlaba de las duras restricciones métricas que imponían sus pares europeos. “¿Por qué tengo que limitarme a una cantidad predeterminada de pies yámbicos?” se preguntaba. Según él, Estados Unidos era un país abundante, sin límites. Si quisiera poner 20, 30 o 40 pies en una sola línea, lo haría, ¿quién eres tú para decirme que no?

Volvemos a “Salut au Monde”: igual a “Canción a mí mismo”, se trata de una oda al transcendentalismo. Esta filosofía predica que, si uno quiere vislumbrar la arquitectura divina del universo, no hace falta morir e ir al cielo, sino basta con abrazar con los ojos abiertos el mundo tal como es. Tanto Whitman como Emerson rechazaban la cosmología de la dualidad. Según ellos, no existía una parte de la creación que era de Dios y otra del diablo. Era uno solo, maravilloso, único, perfecto. Lo mismo corría para los seres humanos: “Cada uno de nosotros es inevitable. Cada uno de nosotros sin límite. Cada uno tan divino como los demás”.

Por su parte, nuestra ciudad se hace presente en la sección 4:

“Contemplo los marineros del mundo...
En sus temporales - en su oscuridad…
Contemplo los buques de vela y de vapor…
Esperan en Liverpool, Glasgow, Dublín
Marsella, Lisboa, Nápoles, Hamburgo, Bremen
Esperan en Valparaíso, Rio Janeiro, Panamá;
Esperan en los muelles de Boston, Filadelfia y Baltimore, en Charleston, New Orleans, Galveston, San Francisco”.