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Regreso a París

Por Bernardino Piñera, Arzobispo Emérito de La Serena (Extracto del memorándum de Bernardino Piñera “Un día en París” del 25 de agosto de 1995)

En uno de mis múltiples viajes a París como obispo, decidí recorrer los lugares de mi infancia. Es lunes 12 de junio de 1995 y estoy hospedado en la Casa de los Lazaristas, en la

Rue de Sèvres.

 

Cerca de las 10 de la mañana, atravieso la calle para tomar el metro en la estación “Vaneau”. Hago combinación en “Duroc” y me bajo en “Champs-Élysées–Clémenceau”.  La Avenue Marigny divide la parte norte de los Champs-Élysées en dos sectores. Hacia la Plaza de la Concordia, en el sector nororiente, se extiende una zona que solíamos visitar de cuando en cuando en familia, en alguna tarde de verano. Pero es el sector norponiente el que me trae los más íntimos recuerdos. Allí está el Teatro Marigny, de forma circular. Detrás de él, una pileta redonda con un caminito semicircular que la separa del restaurante Laurent, que siempre tuvo algo misterioso para mi imaginación de niño. Nosotros jugábamos en un montón de arena situado entre la pileta y el teatro.

 

A lo largo de la Avenue Gabriel, todavía se instala la foire aux timbres. La recorro entera desde el Rond-Point hasta la Avenue Marigny. Me asomo a la Rue du Cirque. Subo ahora por la majestuosa y tranquila Avenue Marigny. A la derecha, el Palacio del Elíseo, donde Chirac acaba de suceder a Mitterrand. En mi tiempo, los presidentes eran Alexandre Millerand, Raymond Poincaré, Gaston Doumergue, Paul Doumer.

 

A la izquierda, me fijo en las cabezas de caballo, de piedra o de estuco, que adornan el patio de la casa en la esquina con la Avenue Gabriel. ¡Cuántas veces las miré de niño! Aún quedaban caballos en las caballerizas de ese elegante hôtel particulier.

 

2 Rue Miromesnil

 

Llego a la Place Beauvau. Muchas cosas han cambiado. El café, al final de la avenida, con su terraza y sus mesas, ha desaparecido. Ha desaparecido también la boulangerie donde nos proveíamos de baguettes y, en algunas ocasiones, de éclairs au café ou au chocolat, tartes aux pommes, mille-feuilles o babas au rhum.

 

La librería Emile-Paul, en la esquina de Saint-Honoré con Miromesnil, ha cambiado de dueño y de categoría. Echo una mirada al número 2, la casa en que vivimos, pero por ahora sigo por Saint-Honoré hasta la Avenue Matignon.

 

La hermosa calle Saint-Honoré ha cambiado solo en detalles. El hotel Bristol sigue allí. También quedan algunos negocios muy antiguos: Dalloyau, Nicolas, algunas librerías de libros antiguos.

 

Al llegar a la Avenue Matignon y tomar hacia el norte, echo de menos a las marchantes des quatre-saisons, con sus carros de mano pintados de verde, donde vendían frutas y verduras.

 

Mil veces, de niño, caminé esas dos cuadras entre nuestra casa y el metro Miromesnil, al ir o volver del Liceo. Han cambiado muy poco. Alguno que otro edificio muy viejo está siendo remodelado. El comercio ha subido de categoría. Me quedo un largo rato parado en la vereda, frente al N° 2, mirando la casa de mi infancia.

 

Me vienen a la memoria los versos de Lamartine en La vigne et la maison:

 

“Efface ce séjour, ô Dieu, de ma paupière,

ou rends-le-moi semblable à celui d'autrefois,

quand la maison vibrait,

comme un grand cœur de pierre,

de tous les cœurs joyeux qui battaient sous ces toits.”

 

Esta vez no tocaré el timbre. Lo he hecho otras veces. Tres veces he visitado el departamento, ahora irreconocible. Pero los recuerdos, después de más de 60 años, permanecen vivos.

 

Vuelvo ahora a la Place Beauvau. Paso frente a la hermosa reja de lo que era entonces el Ministerio del Interior. En la esquina de la Rue Saussaies estuvo un restaurant, La Crémaillère, que ya no está. Avanzo por la Rue des Saussaies. En el número 16, esquina sur de la Rue Surène, está el primer departamento en que se estableció mi familia en París: papá, mamá y mis dos hermanas. Allí nací yo, en el “entresol” (2° piso). Al poco tiempo, mi familia se trasladó al 2 de Miromesnil: allí nació José. Y ahí estuvimos hasta un año antes de venirnos a Chile.

 

Sigo por la Rue de la Ville-l’Évêque. En el número 16 estaba el Instituto Normal Libre de la Madeleine, donde estudiaron mis hermanas. La fachada del antiguo instituto ha desaparecido, pero, a través de una vidriera, se pueden ver restos del primer patio y el edificio del fondo, con sus dos leones y con su escalinata en que las alumnas se tomaban su foto anual.

 

Saint-Philippe du Roule

 

Vuelvo sobre mis pasos y tomo la Rue d’Astorg hasta La Boétie. Tuerzo a la izquierda hasta la iglesia Saint-Philippe du Roule (imagen arriba). La puerta lateral que da a un pasaje está abierta. Entro y recorro todo: las sacristías, de donde salían, a la hora de la colecta, en sus rutilantes uniformes, los suites, seguidos por los bedeaux, de traje negro, con cadena de plata; la Capilla de la Virgen, con sus cuadros de la vida de María que me servían de distracción durante las prédicas; y la estatua de Juana de Arco; la Capilla de los Catecismos, ahora destinada a otros usos.

 

Varias veces prediqué, siendo Obispo, en Saint-Philippe du Roule. La primera vez fue desde el púlpito. Celebraba la misa el abbé Gasparus, que era vicario en nuestro tiempo. Yo lo interpelé: “Monsieur Gasparus, vous m’avez enseigné le catéchisme.” El viejo sacerdote se emocionó. Los fieles también.

Salgo de la que fue nuestra parroquia durante quince años y sigo por la Rue du Faubourg Saint-Honoré, atravesando el Boulevard Haussmann. Quiero ver, en el número 186, la casa en que vivimos nuestras últimas semanas en París (octubre de 1932). Eran dos pequeños departamentos amoblados que daban también a la Rue de Berryer. Por fuera, nada ha cambiado.

 

Atravieso la Avenue Friedland y tomo la Rue Washington hasta la Avenue des Champs-Élysées. Al frente veo el Café Fouquet’s, que era el lugar de reunión de los chilenos en París. Bajo una vez más por la Avenida des Champs-Élysées hasta el Rond-Point, donde tomo el Metro. Atravieso las estaciones sabidas de memoria: Alma-Marceau, Iéna, Trocadéro. Y salgo en Rue de la Pompe, la calle de mi Liceo.

 

 Lycée Janson de Sailly

 

Una escalera mecánica se ha agregado a la escalera corriente que existía en mi tiempo y desemboca en la Avenue Henri Martin (hoy, en esa parte, Georges Mandel), muy cerca de la puerta del Petit-Lycée. Entro al Liceo por su entrada principal. Una portera me mira con cara de pregunta. Le explico que soy un ancien élève. Me comprende y me abre.

 

Tomo a la derecha hacia el patio de la 6ème, 5ème y 4ème, mis tres primeros años en el Liceo. Revivo la clase de 6ème1, en la que entré por primera vez a los 10 años, en octubre de 1925. Mi papá me había acompañado esa primera vez y, con gran nerviosismo mío, se asomaba por un vidrio de la puerta que daba al patio y me hacía señas para que me sentara más adelante, sin duda para ver y oír mejor. Yo me hacía el que no lo veía, pero mi papá era insistente, tratándose del mejor aprovechamiento de sus hijos. Finalmente, se retiró.

 

Atravieso el patio de los chicos; miro la enfermería, donde me atendieron unas monjitas cuando me quebré el antebrazo; la capellanía, la capilla -el Liceo era laico, pero tenía servicio religioso-. Me asomo al réfectoire, con sus mesas de mármol que parecían de autopsia; los patios de gimnasia, donde practicábamos salto alto y largo. Y llego al patio de los últimos cursos: Matemáticas y Filosofía. Mi sala de matemáticas se conserva igual, pero el ambiente no es el mismo: el liceo republicano de rígida disciplina se ha transformado en un campus universitario, con jóvenes y muchachas que conversan relajados en los pasillos.

 

José entró al Liceo varios años después que yo. Poco estuvimos en el mismo patio y no recuerdo haberlo visto jamás en el colegio. Pero oí hablar de él. Al entrar a 4ème, era uno de los últimos alumnos de su curso. Hasta los 12 años nunca había estado en una sala de clases. A fines de ese mismo año, estaba entre los primeros. Éramos varios miles de alumnos. Recuerdo a muchos de mis compañeros y a cada uno de mis profesores, con nombre y apellido.

 

Salgo por la Rue de la Pompe. Sigo hasta la Rue des Belles-Feuilles; tomo a la izquierda por esa calle. Sigo hasta la plazoleta desde donde veo, a la izquierda, el número 18 de la Rue Spontini, donde vivimos nuestro último año en París (1931-1932). Sigo hasta la Avenue Foch (entonces Avenue du Bois de Boulogne). Recuerdo haber visto un día a mi papá conversando con Pascual Baburizza; se habían conocido en Iquique y se le tenía por el hombre más rico de Chile. Sigo por la Avenue du Bois hacia la izquierda y tomo el metro en Porte Dauphine.

 

Me bajo en la estación Rome. Quiero recordar el Cours Hattemer-Biais, en que cursé la 9éme, la 8éme y la 7éme, antes de entrar al Liceo Janson de Sailly. Saliendo del metro, sigo el Boulevard des Batignolles hasta la Rue Clapeyron. Allí, creo que en el número 14, está todavía el edificio en que funcionó el Cours Hattemer. Desde la calle se alcanza a ver la sala del primer piso en que se daban las clases.

 

Los alumnos nos sentábamos en torno de una mesa con paño verde y Mme. Biais nos presidía desde un pupitre en altura. Nos tomaba la lección; aún recuerdo los mapas de Europa, en que figuraba todavía el Imperio Austrohúngaro. Luego nos daba y explicaba el trabajo para toda la semana. Las institutrices -cada alumna llegaba con la suya, o con su mamá- sentadas detrás de una baranda, tomaban nota de todo y recibían una hoja mimeografiada que les permitiría trabajar con nosotros durante toda la semana. Recuerdo con mucha gratitud a Mme. Biais. Cuando estuve en 7éme (9 a 10 años) nos preparó a todos para la Primera Comunión, que hice en la Parroquia Saint-Louis d’Antin -cerca del Printemps- bajo la dirección de los abbés Raffin y Hacquet. Muchos años después fui a visitar al abbé Raffin, quien tenía ya más de 80 años y era cura de La Madeleine -la iglesia en que fui bautizado. Él me invitó a predicar, un domingo, en todas las misas. La colecta fue la más grande que había recibido hasta entonces.

 

Sigo por la Rue Clapeyron hasta la Place de Dublin. Tomo la Rue de Saint-Pétersbourg -antes, de Leningrad-, hasta la Place de l’Europe; la Rue de Madrid hasta la Rue Portalis y esta hasta Saint-Augustin: es el recorrido que hacía de niño para ir y volver al Cours Hattemer; no había autobusero en ese trayecto y no éramos de auto ni de taxi: la caminata era larga y pesada.

 

Allí terminó mi itinerario de los recuerdos. No había comido desde el desayuno y me fui a cenar a algún restaurancito del barrio.

 

Termino este relato con unos versos de Victor Hugo que aprendí de memoria en 6éme1, a los 10 años, recién entrando al Liceo, y que no he olvidado (*):

 

“Pourquoi devant mes yeux revenez vous sans cesse,

o jours de mon enfance et de mon allégresse?

Qui done toujours vous rouvre, en nos coeurs presque éteints,

o lumineuse fleur des souvenirs lointains?”

 

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(*)

“¿Por qué volvéis sin tregua ante mis ojos,

oh días de mi infancia y de mi alegría?

¿Quién siempre os reabre,

en nuestros corazones casi extintos,

oh luminosa flor de memorias lejanas?”

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