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Editorial

Economía y Sociedad № 90

Febrero - Abril 2017

Quo vadis USA?

En su próximo libro “Understanding Trump”, Newt Gingrich sostiene que el gobierno de Trump será el tercer intento de cambiar el rumbo estatista en Estados Unidos iniciado por Franklin D. Roosevelt en la década del 30. El primero fue la elección de Reagan en 1980 (el 4 de Noviembre, el mismo día que en Chile se firmó el DL 3.500 que creó el sistema de pensiones de capitalización individual), y el segundo el “Contrato con Estados Unidos” de 1994 promovido por el mismo Gingrich cuando fue “Speaker” de la Cámara de Representantes.

Gingrich describe a Trump, más allá de su controversial y peculiar personalidad, como un líder innovador, cuyo excepcional talento comunicacional le permitió ganar las elecciones contra todos los pronósticos y que ahora se propone remover la inercia instalada en Washington y producir un cambio en la dirección opuesta a aquella de los ocho años del gobierno de Obama. Todo esto pese a que Trump, con casi 71 años, es la persona de mayor edad que llega a la presidencia en su primer período.

 

Sin embargo, en su discurso inaugural, de lamentable tono populista y proteccionista, Trump estuvo muy lejos de esbozar una visión del futuro que evocara el legado de libertad y de optimismo de Reagan. Como bien lo afirma Joseph Nye, “EE.UU. no es un país en decadencia. Por el contrario. Es el único país desarrollado importante que no sufrirá una declinación demográfica a mediados de siglo; está cerca de una independencia energética; sus universidades dominan los rankings mundiales y está a la vanguardia de las tecnologías relevantes (biotecnología, nanotecnología, informática)”. En realidad, lo mejor que hizo Trump ese primer día fue reponer en el Salón Oval de la Casa Blanca el busto de Winston Churchill que el presidente Obama habia retirado.

 

Las elecciones presidenciales del 8 de Noviembre fueron, sobre todo, un repudio a los resultados y a los métodos de los ocho años de gobierno de Obama. Eso lo reconoció el mismo Obama quien en Septiembre afirmó: “My legacy is on the ballot”. Hay que recordar que el programa de salud “ObamaCare” fue aprobado sin un solo voto Republicano, pese a que el país estaba muy dividido acerca de la conveniencia de crear un nuevo y costoso "derecho social".  Su legado de deficits fiscales e incrementos de la deuda pública fue nefasto. Lo más grave es que no hizo absolutamente nada para atenuar la insostenible carga fiscal que significarán en los próximos años los programas estatales de pensiones y salud.

 

Por otra parte, es claro que el actual partido Demócrata no es aquél de un John F. Kennedy que redujo los impuestos y enfrentó la tiranía de Castro ni de un Bill Clinton que abrazó la globalización y firmó el NAFTA. Ahora es el partido del estatista Obama y del izquierdista Sanders. Además, es un partido debilitado por la mezcla obscena de política y negocios de Bill y Hillary Clinton.

 

Por eso el resultado de verdad más trascendente de las elecciones del 2016 es que el partido Republicano (el GOP o Grand Old Party) ganó no solo la Presidencia, sino también el Senado, la Cámara de Representantes, la mayoría de las Gobernaciones y Legislaturas de los Estados y, a través de nominaciones que hará Trump, la crucial Corte Suprema (incluso se habló de la “Antonin Scalia election”, en referencia al juez conservador fallecido cuyo reemplazo definirá la mayoría en ese Tribunal Supremo). Este es un partido joven y moderno, cuyos representantes han elegido como Speaker of the House, equivalente a presidente de la Cámara Baja, a Paul Ryan, un líder de fuertes convicciones libertarias y notable integridad política, y gran admirador del modelo chileno y especialmente del sistema de pensiones de capitalización que intentó introducir en EE.UU. durante la presidencia de George W. Bush.

 

Ryan ya anunció que el Congreso no subirá los aranceles aduaneros, el instrumento clave de una política proteccionista. Es necesario destacar que una cosa es retirarse del proyecto de Trans Pacific Partnership (TPP) a través de una Orden Ejecutiva, como ya lo hizo Trump, o renegociar  un TLC con dos países vecinos, México y Canadá, como el NAFTA, y otra muy distinta es un cambio del paradigma  de libre comercio que ha caracterizado a Estados Unidos durante toda su historia. El TPP y el NAFTA son instancias de “comercio regulado”, por acuerdos políticos bilaterales, logrados bajo intensa presión de intereses sectoriales y con el peso burocrático de cumplir con bizantinas “normas de origen”. No son exactamente “libre comercio”, una meta que sigue siendo altamente deseable para el mundo entero.

 

El gran aporte del gobierno Trump debería ser legislar en sus primeros 100 dias una poderosa agenda pro crecimiento, con una reforma integral al Código Trbutario y una ofensiva desregulatoria que abra nuevos horizontes a la actividad creadora de riqueza del sector privado. Desde ya, si Trump logra reducir la tasa de impuestos a las empresas desde 35% a 15%, como lo prometió, ello podría ser la herramienta crucial para impulsar a EE.UU. a crecer al 4%, como sostiene Richard Rahn en nuestra Tribuna. Y la prosperidad resuelve muchos problemas.

 

En todo caso, el presidente Trump tendrá tres importantes contrapesos. Primero, su Vicepresidente Pence y su gabinete, formado, como lo demostraron las audiencias, por personas muy capaces, con similar orientación pero también notable independencia. Segundo, el ahora poderoso partido Republicano en el Congreso y en los Estados. Y tercero, y lo más importante, los sabios Padres Fundadores  -Jefferson, Madison, Adams, Franklin, Washington, Hamilton, entre otros- que limitaron el poder de los políticos y establecieron severos contrapesos. Reproducimos en el “Dossier Estados Unidos” un lúcido ensayo sobre los dos pilares que han hecho posible el éxito de Estados Unidos, su Declaración de Independencia y su Constitución.

 

Lamentablemente, la prensa, un contrapeso al poder valiosísimo en una sociedad libre, se ha debilitado enormemente en EE.UU. al profundizar su tendencia hacia posturas partidistas en lo político y adoptar posturas "políticamente correctas" en las grandes controversias culturales que atraviesan al país.

 

Todo esto sucede en EE.UU. mientras el mundo da un notable “giro hacia la derecha”. En efecto, si François Fillon (ver Testimonios) se transforma en el próximo Presidente de Francia en las elecciones de Mayo, Occidente tendría a los cuatro países más influyentes (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania) con líderes de esa orientación. Desde ya, el visionario discurso de la Primera Ministra de Gran Bretaña Theresa May en Davos, un extracto del cual incluimos en este número, reafirma el compromiso de Gran Bretaña con el libre comercio mundial, con su histórica independencia del continente Europeo y con su tradición de país global. Una dupla anglosajona Trump-May está lejos de constituir el equipo excepcional que fueron Reagan-Thatcher, pero sin duda es mucho mejor que Obama-Cameron.

 

Se puede ser, entonces, cautelosamente optimista sobre el futuro de Estados Unidos durante el gobierno que recién ha comenzado. Como la varianza de los posibles resultados de un gobierno Trump es enorme, se producirán escenarios de alta fluidez en los cuales podrían prosperar las correcciones de rumbo que necesita Estados Unidos.

Es sabido que Trump admira el modelo liberal chileno y que jamás ha expresado la más mínima intención de alterar el exitoso TLC entre ambos paises. Si EE.UU. eleva su crecimiento, eso sería una muy buena noticia para los exportadores chilenos y si reduce impuestos y desregula puede tener incluso un impacto en el clima de opinión que ayudaría a la gran tarea de mejorar las políticas públicas en Chile.

 

Una reflexión final. Todo lo que está sucediendo en Estados Unidos confirma, otra vez, que si no hubieran existido los Founding Fathers y su fabuloso legado institucional, habría que inventarlos.

Para Segunda Lectura

Cuba, isla totalitaria

“Hoy, el mundo contempla la muerte de un brutal dictador que oprimió a su propio pueblo por casi seis décadas.  El legado de Fidel Castro es de pelotones de fusilamiento, robo, sufrimiento inimaginable, pobreza y de negación de los derechos humanos fundamentales.

 

Mientras Cuba continue como una isla totalitaria, es mi esperanza que hoy comiencen a alejarse los horrores sufridos por tanto tiempo, hacia un futuro en el cual el maravilloso pueblo Cubano finalmente viva en la libertad que tanto merece.

 

Aunque las tragedias, las muertes y el dolor causado por Fidel Castro no pueden ser borrados, nuestra Administración hará todo lo posible para asegurar que el pueblo Cubano pueda finalmente iniciar su camino hacia la libertad y la prosperidad.  Me uno a los muchos Cubanos Americanos que me apoyaron enormemente en la campaña presidencial, incluyendo la brigada 2506 de la Asociación de Veteranos que me apoyó, con la esperanza de algún día ver una Cuba libre”.

Donald Trump, 25 de Noviembre de 2016

Una verdad inconveniente

 

“Sin la ayuda del New York Times, la revolución cubana nunca hubiera ocurrido”.

Fidel Castro, dictador cubano, abril 1959

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