Tribuna

Enero-Marzo 2018

Periodismo y miseria

Por Hermann Tertsch, columnista del diario ABC de España

(Extracto columna publicada en ABC, 14.4.17)

Uno de los fenómenos más llamativos dentro de la deriva hacia la creciente debilidad y falta de credibilidad de la democracia y la sociedad abierta es el hundimiento del prestigio del periodismo.

La propia composición mediática de la oferta informativa ya llevaba planteando serios problemas de calidad y confianza desde hace décadas. Los géneros se mezclan con el entretenimiento, el ocio y la publicidad que tantas veces irrumpe ya en espacios antes escrupulosamente acotados para la información y el análisis.

Las redes sociales han precipitado y agravado ese problema. Pero se han sumado otros que van desde la precarización de la profesión a la cada vez más lacerante incultura de los profesionales y la imposibilidad de la independencia para periodistas mediocres. Y está además la censura y autocensura de la corrección política que, como un nuevo rodillo inquisitorial biempensante, aplasta la libertad e intimida a periodistas y políticos.
 

La omisión de información se ha convertido así en parte fundamental de la sistemática falsificación de la realidad incómoda. Se han impuesto como dogmas incuestionables argumentos ideológicos de la izquierda y de sus secciones de lucha ideológica, véase animalismo, cristianofobia, islamofilia, radicalismo ecológico, feminismo, ideología de género y transgénero y otras. En su defensa se miente y se oculta.

La campaña electoral norteamericana ha sido gran ocasión para ver el nivel de degradación de los medios y sus profesionales. En EE.UU. y Europa los medios se lanzaron a una campaña contra Donald Trump y en favor de Hillary Clinton que ha superado todas las manipulaciones partidistas imaginables. A Clinton se le ayudó a ocultar legiones de cadáveres en sus armarios, mientras a Trump se le atribuían todo tipo de  barbaridades, algunas reales, muchas absolutamente falsas.


Y mientras algunos desmentían sus mentiras más obscenas cuando se revelaban como falsas, los que habían ayudado a difundirlas no hacían lo mismo con el desmentido. El Daily Mail británico anunció que, para evitar un juicio, pagó casi tres millones de libras a Melania Trump y reconoció que la “información” publicada contra ella era toda inventada por el propio periódico (que ella había sido “escort de lujo”). El Daily Mail tuvo la mala suerte de que su mentira sí importó a la mujer de Trump. Si los Trump aplican ese patrón y esos abogados a la prensa española, no hay dinero aquí para compensar tanto despropósito y falsedad.

Una de las peores enfermedades para la libertad de prensa está como siempre con la militancia de un periodismo que considera que la lealtad a sus ideales está por encima de cualquier código y fidelidad a la realidad. Como le pedía al periodismo de izquierdas Salvador Allende: “la objetividad no debería existir en el periodismo. El deber supremo del periodista de izquierda no es servir a la verdad sino a la revolución”  (discurso ante el primer congreso de periodistas de izquierda, El Mercurio, 9 de abril de 1971).

En España, con la radicalización de la izquierda y las ciencias sociales y facultades de “periodismo-leninismo” adoctrinando “podemitas”, la profesión se ha escorado hacia la complicidad abierta con Podemos, cuya relación con la prensa que no controla es de abierta enemistad y guerra a muerte.

También señalan al “enemigo”, a periodistas desafectos, para que sean objeto del desprecio y el rechazo. Y para que todos sepan que quien los trate o contrate se busca problemas, hacen listas negras y ponen en la diana a quienes hay que liquidar profesionalmente.

Es lógico que los comunistas de Podemos quieran destruir a los periodistas que denuncian al chavismo hispano. Lo aterrador y nauseabundo es que haya periodistas de medios decentes que participen en este insulto y amenaza que es una cheka virtual. El periodismo agoniza. De pobreza, de miedo y de asco.