Américas

Enero - Marzo 2020

Miranda y sus bibliotecas

Por Tomás Polanco Alcántara, escritor (“¿Francisco de Miranda, Ulises, Don Juan o Don Quijote?”, Caracas, 1997; Extracto) 

En el caso de las Bibliotecas, la conducta de Francisco de Miranda, el “Precursor” de la independencia de América Latina, es especial. En cada uno de los lugares visitados por él, pedía noticia de las Bibliotecas existentes para luego examinarlas. Llegó a visitar 34 Bibliotecas principales, unas públicas, otras particulares, en Conventos, Palacios y residencias privadas que, en conjunto, tenían 2.130.000 volúmenes.

Biblioteca Nacional de Austria, en Viena

En cada Biblioteca se informaba del número de libros que poseía, su grado de conservación y cuidado, el tipo de obras reunidas, la calidad de las mismas y el uso que se hacía de ellas. Solamente una o dos veces no le fue permitida la entrada a ciertas Bibliotecas y ello le produjo profunda indignación.

A cada una de las visitadas le da un calificativo: magnífica, mediana, rica, pequeña, pobre, descuidada. En algunos casos se siente especialmente interesado.

En el palacio de Postdam, admira la de Federico el Grande, acabada con muchísima elegancia y gusto y en la cual observa un atril, cercano a una silla donde el Rey había estado leyendo “El arte de la guerra”, del Mariscal de Puysegur. Se asombra ante esa biblioteca, con 120.000 volúmenes, en un lugar que le parece “tenebroso” a pesar de las joyas que contiene. Considera “bien dispuesta” la de la Universidad de Leipzig, con unos 20.000 volúmenes y 2.000 manuscritos muy bien conservados.

En Florencia conoce la biblioteca Mediceo-Laurentana, en donde le llaman la atención 7.000 volúmenes de manuscritos raros, atados con cadenas a los atriles, y comenta: “Tuve el gusto de ver los escritos de Maquiavelo, todos manuscritos -muy buena letra, por cierto- y también los de Petrarca. Un Virgilio del siglo V, con la nota de un Cónsul romano de estar corregidos (en pergamino) y algunos evangelios en excelente carácter griego, todo en oro fino y tan bien trabajado que parece hecho ayer”. 


El Profesor Castillo Didier observó, con evidente habilidad, que más tarde Miranda tuvo el cuidado de adquirir ese Códice Virginiano en una edición realizada en Florencia en 1741. Castillo anota que el Cónsul romano aludido fue Rufio Turcio Aproniano.

En Bolonia, la biblioteca de la Instituta “está con bastante buen orden, dispuesta en tres grandes apartamentos decorados, además, con 1.300 retratos de hombres sabios. La Biblioteca de Benedicto XIV, compuesta de 30.000 volúmenes está aquí toda entera. El total de dicha biblioteca es de 130.000 volúmenes y una colección de estampas de 30.000 piezas”.

El exterior de la Biblioteca Pública de Venecia “es una de las más hermosas piezas de arquitectura que en dicha ciudad se ven; el diseño es del Sansovino. Se sube una muy buena escalera y se entra luego en el atrio de dicha biblioteca que puede muy bien llamarse un museo de estatuas, bustos, bajo-relieves, inscripciones, etc.”

La Biblioteca (Kitab-khane) de Rahib-Pasha, Visir del Sultán Mustafa III, visitada en Constantinopla “está muy bien dispuesta y los libros están arrollados al uso antiguo, colocados sobre pirámides de madera que hay alrededor, el número podrá llegar a dos mil volúmenes”.

Biblioteca Nacional  de San Marcos, Venecia, Italia

El convento de benedictinos, en Ragusa, “posee una pequeña, pero buena colección de autores griegos”.

En Viena observa que la “biblioteca está abierta de ocho a doce y de dos a seis, con fuego pluma, tinta y papel y libre uso de los libros para todos los que escojan pasar una hora o más allí; sólo están obligados a devolver el libro a la misma persona que se los entregó”. Esa biblioteca “contiene 300.000 volúmenes y es en todos los aspectos, la más soberbia que hemos visto”. 

Su cúpula no puede dejar de suscitar admiración, posee doce mil manuscritos curiosísimos, entre los cuales está el original del primer informe que hizo Cortés a Carlos V, un libro de jeroglíficos mexicanos, precioso y curioso, el famoso “Senatus Consultum” sobre latón con la prohibición de fiestas bacanales en Roma, los mapas geográficos de Peutingen, manuscritos de Discorides y de Titius.

En Heidelberg comentará que la biblioteca de su Palacio Real, es un “hermosísimo y magnífico recinto, conteniendo en una sola sala 80.000 volúmenes y es, después de la de Viena, la más magnífica pieza que he visto”.

La biblioteca real de Copenhague, que es un “conjunto grandioso, bien proporcionado y produce muy buen efecto” le hace pensar con pesar, al ver en un armario “algunos libros españoles y portugueses: ¡Qué pobre figura hace en el mundo nuestra literatura!”

En la misma ciudad de Copenhague visita la biblioteca del conde Thott, “que acaso es la primera de un particular en Europa”, consistente en una gran sala con estantes paralelos en los cuales figuraban unos 120.000 volúmenes.

Las Bibliotecas y los libros lo llevan necesariamente a los libreros y donde quiera que le es posible, adquiere todos los libros que le interesan y que le son ofrecidos. Los que él no necesitaba en el momento los envía a su dirección en Inglaterra y los demás los lleva consigo con las naturales dificultades en el equipaje. 

Ese interés por los libros y la lectura le va permitiendo adquirir ediciones particularmente bellas o interesantes o que acababan de salir de las prensas. Así lo hace con la Edición de la obra de Voltaire, hecha en Kehl, Alemania, por Pierre-Agustin Caron de Beaumarchais.

En el “Diario” va dejando constancia de todos aquellos libros que lee. Ocupa una parte considerable de su tiempo en esas lecturas. Lee de noche, en la cama y en los carruajes donde viajaba, en las embarcaciones o en la tranquilidad de la residencia donde se encontraba, ya para aprovechar el tiempo mientras esperaba algo o cuando la lluvia, el frío o la nieve, no le permitían salir. En determinado momento, llega a decir: “... si no hubiese sido por los libros que conmigo traigo me hubiese muerto de tristeza y de fastidio”.