Hijos del modelo

Enero - Marzo 2019

Mi camino de libertad

Por Cristián Arias, ingeniero informático, Universidad de Santiago de Chile

Tengo 41 años y hasta hace no más de 10 era un convencido de todos los ideales del “progresismo” socialista. Vengo de una familia de gente de izquierda, una familia sin ningún privilegio. Mis padres vivieron necesidades propias de las novelas de Dickens, donde algo tan básico como esperar que tus hijos sobrepasen la lactancia era todo un logro. Mi madre es una de 13 hermanos de los cuales solo 9 sobrevivieron. La vida en el campo es dura y en aquellos años lo era más aún. Tener las patas de tu cama enterradas en el barro, caminar en invierno más de 10 kilómetros para llegar al colegio con los zapatos rotos, tener que perseguir pollos a los 8 años para desnucarlos, son algunas de las cosas que hoy parecerían sacadas de sociedades medievales.

Entrados los 70 soplaban vientos de revolución en el país. Mi madre se volvió una activa simpatizante del socialismo de la época. Para el 11 de septiembre ella y otros se dirigieron a las fábricas en busca de armas para luchar, pero fueron detenidos por  los militares. La llevaron al Estadio Nacional. Tras comprobar que no tenía una participación muy importante fue liberada. Nunca más volvió a involucrarse en política. En lugar de eso decidió hacer lo que muchos chilenos: tratar de progresar.

Comenzó un local de abarrotes que en los 80 quebró pero, con una voluntad inquebrantable, lo volvió a levantar. Mi hermana y yo la ayudábamos en el negocio, así que los juegos y los estudios tuvieron que aprender a convivir con la atención de público, la reposición de mercadería e incluso con las compras en la Vega. El largo periplo de mi madre con nosotros terminó 20 años después con 2 profesionales titulados: un Ingeniero Civil y una Doctora en Física. 

Hasta ese entonces los ideales del socialismo los estimaba correctos. Veía en el Estado la única salvación. Pero empecé a observar cosas que no terminaban de cuadrarme del todo.

 

En la universidad mis compañeros tenían historias parecidas a la mía. Escasez, ausencia de contactos e influencias, padres con historias de esfuerzo y sacrificio encomiable que sin más herramientas que su voluntad habían cimentado sus éxitos.  Ya en el mundo laboral, las oportunidades de un Chile pujante nos llegaban a una fracción del esfuerzo que pusieron nuestros padres. 

El modelo funcionaba. En sólo una generación habíamos saltado de la pobreza a conformar la nueva clase media chilena y, en muchos casos, a pertenecer al selecto grupo de los “ricos”. Muchos de mis amigos siguieron una segunda carrera o hicieron posgrados y ahora sus hijos asisten a colegios privados que los ponen aún más cerca del éxito que ellos mismos. 

No hallaba forma de explicar por qué si el modelo de libre mercado supuestamente le regalaba el control de nuestras vidas a una elite, empezaban a surgir cada vez más rápido empresas creadas en los dormitorios y cocheras de las casas de jovencitos de 20 años que eran capaces de derrumbar a gigantes e incluso industrias completas. ¿Qué clase de modelo perverso permitía que un veinteañero Bill Gates pusiera de rodillas a IBM? ¿o que un igualmente joven Steve Jobs cambiara el mundo con el iPhone? Innegablemente había una fuerza que ofrecía, a quien pudiera mejorar la vida de millones de personas, el sitial de privilegio en el mundo moderno. Esa fuerza es el libre mercado. En contrapartida, en aquellos lugares donde se implantaba el socialismo los países no solo no progresaban, sino que sus habitantes eran menos libres. 

El proceso fue duro. Aceptar que todo aquello que pensabas que era la filosofía de la ética y la moral, era en realidad una estafa intelectual. Y sus defensores, los principales responsables del perjuicio material de los más pobres.

No. El socialismo no funciona. Y para saberlo solo mira en tu pasado, el pasado de tu familia y tu entorno actual lleno de oportunidades. La sociedad que les dejes a tus hijos depende de lo que seas capaz de descubrir en el camino. Mucha suerte.