Editorial

Economía y Sociedad № 105

Octubre - Diciembre 2020

La mala política asfixió la prosperidad

De 7,5% en 1993 a 1,2% el 2020. Esa es la brutal caída del crecimiento del PIB tendencial de Chile. Las cosas claras. La clase política que ha gobernado Chile en los últimos 30 años ha producido esta verdadera catástrofe.

Las reformas estructurales de los Chicago Boys en el período 1975-1989 elevaron radicalmente el crecimiento tendencial de Chile, produciendo el ya famoso “milagro chileno”. Sin embargo, junto con concluir en 1990 la exitosa transición a la democracia, comenzó una lenta pero gradual erosión de las buenas políticas públicas en materia económica y social.

Esta fue la “mala política” que consistió en: a) una centroizquierda que impulsó políticas públicas que debilitaron gradualmente la productividad y la inversión y, por lo tanto, el crecimiento tendencial, y b) una centroderecha que no las resistió con fuerza y convicción y que terminó aceptándolas y convirtiéndose así en corresponsable de estos retrocesos.

Héctor Soto puso el dedo en la llaga cuando afirmó en una columna en 2016 que “buena parte de los cuellos de botella que enfrenta la política chilena responden a una impostura-mentira de larga data. Se remonta al momento en que la Concertación no se atrevió a reconocer que el modelo de mercado instalado por el gobierno militar representaba, en lo básico, la mejor alternativa para sacar al país del subdesarrollo, generar riqueza y mejorar las condiciones de vida de la sociedad chilena”. Dado esta impostura, las bases de centroizquierda comenzaron a pedir un cambio del modelo. Después de todo los habían contaminado por años con la mentira de que “el modelo había producido 5 millones de pobres”.

Una centroderecha débil, carente de capacidad comunicacional y sin verdaderos líderes tras el asesinato de Jaime Guzmán, no supo o no pudo defender sus convicciones e ideas y terminó casi siempre con una actitud de apaciguamiento de la izquierda. Como dijo uno de sus dirigentes, se trataba de “perder de a poco”. En vez de defender lo correcto y ganar la batalla cultural con ideas y argumentos, las cúpulas partidistas eligieron candidatos presidenciales y parlamentarios cada vez más funcionales a esta estrategia derrotista.

Bastaría hacer un catálogo de las veces que el Congreso aprobó por unanimidad elevar los impuestos a las empresas para aumentar el tamaño del Estado, distorsionar las leyes laborales, aumentar las regulaciones de la actividad económica mucho más allá de una regulación simple y amistosa con el mercado y, en general, debilitar el rol clave en el progreso económico y social del mérito, el emprendimiento y el empuje del sector privado, en favor de un relato igualitario, asistencialista y estatista.

La clase política tampoco abordó las reformas estructurales pendientes y necesarias para cruzar el umbral del desarrollo, como la urgente modernización del Estado, e ignoró la revolución tecnológica que se aceleró en los albores del siglo XXI, especialmente en el mundo del trabajo y de la educación. Así, por ejemplo, se ha construido un Código del Trabajo arcaico, cuyos 513 artículos impiden o dificultan el teletrabajo, la libertad horaria, el trabajo por hora y la movilidad laboral, y que es una causa principal de la creciente informalidad, subempleo y reducción del empleo formal.

Esta declinación no ocurrió súbita ni espectacularmente. La mala política llevó a Chile lenta pero persistentemente por el plano inclinado hacia la mediocridad. Un nuevo aumento de impuestos, un nuevo artículo rigidizador del empleo, una nueva barrera a la educación privada, una nueva regulación entorpecedora de la empresa privada, todos ellos, pequeños pasos en la dirección incorrecta, durante 30 años, tuvieron consecuencias graves. Y la variable que resume esta multitud de malas políticas públicas es el desplome sin precedentes de la tasa de crecimiento del PIB tendencial de Chile.

La crisis de octubre de 2019 tiene sus raíces profundas en esta mala política que, al estancar el ingreso per cápita por años, creó una brecha creciente entre las expectativas y la realidad de los chilenos, brecha que fue exagerada por el populismo y la demagogia. El proceso constituyente es otro hito consistente con esta declinación de la política, pues representa la falsa excusa para derogar una Constitución exitosa y así ocultar el fracaso de la clase política en completar el camino de Chile al desarrollo.

A pesar de todo, los resilientes pilares del modelo siguen en gran parte vigentes. La apertura al exterior y la minería privada, el sistema de capitalización y el mercado de capitales, la independencia del Banco Central y el derecho de propiedad, la negociación colectiva por empresa y la libertad educacional, es decir, los pilares claves para alcanzar el desarrollo, están casi intactos, lo que abre una luz de esperanza.

Para reconstruir sobre estos pilares y alcanzar el desarrollo, Chile requiere con urgencia un golpe de timón político que termine con el asfixiamiento de la economía y libere, otra vez, las enormes potencialidades que tiene Chile.

Crecimiento PIB tendencial 1993-2020



1993        7,5%             2007       4,4%
1994        7,1%             2008      4,6%
1995        7,1%             2009       3,5%
1996        7,2%             2010       2,1%
1997        6,9%             2011       4,1%
1998        6,3%             2012       4,1%
1999        5,0%             2013       3,9%
2000        4,8%             2014       3,1%
2001        4,5%             2015       2,8%
2002        4,2%             2016       2,4%
2003        4,2%             2017       2,0%
2004        4,2%             2018       2,0%
2005        4,6%             2019       1,9%
2006        4,4%             2020       1,2%

 

Fuente: Acta Resultados del Comité Consultivo del PIB tendencial, (Ministerio de Hacienda, 28.8.20)
 
El PIB tendencial mide la capacidad de crecimiento del PIB en el mediano plazo sobre la base del crecimiento del stock de capital y del stock de trabajo, así como de la variación de la  Productividad Total de Factores que corresponde al PIB no explicado por el capital y el trabajo.

La política fiscal de Balance Estructural que se aplica desde 2001 requiere estimar los ingresos que obtendría el Gobierno Central excluyendo el efecto de fluctuaciones cíclicas de la actividad económica y del precio del cobre. Desde 2002 se reúne, en forma previa a la elaboración de cada Proyecto de Ley de Presupuestos, un Comité de Expertos independientes para estimar el PIB tendencial, parámetro clave para proyectar los ingresos estructurales del Gobierno Central. De esta manera, esta instancia técnica de alto nivel resguarda la independencia en la estimación del producto tendencial.