Tribuna

Julio-Septiembre 2018

Macri en el País de las Maravillas

Por José Luis Espert, profesor de Finanzas Públicas, Universidad del CEMA

Es innegable el mérito del gobierno de Macri de haber salido del cepo sin una crisis monetaria y cambiaria, haber sacado al país de la ignominia de uno de los defaults más voluminosos y largos de la historia económica mundial, dejar de hacerle la guerra al campo, bajar algo las retenciones a las exportaciones, ajustar tarifas de manera gradual, normalizar el Indec y plantear  una relación adulta y constructiva con el mundo desarrollado.

Todo lo anterior, si bien no es gran cosa (el mundo civilizado ni se cuestiona lo escrito más arriba), respecto de dónde veníamos con el delirante kirchnerismo  constituyó un avance tan importante que encauzó la economía hacia un rebote económico que ha entrado en 2018 en su segundo año.

Pero aquella “normalización”, salvo el ajuste de tarifas que todavía hoy continúa, ocurrió en el primer semestre de 2016. Desde entonces, hace ya dos años que todo ha sido marketing o “kirchnerismo económico de buenos modales”.

Se les ha dado una montaña de plata a los piqueteros; ídem a los sindicalistas. “Precios Cuidados” continúa, lo mismo “Ahora 12”. Recientemente, el gobierno nacional anunció ajustes en la planta de personal para parientes de funcionarios con el objetivo de dar un “gesto” de austeridad.

Más que cambiar, parecería que  “Cambiemos” se siente cómoda con los desequilibrios heredados del kirchnerismo, a veces profundizándolos, mientras se pueda. Y si la tasa de interés internacional sube mucho y dificulta el proyecto, Dios proveerá o ya se sabrá a quién echarle la culpa de las complicaciones en la economía.

Los desequilibrios de nuestra economía son mayúsculos y deberían ser atacados cada vez con más urgencia para no continuar hipotecando el futuro, como viene ocurriendo desde hace más de 70 años.

El sector privado sufre la presión impositiva, corregida por su PBI per cápita, más alta del mundo. Más de la mitad del año trabajamos solo para pagar impuestos y no nos damos cuenta porque la clase política los ha puesto, en su gran mayoría, más sobre los bienes que consumimos e invertimos que sobre las ganancias generadas con nuestro trabajo.

El gasto público es récord mundial con 44% del PBI casi en su totalidad para financiar amiguismo, clientelismo y transferencias desde los activos y desde parte de la clase media, hacia los pasivos, la clase media pícara que usufructúa del Estado, los vagos que se emplean en él y los planeros. El déficit fiscal resultante está en 7% del PBI, lo cual significa que la deuda pública crece a esa velocidad y solo se disimula por el atraso cambiario que tenemos. La inflación es 10 veces la internacional.

Para tener una idea del desafío, el gasto público debería bajar a un 25% del PBI;  el déficit fiscal a cero, y la inflación, llevarla  a nivel internacional.

Entre otras cosas, hay que reprivatizar todo lo que el kirchnerismo estatizó, eliminar la coparticipación federal de impuestos y obtener que las provincias se paguen el gasto propio; sacarles a los sindicatos las obras sociales e ir a una red de hospitales públicos nacionales; quitar la obligatoriedad que existe para pagar la cuota sindical; renegociar los convenios colectivos de trabajo; ir a una apertura total del comercio sea firmando acuerdos de libre comercio con el grueso del mundo u optando por una apertura unilateral como la chilena.

Si Macri no es un político más, como gustan decir sus fieles, tiene que reemplazar su bailecito en la Rosada del 10 de diciembre de 2015 por un discurso por cadena hablando de todo lo anterior. Toda otra cosa es pintarnos una “Alicia en el País de las Maravillas” que no es tal.

(La Nación, 23.2.18; extracto)

¿Qué hacer?

[Nota EyS. El profesor Espert propuso quince medidas para Argentina. Las consolidamos en ocho].

1. Bajar el gasto público del 40% del PBI de hoy a poco más de la mitad, 25% del PBI, que es el nivel promedio que Argentina tuvo entre 1961 y 2002. Mantener las cuentas fiscales equilibradas.
 
2. Eliminar, o reducir a un mínimo muy bajo y uniforme, los aranceles a la importación y  firmar tratados de libre comercio. Terminar con los impuestos a  exportaciones de commodities, reemplazándolos con impuestos que graven la renta y no la producción.

3. Cambiar de un asistencialismo en dinero que destruye la cultura del trabajo y genera clientes para el populismo, a una asistencia para salir por sí mismos de la pobreza.

4. Eliminar los impuestos distorsionadores como el impuesto al cheque y a los Ingresos Brutos y disminuir sustancialmente la tasa de los impuestos de alta evasión como el IVA y los impuestos al trabajo. Reducir los gastos del aparato político, cobijado en empleados excesivos en el Congreso, en las Legislaturas Provinciales, en los Consejos Municipales y en numerosas empresas y organismos estatales.

5. Reducir el gasto en las Provincias y Municipios y eliminar la coparticipación federal de impuestos, que es un sistema perverso de transferencias no condicionadas, que promueve el comportamiento económicamente irresponsable y políticamente feudal en las jurisdicciones locales.


6. Eliminar todos los regímenes de promoción industrial y regional, tanto el régimen de Tierra del Fuego como cualquier otro régimen promocional en las Provincias.

7. El sindicalismo debe perder su poder concentrado de extorsión política a través de huelgas generales. Para ello deberá eliminarse la afiliación obligatoria y la falta de democracia. El sindicalismo debe perder su rol de intermediador en la provisión de la salud a través de las Obras Sociales. Las negociaciones salariales deben ser por empresas. El derecho de huelga debe eliminarse en el sector público, y en el sector privado debe ser condicionado a la pérdida de los salarios durante los días de huelga.

8. Eliminar el control que los sindicatos y las burocracias provinciales tienen sobre el sistema educativo. El Estatuto del Docente debe ser eliminado. Los maestros deben ser promovidos y remunerados según sus méritos. Los padres deben tomar un rol fundamental, fundado en la elección del colegio para sus hijos. El Estado debe subsidiar la educación básica, independientemente de dónde decida la familia enviar a su chico, sea una escuela pública o privada.

En definitiva, se trata de reemplazar un modelo de explotación de la sociedad por parte de esas tres corporaciones corruptas y decadentes que son los sindicatos, los empresarios prebendarios y los políticos actuales por otro basado en el libre comercio y un Estado que cobre impuestos razonables.