Archivo Economía y Sociedad

Abril-Junio 2018

Lincoln en Santiago

Por James Theberge, Embajador de los Estados Unidos en Chile

[Nota EyS. Discurso del entonces Embajador de los Estados Unidos en Chile, pronunciado durante la inauguración del busto de Lincoln en el Parque Forestal de Santiago el 20 de junio de 1985. Publicado en Economía y Sociedad en julio de 1985].

Nos hemos reunido para honrar el recuerdo y la vida de Abraham Lincoln, el décimosexto presidente de los Estados Unidos de América.  Lincoln ocupa un sitio especial no solamente entre los héroes norteamericanos sino que también representa una figura que atrae a los hombres de otros países. Esta atracción puede explicarse, en parte, por su vida extraordinaria.

Nació el 12 de Febrero de 1809 en una cabaña de madera en el estado de Kentucky. De padres muy modestos, su juventud fue marcada por la pobreza y la lucha constante. A pesar de ello, se elevó de sus más humildes orígenes, un genio autodidacta casi sin ninguna educación formal, hasta la cima del poder y de la fama nacional. En esto consiste la belleza de su vida singular: su apariencia era la de un hombre común. Sin embargo, Abraham Lincoln fue el menos común de los hombres. Tal como lo dijo una vez él mismo: “La gente común es la mejor del mundo; esa es la razón por la cual Dios hizo tanta”.

Que Lincoln fue uno de los grandes hombres, un genio, no cabe duda. Apareció repentinamente en el gran escenario de la historia americana como actor

principal y magistral en el enorme drama de la Guerra Cilvil. La Guerra Civil, fue terriblemente cruel y sangrienta. Fue una guerra entre estados. Una guerra en la cual hermanos lucharon contra hermanos. Una guerra en la cual murieron y fueron heridos más de un millón de hombres. Y, sin embargo, Lincoln salvó a la República. Emancipó a los esclavos. Mantuvo el gobierno representativo.Durante todo el período de la Guerra Civil, Lincoln fue un gigante en la firmeza de su propósito y de sus principios. Sobresalió por su moderación, piedad y justicia. Nunca estuvo dominado por los apasionados rencores de sus tiempos y siempre fue tolerante con las opiniones de los que fueron sus más enconados enemigos. Jamás dijo: “Aquel que no es mi amigo es mi enemigo”. Incluso durante los momentos más difíciles de la Guerra Civil comentó: “Mis descontentos compatriotas… no somos enemigos… no debemos ser enemigos”.

 

Magnánimo en la victoria, Lincoln rechazó toda venganza y represalia contra aquellos que sufrieron la derrota. Trataba instintivamente de encontrar la unidad y la armonía, y no de dividir y conquistar. Tal como señaló en su segundo discurso inaugural: “Sin mala voluntad hacia nadie, con caridad hacia todos, con firmeza en lo que Dios nos permite considerar como justo, hagamos esfuerzos por terminar la tarea en que nos encontramos empeñados, restañemos las heridas de la nación… para hacer todo aquello que nos permita lograr y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros y con todas las naciones”.

 

Lincoln aseguró la vida y continuidad de su pueblo. Y, sin embargo, su destino fue morir cruelmente asesinado en la plenitud de su vida. Un Viernes Santo, el 14 de abril de 1865, sucumbió a los 56 años, un mártir cuya muerte ha grabado para siempre su memoria en el corazón de sus compatriotas. La noticia de la muerte de Lincoln fue recibida en todo el mundo con dolor, consternación y tristeza.

 

Uno de los tributos más hermosos fue enviado por los obreros de Santiago al Embajador de los Estados Unidos en Chile: “El profundo dolor de las clases obreras de Santiago, causado por la triste noticia del crimen perpetrado en contra de la persona de Lincoln el honesto, por la mano de un asesino, ha impulsado al Consejo espontáneamente anoche con el propósito de manifestar a su Excelencia el profundo pesar que sienten por tan trágico suceso… La pérdida de uno de los más denotados defensores de los derechos del hombre… Desde hoy en adelante las futuras generaciones no podrán leer sin un abundante tributo de lágrimas, la página de duelo a través de la cual ha pasado la más grande y poderosa nación gobernada por los principios democráticos… La memoria de Abraham Lincoln continuará viva en el corazón de la humanidad mientras el Río Potomac fluya y los Andes perduren”. (José Santos Valenzuela, Vicepresidente del Consejo de la Sociedad de Artesanos, Santiago de Chile, 30 de mayo de 1865).

Su legado de escritor, orador, abogado y hombre de estado brillante ha perdurado.Testimonio de esto es la nación de hombres libres que ayudó a preservar, además de sus declaraciones, cartas y discursos que dejó para todos los pueblos y todos los tiempos. Los pensamientos de Lincoln son citados en la actualidad por los norteamericanos, tanto como los de Shakespeare y la Biblia, debido a su profundidad, humanidad y belleza del lenguaje. Por lo tanto, es muy apropiado que recordemos en esta oportunidad algunos de los conceptos a los cuales Abraham Lincoln le asignó valor y que formaron parte de la trama de su vida.

Sabemos que Lincoln sentía una profunda repugnancia por la institución de la esclavitud y se oponía, debido a sus elevados principios, a que se extendiera hacia los territorios libres y hacia los nuevos estados. Creía que todos los hombres debían ser libres, que debían tener el derecho de elegir y de cambiar a los hombres elegidos para representarlos en las tareas de gobierno. En cuanto a las personas que sostenían ver ciertas virtudes en la opresión decía lo siguiente: “Cada vez que escucho a alguien alegar en favor de la tiranía siento un fuerte impulso de hacer que la sienta en la carne propia”.  Y Lincoln será recordado por haber dicho: “Así como no sería esclavo, no sería amo. Eso refleja mi idea de la democracia”.

Lincoln sabia que si uno priva a un hombre de su libertad, del derecho a expresarse, a criticar los agravios inevitables de su gobierno, entonces sin duda alguna uno lo ha privado de su carta de ciudadanía. Lo ha esclavizado tal como si le hubiera puesto cadenas y lo hubiera lanzado a una mazmorra. La tiranía jamás tiene una razón moral, ya sea que se justifique mediante constituciones, mayorías electorales y complejos argumentos legales que se esfuerzan por tratar de hacer parecer justo lo que es injusto. La carta de la libertad se aplica a todos los hombres que aman la libertad. La tiranía es un serio agravio moral, un mal político y social que finalmente se hace intolerable para los hombres libres. Lincoln nos enseñó, y no cabe duda que tenía razón eternamente valedera, cuando dijo: “Aquellos que le niegan la libertad a otros no la merecen para sí y, bajo un Dios justo, no pueden conservarla durante mucho tiempo”.

Las opiniones de Lincoln son claras en relación a otros temas. Los gobernantes derivan toda su autoridad del pueblo. Los pueblos, en los gobiernos democráticos, prudentemente se han abstenido de brindarle poder a los servidores públicos para hacer el mal. Mientras más se concentra el poder en el gobierno, y en un solo hombre, mayor es el peligro de caer en la maldad, la insensatez y la tragedia. La democracia es sabia, porque contempla el retorno del poder al pueblo después de intervalos periódicamente breves.

Tal como lo ha demostrado la historia, incluso un gobierno elegido puede convertirse en opresivo cuando la mayoría del pueblo lo quiere cambiar y no lo puede hacer. Lo que comenzó como una expresión de la voluntad popular puede terminar como el gobierno opresivo de una minoría.

Amigos míos, estamos frente a este solemne monumento a Abraham Lincoln. Es un monumento en que los hombres libres del mundo meditan en la tarea inconclusa a la cual consagró su vida -la preservación y defensa de los derechos del hombre- habiendo elegido el camino de la libertad. Renovemos nuestra fe en Dios y avancemos sin temor.

Volvamos a dedicarnos a la gran tarea de extender y promover la causa de la libertad en todo el mundo y, al hacerlo, guiémonos por las palabras de Lincoln grabadas en este monumento que hoy entregamos a la ciudad de Santiago: “Que se produzca un renacer de la libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la Tierra”.