Carta del Director

Economía y Sociedad № 109
Octubre - Diciembre 2021

Libertad, libertad, mis amigos

“Libertad, libertad, mis amigos,
y no os dejéis poner librea
de ninguna clase”.


Rubén Darío

Hace casi 100 años, en su “Balance Patriótico”, el poeta Vicente Huidobro ajustó cuentas con Chile en términos especialmente drásticos. Más que un análisis político riguroso, este texto es un testimonio apasionado de una actitud de rechazo al oportunismo y de rescate de la autenticidad.

Y contiene un diagnóstico que es sorprendentemente relevante para la realidad de hoy (ver recuadro). Porque todavía en nuestro país hay mucha esclerosis que remover y mucho horizonte que abrir a la imaginación, a la justicia y a la libertad.

Chile sigue prisionero de una anacrónica y mediocre clase política, polarizada entre el corporativismo paternalista de unos y el dogmatismo estatista de otros. El país se está incorporando a la extraordinaria revolución tecnológica en curso y a un mundo cada vez más globalizado, pero muchos de nuestros políticos siguen pensando en los términos del debate de mediados del siglo XX. Poca renovación en el campo de las ideas. Falta de imaginación en la búsqueda de soluciones. Mucha retórica pero poco rigor en el análisis de los problemas. Indiferencia ante los cambios que ocurren en el mundo. Confianza irrestricta en la fraseología populista. Nostalgia obsesiva por senaturías y diputaciones.

Algunos proponen cambios para volver a donde mismo estuvo el país hace cincuenta años. Cambios para reincidir en las inercias de las cuales los chilenos se han sacudido con tanto sacrificio en las últimas décadas. Leyes y decretos para cerrar los horizontes que se han abierto y para volver a amurallar a la sociedad chilena con las cercas insulares, las militancias políticas, las colegiaturas profesionales, y los privilegios de grupo que en otro tiempo dividieron, jerarquizaron, clausuraron y congelaron a este país.

Hay en todo esto un feroz temor a la competencia. A la competencia no solo en el plano económico y comercial, sino a la competencia de las ideas, a la competencia del talento, a la competencia con el exterior, a la competencia con quienes puedan ser mejores que nosotros.
 
El intervencionismo estatal en el fondo es el mecanismo más seguro para que los pobres sigan siendo pobres. Para que los incapaces sigan detentando posiciones de poder. Para que el apellido sea la credencial clave para avanzar. Para que la sociedad chilena no se ventile con aire fresco. Para que exista poca permeabilidad social. Para que la dádiva estatal populista acalle al descontento que grita y postergue al descontento sin voz.

Dudo que sea ese el Chile que los jóvenes de este país quieren. Dudo que los contornos de esa nación gris, monocorde y mediocre sean capaces de interpretar a alguien con una imaginación fértil, con una energía poderosa o con una sensibilidad aguda. Dudo que una sociedad que niega a sus individuos la libertad necesaria para generar nuevas riquezas pueda salir alguna vez del subdesarrollo.

En el fondo, tras el rechazo y la desconfianza a los mercados libres está por una parte la tentativa de eliminar la incertidumbre que conlleva la dinámica de la libertad y de la competencia y, por la otra, el instinto defensivo de consolidar posiciones aunque sea en el estancamiento, para que por lo menos la hijuela propia esté a salvo de los sobresaltos de la modernidad. Sobresaltos a raíz de nuevas tecnologías, nuevas ideas políticas, nuevos esquemas de interrelación mundial, nuevas formas de producción, nuevas fronteras del conocimiento, nuevos avances científicos. Todo esto es fascinante, pero es también exigente.

Hoy por hoy solo el mercado es revolución permanente. Solo el mercado garantiza dinamismo en todos los planos de la sociedad. Hasta para Alain Minc, un socialista que asesoró en Francia al Presidente Mitterand “el mercado es el mecanismo desestabilizador que obliga a la sociedad a cambiar”. Hablando de la esclerosis de su patria ideológica, el socialismo, Minc escribió: “Que se le pongan los pelos de punta a nuestros viejos demonios marxistas. El mercado es un instrumento revolucionario. Nuestras divisiones culturales se organizaron de tal manera que los conservadores se apropiaron del mercado, mientras que las fuerzas políticas teóricamente progresistas se quedaron con los principios de organización más conservadores que había en la sociedad. La voz de algunos anarco-sindicalistas fue rápidamente sofocada, a comienzos de siglo, cuando afirmaban la capacidad revolucionaria del mercado”.

Desde ya, la economía libre es superior a la economía estatista no solo en horizonte, no solo en eficiencia, sino también en legitimidad moral, ya que valoriza en su justa dimensión la responsabilidad personal de cada individuo como sujeto de inteligencia, de voluntad y de afectos y como fuente de imaginación empresarial, de inventiva tecnológica y científica, de creatividad artística y de altruismo hacia los demás. Y, por supuesto, ofrece mejores perspectivas para mejorar las condiciones generales de vida de la población.
 
Aunque generalmente no se reconozca, las sociedades libres ofrecen un marco natural para el despliegue y el ejercicio de la solidaridad. No hay filantropía, no hay caridad, no hay solidaridad económica ni moral por orden del Estado.

Las sociedades libres pueden ser tan salvajes o tan humanas como lo sean quienes las componen; tan libertinas o tan puritanas como lo sea el cuerpo social; tan burdas o tan refinadas como lo sea la sensibilidad de sus individuos, y tan egoístas o tan generosas como lo indique la tensión entre estos sentimientos contrapuestos.

Desgraciadamente, algunos subestiman la libertad y la entienden solo como una prerrogativa que nos permitiría hacer lo que queramos sin responsabilidad alguna.

La libertad ciertamente no es eso. Es otra cosa. En definitiva es una forma de plenitud, un viaje hasta el límite de nuestras posibilidades, una exhortación a materializar nuestros sueños -todos distintos, todos intransferibles- y a quebrar las barreras de la afectividad, del sentimiento, de la caridad, de la ciencia, de la profesión, del deporte, del arte o de la imaginación.

La sociedad libre debiera ser muy atractiva para un joven chileno porque está abierta a una permanente transformación y porque en ella nadie es dueño de la clave del futuro. En una sociedad libre nadie tiene la suerte comprada ni el futuro en contra por definición. Ni el rico para retener su riqueza, ni el pobre para sufrir eternamente su pobreza.

Es preciso que se diga de una vez por todas la verdad, es preciso que no vivamos sobre mentiras, ni falsas ilusiones.

Decir la verdad significa amar a su pueblo y creer que aún puede levantársele y yo adoro a Chile, amo a mi patria desesperadamente, como se ama a una madre que agoniza.

¿Y todo esto debido a qué? Debido a la inercia, a la poltronería, a la mediocridad de nuestros políticos, al desorden de nuestra administración, a la chuña de migajas y, sobre todo, a la falta de un alma que oriente y que dirija.


Un Congreso que es la feria sin pudicia de la imbecilidad.  Un municipio del cual solo podemos decir que a veces poco ha faltado para que un municipal se llevara en la noche la puerta de la Municipalidad y la cambiase por la puerta de su casa.

¿Hasta cuándo, señores? ¿Hasta cuándo? Es inútil hablar, es inútil creer que podemos hacer algo grande mientras no se sacuda todo el peso muerto de esos viejos políticos embarazados de palabras ñoñas y de frases hechas. He ahí el símbolo de nuestros políticos. Siempre dando golpes a los lados, jamás apuntando el martillazo en medio del clavo.

Necesitamos lo que nunca hemos tenido, un alma. Basta repasar nuestra historia. Necesitamos un alma y un ariete, diré parafraseando al poeta íbero. Un ariete para destruir y un alma para construir”.

Vicente Huidobro, poeta (Balance Patriótico, revista Acción Nº4, 8 de agosto de 1925)

“Decir la verdad significa amar a su pueblo”