Tribuna

Economía y Sociedad № 106

Enero - Marzo 2021

Lecciones de El Federalista

Por Pablo Ortúzar, investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad (CIPER, 19.11.19; Extracto)

“Si los hombres fueran ángeles, no sería necesario el Estado. Si los ángeles gobernaran a los hombres, no serían necesarios los controles externos ni internos al poder estatal. Pero al organizar un Estado que será administrado por seres humanos que ejercerán el poder sobre otros seres humanos, la gran dificultad consiste en esto: primero, debes lograr que el Estado sea capaz de ejercer control sobre los gobernados. Y, luego, debes lograr que se controle a sí mismo” (El Federalista N°51).

¿Cómo pensar constitucionalmente? Una buena manera es ver a otros seres humanos logrando tal proeza. Y esa es justamente la razón por la que “El Federalista”, un libro constituido por un conjunto de artículos escritos hace 230 años y orientados a defender el proyecto constitucional estadounidense que finalmente triunfó, sigue siendo un clásico indiscutido del pensamiento político moderno. Sus páginas, publicadas bajo el seudónimo de “Publius” y escritas por Alexander Hamilton, James Madison y John Jay, son una verdadera escuela de debate público y razonamiento constitucional.

Las 13 colonias que conformaban Estados Unidos conquistaron la independencia en 1776. En 1777 se dictan los “Artículos de la Confederación” que fungían como Constitución política y que solo entraron en plena vigencia en 1781. La Unión creada era extremadamente débil y pronto comenzaron a volverse evidentes una serie de problemas que, de no ser atajados, llevarían casi por seguro al fraccionamiento de la unidad política. En 1787 delegados de 12 Estados se reunieron en Filadelfia a discutir reformas a los artículos, pero terminaron escribiendo una nueva Constitución. El texto resultante debía luego ser ratificado por 9 de los 13 Estados para ser aprobado. Y esto llevó a Hamilton, Madison y Jay a escribir y publicar entre 1787 y 1788 una cantidad inhumana de artículos en los principales periódicos del país, buscando convencer a sus conciudadanos de la necesidad de aprobar el nuevo proyecto constitucional.

El 21 de junio de 1788, finalmente, la Constitución fue ratificada por el mínimo de 9 de 13 Estados locales. El texto aprobado tiene un preámbulo y 7 artículos y, con 27 enmiendas, es hasta hoy el núcleo de la Constitución estadounidense. Terminada la disputa política los artículos fueron compilados y revisados por sus autores. Y así nació “El Federalista”, cuya edición definitiva se alcanzó en 1818.

Los artículos parten por fijar un asunto y luego lo discuten desde distintos puntos de vista, haciéndose cargo de las objeciones en su contra. Uno puede estar de acuerdo o no con las soluciones propuestas por sus autores, pero difícilmente no aprenderá a pensar constitucionalmente en ese proceso. El libro no es una obra para abogados. Muy por el contrario. Sus artículos, publicados originalmente en diarios de circulación pública, apelan al entendimiento de cualquier ciudadano. Su vocación es claramente democrática. Y su lectura nos recuerda que las instituciones en las que hoy estamos acostumbrados a vivir no son naturales ni se defienden solas. Las repúblicas democráticas, las libertades y derechos civiles garantizados, no eran lo común cuando este libro fue escrito. Y el brutal siglo XX nos demostró que, aunque ellas se hayan vuelto comunes, jamás pueden darse por seguras.

“El Federalista” nos permite salir de la ilusión de obviedad que recubre nuestras instituciones, y observarlas, comprenderlas y valorarlas en su fragilidad y fortaleza. Incluyendo los partidos políticos, que los autores del libro desprecian como mera manifestación de intereses facciosos, pero que con el avanzar de la experiencia democrática se han mostrado como elementos centrales para la protección de la libertad republicana.

Por todo esto, el Instituto de Estudios de la Sociedad decidió, dado el incipiente debate constitucional que se vivía en el país, traducir esta monumental obra. Tal tarea cayó en mis manos y la primera versión de esta nueva traducción vio la luz hace casi un año. Ella fue animada por un esfuerzo consciente por hacer que la voz de “Publius” sonara lo más cercana posible a un ciudadano chileno del siglo XXI. Creo necesario recomendar a cada ciudadano –pero especialmente a los representantes y a las personas con poder de decisión- la lectura de esta gran obra. Estoy convencido de que quien recorra con tiempo y con calma este extenso libro saldrá convertido de dicha experiencia. Leer dos o tres artículos diarios, de los 85 que componen la obra, debería tomar entre media y una hora diaria de lectura. Un esfuerzo de ese tipo puede tomar un par de meses, pero la huella que deja en términos de formación ciudadana es indeleble.