Dossier Revolución Liberal

Octubre - Diciembre 2017

La Revolución Liberal

Entrevista al ministro del Trabajo José Piñera, 27 de diciembre de 1979, revista Qué Pasa

Ministro, hay quienes se preguntan por qué el Gobierno no se contentó con haber reconstruido el país, y por qué insiste tanto en que se deben corregir los “vicios del pasado”.

-Porque los esquemas del pasado no fueron capaces de resolver los grandes problemas nacionales. Su fracaso tiene múltiples evidencias. En lo económico, el bajísimo crecimiento del nivel de vida y la inflación crónica. En lo social, uno de cada cinco chilenos viviendo en la extrema pobreza, bajas remuneraciones y pensiones misérrimas. En lo laboral, politización y un feudalismo sindical que atentaba contra la libertad de trabajo y el pleno empleo. En lo político, la entrega del poder a los partidos marxistas, tributarios de una ideología que ha hecho de sepulturera de las sociedades libres en la mitad del planeta.

 

-¿Qué necesita entonces el país?

-Dar un golpe de timón en todos los campos. Crear esquemas nuevos, originales. Hacer una verdadera revolución libertaria.

 

-Estas siete modernizaciones planteadas por el Gobierno, ¿son parte de “ese golpe de timón”?

-Sí. Ellas representan una etapa crucial de esta verdadera revolución silenciosa que se está produciendo en Chile. Las siete modernizaciones buscan introducir márgenes de libertad personal desconocidos para el chileno, contribuir a la necesaria igualación de oportunidades, dinamizar el desarrollo económico, valorar la voz de los expertos en las decisiones eminentemente técnicas que adoptan los gobiernos, en fin, transformar a Chile en un país moderno donde la razón prime sobre los prejuicios y dogmatismos, y donde la libertad individual sea la regla general y la intervención estatal la excepción.

 

-Sin embargo, Ministro, hay sectores que a estas alturas cuestionan la legitimidad del Gobierno para continuar haciendo reformas tan profundas. En su opinión, ¿de dónde deriva el Gobierno su legitimidad para cambiar al país?

-El 11 de septiembre de 1973 el Gobierno adquirió dos legitimidades: la salvadora y la revolucionaria. La legitimidad salvadora, para librarnos del comunismo y reconstruir el país, la cual se agota precisamente con el éxito. La legitimidad revolucionaria, que tiene hoy plena validez, para realizar profundas transformaciones con la finalidad de que no se repita el ciclo que terminó con el marxismo. Como se sabe que estas reformas no se pueden hacer con el juego político tradicional, la mayoría de los ciudadanos entrega al Gobierno su apoyo para que éste, legislando con justicia a favor de todos los chilenos, alcance estas metas. Alguien dijo que “hacer una revolución era como andar en bicicleta; si uno se detiene, se cae”. El Gobierno lo sabe, y considera al inmovilismo como su enemigo mortal. De ahí la clara decisión del Presidente de continuar avanzando con las siete modernizaciones.

 

-¿Usted no cree que el rápido crecimiento económico basta para detener al marxismo?

-El desarrollo otorga la posibilidad de eliminar la pobreza, y permite conseguir la adhesión de las mayorías al sistema porque les proporciona bienestar material. Pero esto no tiene un efecto decisivo sobre la penetración marxista, como se puede comprobar al observar lo que sucede en algunos países europeos. Lo que detiene el avance socialista es la extensión del campo de la libertad personal, y la efectiva participación de base. No bastan la política económica y el éxito material. Es necesario asentar la libertad en las raíces de la sociedad, en todos los ámbitos que son vitales en la vida diaria de una persona.

 

-¿Y cómo se completa esta acción al nivel del poder político?

-No podemos volver a un sistema en que cada seis años éramos convocados a elegir una autoridad que tenía un poder desmesurado para decidir el curso de nuestras vidas. Era tan decisiva cada elección presidencial que se transformaba casi en una guerra civil política que dividía profundamente a los chilenos. Al marxismo le bastaba dar la lucha por el poder político para intentar imponer su modelo aberrante de sociedad. En una sociedad verdaderamente libre, para triunfar hay que ganar infinitas batallas a nivel de individuos, sociedades intermedias, y poder de cúpula. Y al marxismo eso le es imposible.

-¿Cómo apuntan en esa dirección las modernizaciones planteadas?

-Todas ellas robustecen la libertad de decisión de las personas. El Plan laboral con la libertad sindical; la futura reforma previsional con un sistema de pensiones basado en la capitalización individual; la Directiva Educacional y la reforma de la salud a través de la descentralización operativa y la mayor flexibilidad de opciones individuales; la modernización judicial al hacer más efectivo y expedito el acceso de toda persona a la justicia; el reordenamiento agrícola al fortalecer la propiedad privada en el campo; y por último, la reforma administrativa al agilizar el sector estatal y permitir reducir su tamaño que abruma con su pesada carga a todo los chilenos.

 

-¿Usted no cree que las condiciones económicas de Chile le hacen muy difícil salir del subdesarrollo?

-Chile es un país rico en recursos naturales, en gente, en oportunidades. Sólo se necesita el empuje de una economía libre y abierta, junto con la estabilidad política, para proyectarlo hacia el progreso. La década del 80 verá el auge económico más extraordinario de nuestra historia. Algunos sectores serán irreconocibles por su magnitud: el nuevo cobre, el sector forestal, la pesca, la agricultura, la ganadería, la industria integrada a nuestros recursos naturales, incluso el turismo. El país logrará tasas de crecimiento aún mayores que las de estos últimos tres años, y que pocos creyeron cuando fueron anticipadas. Es posible que Chile rompa la barrera del subdesarrollo alrededor de 1990.

 

-¿Son compatibles el crecimiento con una mejor distribución del ingreso?

-Ese es el nudo del problema. En verdad, la ciencia económica moderna ha determinado que es posible conciliar ambos objetivos, pero sólo si se utilizan los instrumentos adecuados. La iniciativa individual es la fuerza motora más poderosa para el progreso material, y el mercado competitivo es el mejor sistema de señales para hacer que esta actividad se concilie con la obtención del bien común. El Estado debe concentrar sus esfuerzos en diseñar y aplicar esquemas tributarios inteligentes que no destruyan los incentivos de los individuos, y en gastar estos recursos eficientemente en los más pobres.

 

-¿Y usted considera que se ha hecho lo suficiente por los más pobres?

-Se ha hecho mucho. El aumento del gasto social,  los programas nutricionales y de alimentación escolar, el énfasis en la educación básica y prebásica, el Plan Laboral, la creación del Consejo Social y su Fondo de Emergencia, los esfuerzos por agilizar la previsión, las reformas en la salud, y muchos otros, son todos testimonios de la apertura social responsable en que está empeñado el Gobierno.

 

-¿Por qué, entonces, los resultados de ese esfuerzo parecen insuficientes?

-Hasta no lograr la meta siempre parecerán insuficientes. Además, sucede que este Gobierno ha tenido que enfrentar simultáneamente problemas enormes. Reconstruir una economía destrozada, superar la caída del precio del cobre, ajustarse a las alzas descomunales del precio del petróleo y fortalecer nuestra seguridad nacional ante los nuevos eventos internacionales. En verdad, falta aún un largo camino que recorrer.

 

-¿Ese énfasis que se le da a la lucha contra la extrema pobreza no implicará, en cierto modo, dejar algo abandonada a la clase media del país?

-No, de ningún modo. Lo que sucede es que la democracia tradicional tiene a redistribuir ingresos desde los extremos del espectro social hacia el centro. Los muy pobres nunca han representado una fuerza electoral importante. Carecen de organización, del poder de presión, de financiamiento, de voz. Ahora que existe la oportunidad histórica de tener un gobierno que no necesita estar todos los días contando sus votos, intentar resolver este problema constituye un imperativo moral. No se trata entonces de abandonar al resto de los chilenos, que tienen enormes posibilidades para progresar en una economía libre, sino de tener una opción preferencial por los más pobres, como lo ha pedido recién Juan Pablo II en Puebla.

 

-¿Y qué importancia política tiene fijar esas prioridades?

-Creo que no habrá verdadera estabilidad mientras algunos no tengan casi nada que perder con la ruptura del orden establecido. Un amigo me contaba haber leído en la pared de una fábrica, cuando el país estaba en pleno fervor populista, la siguiente frase: “Tu hijo tiene hambre, el de tu patrón no”. Sólo con esta frase, si muchos de los que la leen la consideran válida, se puede incendiar un país.

 

-Sin embargo, Ministro, hay quienes sostienen que la actual política económica ha sido regresiva…

-Un reciente estudio destruyó el mito del empeoramiento de la distribución del ingreso. Sostener sin mayor argumentación que “los pobres, son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos” es repetir un slogan de origen marxista, tan antiguo como probadamente falso.

 

-Pero hay gente más rica con el actual esquema económico.

-Hay que tener, de una vez por todas, el coraje de tomar una decisión inevitable: o queremos un país en que no haya ricos, o queremos un país en que no haya pobres. Si se quiere un país sin ricos, hay que regimentar a tal grado la actividad económica que se ahoga el desarrollo y, por lo tanto, la posibilidad de elevar el nivel de vida de los más pobres, sin mencionar que mantener una sociedad libre en ese caso sería extraordinariamente difícil. Si se quiere un país sin pobres, tenemos que adoptar el camino que señalé antes, e inevitablemente habrá individuos que surgirán más que otros, y que cumplirán la función social de dinamizar la economía y pagar los impuestos que financian el gasto social. Personalmente, prefiero mil veces un país sin pobres a un país sin ricos. La utopía que ofrecen algunos de un país sin ricos ni pobres no se da en ninguna parte del mundo libre y ni siquiera en las dictaduras totalitarias del Este, que justifican su opresión como el precio de un igualitarismo que no existe.

 

-¿Usted cree, entonces, que es imposible lograr simultáneamente la libertad y la igualdad?

-Creo que la libertad es totalmente compatible con la igualdad de oportunidades y con la igualdad ante la ley. El error es creer que se puede lograr el igualitarismo absoluto, la igualdad de resultados que preconizan algunos, y conservar al mismo tiempo una sociedad libre. Eso es imposible. Sólo la fuerza puede evitar que se manifiesten las diferencias naturales entre los individuos, y a mí no me interesa el bienestar de los establos.

 

-Algunos dicen que no basta que la economía camine bien para que un gobierno sea popular. ¿Qué opina de esa afirmación?

-Estoy de acuerdo. Buenas cifras de crecimiento o una inflación controlada son muy importantes, pero sólo constituyen la línea de flotación de un proyecto político. A los pueblos no les basta estar bien alimentados; necesitan líderes que les planteen ideales más puros y más heroicos. De Gaulle lo sabía muy bien, y le ofreció a su pueblo la grandeza de Francia como ideal. Creo que los chilenos no serían felices con el materialismo de una sociedad de consumo, hay que ofrecerles progreso material, pero también un proyecto de sociedad humanista capaz de entusiasmarlos y conmoverlos.

-La mayoría de los chilenos coincide en que el país no puede volver a politizarse hasta la médula de los huesos. En su opinión, ¿cómo podría evitarse eso en el futuro?

-Reduciendo el poder estatal. La mejor arma contra el exceso de política, es decir, de Estado, es la libertad personal. De otra manera, la política se transforma en el campo de la lucha de intereses para conseguir favores otorgados discrecionalmente por el Gobierno de turno. En ese esquema es tan crucial detentar el poder político, que la lucha por éste se exacerba, y se recurre a las nefastas armas de la demagogia y las componendas. Considero que uno de los problemas más importantes de la futura Carta Fundamental es buscar la manera de limitar el poder del Estado y proteger al individuo. Resuelto éste, se hará más fácil, y menos crucial, el problema de decidir cómo se genera el restante poder político y cuáles son sus atribuciones, las que deben estar limitadas a las decisiones valóricas, entregando las decisiones técnicas a los expertos.

 

-Usted ha señalado reiteradamente su temor frente al Estado todopoderoso. ¿No cree, sin embargo, que éste es una fuerza de control indispensable del hombre?

-Hay dos fuerzas que pueden disciplinar al hombre: el Estado o su propia conciencia. Cuando en la historia ha primado el estatismo delirante, hemos contemplado el horror de los regímenes totalitarios. Porque creo profundamente en el hombre, y en la dignidad sagrada de la persona humana, soy partidario de la libertad individual frente al Estado y de la autodisciplina personal.

 

-¿Qué opina del marxismo?

-El marxismo, al final del día, lleva al Gulag. Lo vivió -y lo narró magistralmente- Solyenitsin. Como dice uno de los llamados nuevos filósofos franceses, “el horror de los campos de concentración comunistas no es una desviación ni una verruga en el cuerpo del Estado proletario, sino un efecto, entre otros, de las leyes de El Capital”.

 

-Usted ha mencionado varias veces al Papa Juan Pablo II y a Solyenitsin. ¿A qué se debe?

-Son los dos colosos morales de nuestro tiempo. Me pregunto, incluso, si habrán estado juntos alguna vez. Es sintomático que ambos vengan del Este. Quizás es cierto lo que planteó Solyenitsin en Harvard, cuando dijo que por medio de intensos sufrimientos, la gente de Europa oriental ha logrado un desarrollo espiritual de enorme intensidad y caracteres más fuertes y más profundos que aquellos que se encuentran en el mundo occidental. Ambos nos hacen pensar en el futuro y nos orientan para enfrentar los grandes problemas que se avecinan.

-¿Cuáles considera usted que serán los grandes problemas del futuro?

-Serán problemas nuevos. El avance increíble de la ciencia y la tecnología permitirá resolver los problemas económicos y sociales que hoy nos agobian. Sin embargo, si bien la ciencia puede librarnos del hambre y de la enfermedad, no puede contestar las grandes interrogantes religiosas, filosóficas y morales. Por el contrario, al ampliar el campo de opciones posibles -pensemos en la ingeniería genética, en las posibilidades de la electrónica para controlar la población, en los sofisticados métodos de destrucción, etc.- se hará aún más agudo el problema de tener un patrón moral clarísimo para guiar las decisiones humanas.

 

-Volviendo a Chile y a su Gobierno, hay quienes ven semejanza entre lo realizado por el Presidente Pinochet y lo que hizo Franco en España. ¿Qué piensa usted?

-Creo que sólo en la primera etapa de su gobierno el Presidente Pinochet podría ser comparado con Franco, ya que ambos lucharon exitosamente contra el comunismo. Pero en su obra de gobierno, el Presidente Pinochet ha sido más libertario al descentralizar el poder económico y social, más comprometido con la justicia al atacar en sus raíces el problema de la extrema pobreza, y estoy seguro, será más visionario cuando llegue la hora de legar al país un modelo político que nos permita vivir en paz y libertad por muchas décadas.

 

-¿Cómo cree usted entonces que juzgará la historia al actual Gobierno?

-Si la monumental obra económica, social y laboral en marcha se completa con las siete modernizaciones y con un novísimo modelo político, este Gobierno habrá transformado a Chile en una nación moderna y preparado al país para su ingreso al tercer milenio.

 

-¿Cuál cree usted que es el mayor desafío que enfrenta el Gobierno?

-Se puede afirmar que si el destino pertenece a los individuos, y no al Estado, los cambios serán graduales, y no drásticos y muchas veces violentos. Por eso, el gran desafío para el Gobierno es transformarse en aquel que puede hacer la última revolución, la libertaria, aquella que al arrebatar el poder al Estado y devolverlo a los individuos, termine con todas las revoluciones.

 

¿No es demasiado optimista plantear metas tan difíciles?

-Claro que lo es. Pero ser joven es tener siempre esperanza…