Carta del Director

Julio-Septiembre  2018

La refundación
de la democracia chilena

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En todo el mundo se aprecia y admira el proceso constitucional y pacífico de refundación de la democracia chilena. Aunque el debate político lo oculta, este proceso fue hecho posible por un acto de liderazgo excepcional de los presidentes Pinochet y Aylwin y por el aporte patriótico de muchos ciudadanos de los más distintos colores.

Por lo tanto, es injustificable que todavía algunos persistan en manipular e incluso negar una realidad avalada por hechos tan irrefutables como la existencia de una Constitución, de leyes orgánicas constitucionales, de plebiscitos y de actos políticos determinantes expresados en leyes de la República. Este negacionismo hiere la verdad histórica y es una pesada mochila que sigue lastrando la posibilidad de buenas políticas públicas. Por ambas razones, es indispensable una aclaración rigurosa.

El viernes 8 de agosto de 1980, durante un consejo extraordinario del gabinete de Ministros, se dio el paso irreversible hacia la democracia. El Presidente Pinochet, la Junta de Gobierno y todos los ministros de Estado firmamos el proyecto de una nueva Constitución que estableció un itinerario concreto para construir una democracia madisoniana (ver “Madison en Chile”, Economía y Sociedad Nº 94). Dos años antes, en mayo de 1978, esta revista dedicó una edición completa para proponer una democracia anclada en la libertad y en la razón (ver “Hacia un nuevo modelo político” en el Dossier).

Al mismo tiempo, los economistas liberales construían los pilares del modelo económico y avanzaban en el proyecto de “las siete modernizaciones” (ver “La Revolución Liberal”, Economía y Sociedad Nº 93). Destacamos al final de esta Carta los notables reconocimientos de Alejandro Foxley, el ministro clave del Presidente Aylwin, y de Gary Becker, profesor de la U. de Chicago y Premio Nobel de Economía.


Todo resultó de acuerdo al plan maestro pensado y diseñado en 1980: la aprobación de la Constitución en el plebiscito del 11.9.80, la inauguración del gobierno constitucional el 11.3.81, la construcción de las instituciones de la libertad en los siete años siguientes, la realización del plebiscito presidencial el 5.10.88, la elección presidencial del 14.12.89, y finalmente, el 11.3.90, la entrega del poder a la sociedad civil en estricto acuerdo con el proceso pacífico y constitucional sellado aquel 8.8.80.

Las instituciones de la libertad

Fareed Zakaria, autor del influyente libro “The Future of Freedom”, sostiene que “el corazón del diseño de una democracia es construir las instituciones de la libertad y no simplemente llamar de inmediato a elecciones. Construir estas instituciones no constituye el 50% de la tarea, sino el 90%. Así ha sido en la historia de Europa occidental. Las libertades civiles, religiosas y económicas están en el corazón de la dignidad y autonomía humana. Si un gobierno expande estas libertades, no debe llamarse dictadura” .

El proyecto constitucional se propuso construir, durante el período 1981-89, las “instituciones de la libertad”. Se promulgaron catorce leyes orgánicas constitucionales como aquellas del Banco Central autónomo, las universidades y canales de televisión privados, el Tribunal Constitucional, y todas las llamadas “leyes políticas”. Basta leer quienes firman estas leyes para comprobar que este fue un proceso de redemocratización liderada desde el propio gobierno.

Los broches de oro de este original proceso de “redemocratización desde dentro” fueron dos referéndums: el plebiscito presidencial del 5 de octubre de 1988 y el plebiscito constitucional del 30 de Julio de 1989. Desde una perspectiva histórica, ambos plebiscitos consolidaron la Revolución Liberal.

El plebiscito presidencial de 1988

La Constitución de 1980, en su artículo 27 transitorio, estableció la obligación de llamar a un plebiscito presidencial al final del período de refundación de la democracia. Y en sus artículos 28 y 29 transitorios, diseñó lo que sucedería en caso de aprobarse o rechazarse la proposición presidencial sometida a plebiscito. El artículo 28 transitorio establecía que si se aprobaba la propuesta, el Presidente “convocará a elecciones generales de senadores y diputados. . . . y el Congreso Nacional se instalará tres meses después de la convocatoria a elecciones”. Por su parte, el artículo 29 transitorio señalaba que si no se aprobaba la propuesta, el Presidente “convocará a elección de Presidente de la República y de parlamentarios en conformidad con los preceptos permanentes de esta Constitución y de la ley”. Así, estos dos artículos aseguraban la llegada a la democracia cualesquiera fuera el resultado.

Es necesario destacar un hecho de extraordinaria importancia: en la misma Constitución de 1980, la Junta de Gobierno renunció a su poder constituyente. Desde su entrada en vigencia el 11 de marzo de 1981, cualquier reforma a la Carta Fundamental exigía ser ratificada por un plebiscito. Esta renuncia aseguraba que el itinerario hacia la democracia era irreversible.

El resultado del plebiscito de 1988 determinaría entonces la persona que ocuparía la Presidencia, pero no alteraba el hecho fundamental de que en pocos meses habría democracia y que el país estaría bajo el imperio de una Constitución plenamente vigente. De este modo, el gobierno se alejó de una práctica ilegítima, común en los plebiscitos, que consiste en presionar a los ciudadanos hacia la aprobación sugiriendo que el rechazo llevaría a “la inestabilidad o el caos”. Tanto fue así en Chile que el argumento de estabilidad fue un eje central de la campaña (“Votar ‘No’ solo abre la puerta a una elección abierta un año después”).

Si bien la Constitución garantizaba la estabilidad institucional del país tanto si ganaba el Sí o el No, no estaba garantizada la estabilidad económica, pues la entonces “Concertación” atacó, de manera persistente y demagógica, el sistema de libre mercado, culpándolo de las carencias propias del subdesarrollo que todavía afligían a los ciudadanos e incluso de crear “5 millones de pobres”. Ello obligó a muchos partidarios del modelo económico y de las modernizaciones a votar “Sí”, pues el “Sí” para ellos se había transformado también en un “Sí” al modelo. Debido al comportamiento de la oposición, la opción “Sí” adquirió entonces dos significados distintos. El significado literal en la papeleta que era aprobar un nuevo período presidencial para el general Pinochet y el significado implícito que era garantizar la estabilidad del modelo económico social que estaba liberando a Chile del subdesarrollo y de la pobreza.

Por otra parte, muchos de los que votarían por la opción “No” creyeron que su eventual triunfo significaría desmantelar el modelo económico que les habían descrito una y otra vez como injusto y equivocado. Como durante los siguientes veinte años gobernó la Concertación y mantuvo lo esencial del modelo, aunque sin defenderlo ni explicarlo, la ciudadanía fue adquiriendo una profunda decepción con los partidos políticos y sus representantes, decepción que sigue vigente y que constituye un enorme obstáculo para el continuo progreso del país. El “costo social” de haber usado el fácil recurso de la demagogia económica para ganar el plebiscito de 1988 se sigue pagando hasta hoy.

El 5.10.88 se realizó este plebiscito, con todas las garantías democráticas. La opción “No” obtuvo el 56% de los votos y la opción “Sí” el 44%. Pero al llevar en sus entrañas una mezcla de significados, la interpretación de este resultado no es nítida. Todo indica, sin embargo, que si bien la ciudadanía no quiso otorgarle al Presidente Pinochet un nuevo período, sí apoyó el legado modernizador de su gobierno. El sociólogo Eugenio Tironi, uno de los artífices de la campaña comunicacional del “No”, afirmó incluso que si el candidato propuesto hubiera sido un civil, el “Sí” habría ganado. Añadió que si la alternativa hubiese sido “Pinochet o la revolución”, también habría ganado el “Sí” (Entrevista en CNN Chile, 5.6.13).

La redemocratización desde dentro fue un éxito. Hubiera sido perfecta si el Presidente Pinochet, además de seguir el magnífico ejemplo del Presidente George Washington, al estar ambos dispuestos a abandonar el poder, hubiera declinado postular a un tercer período. Invitado a presentar un plan para la recta final del proceso, le propuse al presidente este “gesto washingtoniano” y le sugerí la idea de un histórico discurso de despedida (ver un extracto del “Discurso de Despedida” de 1796 del general Washington en el Dossier).

Es posible que consideraciones de seguridad personal hayan pesado fuertemente en la decisión del general Pinochet de participar en una singular contienda electoral, para la cual no tenía experiencia alguna. Debe haber estado muy presente el recuerdo del intento de asesinato que en 1986 cometió el Partido Comunista a través del FPMR, su brazo armado, y que estuvo cerca de lograr el magnicidio.

Por otra parte, hay que recordar que a Winston Churchill también se le recomendó en 1945 no someterse a una votación al terminar la Segunda Guerra Mundial y el héroe mundial de la libertad fue derrotado en las urnas por el laborista Clement Attlee. También sucedió algo similar con De Gaulle, a quien la oposición enfrentó, no atacando su obra, sino con un simple “Es demasiado” (C’est assez) que aludía a sus largos años en el poder.  

Lamentablemente, la centroizquierda, en vez de contribuir a la unidad nacional reconociendo el proceso de redemocratización desde dentro, inventó una leyenda negra según la cual el Presidente Pinochet habría estado dispuesto a desconocer la Constitución que había elaborado y firmado. Esa falsedad ha sido desmentida de manera categórica por el general Fernando Matthei, miembro de la Junta de Gobierno, en su carta del 12.1.12: “Les aseguro a mis compatriotas que jamás existió la más mínima vacilación del Presidente Pinochet o de algún miembro de la Junta de Gobierno en orden a respetar los resultados de ese plebiscito y así cumplir estrictamente lo que mandaba la propia Constitución que nosotros habíamos propuesto al país” (ver la carta completa en el Dossier).

La demagogia contra el modelo económico en 1988 y la falsificación histórica a partir de 1990 son los dos grandes pecados de la centroizquierda en este proceso, así como su voluntad de sumarse al proceso y a los plebiscitos de 1988 y 1989 son sus dos grandes aportes.

Mientras que en Sudáfrica, en circunstancias inmensamente más difíciles, el Presidente Nelson Mandela extendería su reconocimiento al ex Presidente De Klerk, hasta el punto que ambos recibieron un Premio Nobel de la Paz por su aporte a la transición democrática, en Chile la actitud fue la contraria.


El plebiscito constitucional de 1989

Tras el plebiscito presidencial, la “Constitución redemocratizadora”, aquellas normas contempladas en sus artículos transitorios, había cumplido su objetivo. Sin embargo, la “Constitución permanente” todavía era cuestionada por la oposición.

Entonces se abrió una ventana de oportunidad. Por una parte, la Concertación quería una reforma en 1989 pues confiaba en ganar las elecciones presidenciales y parlamentarias que se realizarían a fines de ese año, pero no creía que alcanzaría las mayorías necesarias para reformar la Constitución y tampoco quería iniciar su posible gobierno con un complejo debate constitucional. Por otra parte, la facción liberal dentro del gobierno reconocía que algunas de esas disposiciones eran innecesarias, y, sobre todo, comprendía el valor político e histórico de lograr una reforma constitucional consensuada con la oposición y una aprobación de las mismas, e indirectamente de la Constitución, en un nuevo plebiscito. Se alinearon así las estrellas en 1989 para un histórico acuerdo de reformas constitucionales entre el gobierno y la oposición. La más importante fue concordar el mecanismo para reformar la Constitución en el futuro.


Este proyecto de reforma constitucional fue anunciado al país por el Presidente Pinochet el 30 de mayo de 1989. El 15 de Junio se publicó en el Diario Oficial el decreto convocando a un plebiscito el 30 de julio que detallaba las 54 reformas acordadas. Esta vez, un 91% de la ciudadanía votó por el “Sí”.

De esta manera, la nueva etapa política comenzó con una Constitución consensuada, ratificada abrumadoramente en un plebiscito y aceptada explícitamente por la oposición democrática. Edgardo Boeninger, brazo derecho del Presidente Aylwin en la negociación constitucional y su futuro Ministro de la Presidencia, sostuvo que con este plebiscito “la Concertación aceptó explícitamente la Constitución del 80 modificada” (“Democracia en Chile, Lecciones para la gobernabilidad”, 1997).


Triunfo de la revolución liberal

Como esta reforma constitucional contribuyó a mantener la estabilidad institucional y el modelo de libertades que generó el notable progreso económico-social del país, se puede concluir que los dos plebiscitos contribuyeron a la consolidación de la Revolución Liberal y al surgimiento del Nuevo Chile.

El estricto cumplimiento del camino establecido por la Constitución prestigió al Presidente Pinochet y a su gobierno como ningún evento anterior lo había hecho. Un mundo estupefacto comprobó la excepcionalidad de la experiencia chilena. Ella incluso fue elogiada por los dos grandes líderes mundiales de la década del 80, el Presidente Ronald Reagan y la Primera Ministra Margaret Thatcher. La caída del muro de Berlín, a solo cuatro meses del fin de la transición, fue providencial y descorrió el velo del monumental fracaso del socialismo en el mundo entero.

El 11 de marzo de 1990 fue, entonces, lo que Stefan Zweig habría llamado “un momento estelar” en la historia de Chile. En el mundo se abrían horizontes inmensos para las ideas y experiencias liberales. En Chile concluía una exitosa y excepcional refundación de la democracia. Debido a que su motor había sido el propio gobierno, se consolidaba su inmensa obra: el modelo económico, las siete modernizaciones y la Constitución de 1980.

Postdata: La otra refundación

La revolución liberal
en Chile

        Pinochet realizó la transformación, sobre todo en la economía chilena, más importante que ha habido en este siglo.  

Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de encaramarse todos los países del mundo. Hay que reconocer su capacidad visionaria y la del equipo de economistas.Esa es una contribución histórica que va a perdurar por muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile, que ha terminado siendo aceptado prácticamente por todos los sectores.Además, ha pasado el test de lo que significa hacer historia, pues terminó cambiando el modo de vida de todos los chilenos, para bien, no para mal"

Alejandro Foxley
Ministro de Hacienda del Presidente Aylwin
(Cosas, 5.5.2000)

La revolución liberal
en América Latina

 

         En mi primera visita a Sudamérica, a comienzos de la década de los 80, escuché a un candidato presidencial en Colombia que atacaba a los “Chicago boys”. No se trataba de descendientes de la  mafia de Al Capone, sino de economistas latinoamericanos educados en la Universidad de Chicago y en otras prestigiosas universidades de Estados Unidos.

Los economistas liberales propusieron desregular, privatizar y aplicar políticas de libre mercado a economías controladas por un centralismo económico. Ellos saltaron a la fama como los líderes de las reformas iniciadas durante el gobierno del Presidente Pinochet y  fueron muy atacados porque la planificación central y los controles estatales todavían eran promovidos por economistas de América Latina.

Estas revolucionarias reformas de libre mercado  impulsaron a la economía a crecer. Entre 1985 y 1996, el ingreso real per cápita en Chile creció a un promedio de 5% anual, muy superior al resto de América Latina.

Chile convirtió a sus exitosas reformas en un modelo a seguir por todas las naciones del mundo no desarrollado. Los impresionantes resultados de Chile han continuado después de su transición a la democracia. México, Colombia y Perú siguieron también el ejemplo de las políticas de libre mercado de Chile.

Los cambios iniciados por los economistas liberales en Chile han desatado una revolución política y económica en América Latina que será difícil revertir. Sus profesores están orgullosos de sus impresionantes logros"

Gary Becker
Premio Nobel de Economía y profesor U. de Chicago
(Business  Week, 9.6.97)