Dossier Filantropía 3.0

Abril-Junio 2018

La Otra Pobreza

Por Anthony Daniels, médico inglés y senior fellow Manhattan Institute

¿Qué significa para nosotros la pobreza?  No significa lo mismo que para Dickens, Blake o Mayhew. Hoy en día, nadie puede creer seriamente que en Inglaterra haya gente que pase hambre, viva en un lugar sin agua potable, carezca de asistencia médica o incluso no tenga un televisor.

La definición de la pobreza en los países industrializados ha cambiado, de modo que todas las personas que se encuentran en el nivel más bajo de la pirámide de la renta son pobres “de oficio”; es decir, son pobres porque tienen menos dinero que los ricos. Tal como la definimos ahora, mientras existan ricos, también existirán pobres.

Los ingleses pobres viven menos tiempo y tienen un estado de salud peor que los ricos. Pero hoy en día, los motivos de la diferencia en salud no son económicos. Los pobres tienen acceso a medicamentos y pueden llevar una dieta nutritiva; no viven hacinados en casas sin servicios sanitarios adecuados, ni trabajan catorce horas al día de forma agotadora en minas o fábricas en un ambiente contaminado y nocivo. Los epidemiólogos calculan que el mayor nivel de consumo de tabaco por los pobres es la causa de la mitad de la diferencia en la esperanza de vida que existe entre los ricos y los pobres en Inglaterra, y que fumar tanto supone un gasto considerable para sus escuálidos ingresos.

Otro aspecto notable es que la tasa de mortalidad infantil en la clase social más baja es el doble que en la clase social más alta. Pero la tasa de mortalidad infantil de los niños “ilegítimos” es el doble que la de los legítimos, y el porcentaje de niños “ilegítimos” aumenta considerablemente a medida que se desciende en la escala social:  por tanto, el declive del matrimonio hasta niveles casi inexistentes en la clase social más baja puede muy bien ser el responsable de gran parte de la diferencia en la mortalidad infantil. Lo que mata es esta forma de vida, no la pobreza en sí.


Al igual que es más fácil notar que está mal de salud una persona a la que uno no ha visto desde hace bastante tiempo que una persona a la que uno ve a diario, alguien que llega a un país extranjero suele notar esto más claramente que los habitantes de dicho país. Cada cierto tiempo, médicos de países como Filipinas e India llegan a mi hospital en Inglaterra para trabajar aquí durante un período de un año. Es fascinante observar cómo evoluciona su respuesta ante la situación de los británicos pobres.

Al principio les maravilla el hecho de que prestamos asistencia sanitaria generosamente y sin vacilar a todo el mundo, independientemente de su posición económica. Ellos vienen de ciudades –Manila, Bombay, Madrás- donde a muchas de las personas que tratamos en nuestro hospital simplemente se les dejaría morir.  Y les impresiona que nuestra asistencia vaya más allá del aspecto médico:  que no se deja a nadie sin alimentos, ropa y un lugar donde dormir. Durante un par de semanas creen que todo esto representa el súmmum de la civilización. Creen que en Inglaterra no existe la pobreza, tal como la conocen ellos.

Pero al cabo de unas semanas empiezan a sentir un leve desasosiego. Por ejemplo, una doctora filipina me preguntó por qué tan pocas personas daban las gracias al personal del hospital. El motivo de la pregunta fue el caso de un adicto que ingresó en el hospital tras haber sufrido un colapso por una sobredosis accidental de heroína. Fue necesario ingresarlo en la unidad de cuidados intensivos para reanimarlo y hubo médicos y enfermeras que le atendieron y le prestaron cuidados durante toda la noche. Lo primero que le dijo al médico cuando recobró repentinamente el conocimiento fue: “Dame un puto cigarro”. La causa de su grosería no era simplemente su estado de confusión: continuó tratando al personal del hospital como si estuviera secuestrado para realizar experimentos con él. No reconoció lo que los médicos y las enfermeras habían hecho por él y por supuesto no les expresó ni una sola palabra de agradecimiento. Aunque considerara que había recibido algún beneficio durante su estancia en el hospital, no dio las gracias; para él eso era algo asumido y tenía derecho a recibirlo.

Los médicos de Bombay, Madrás o Manila observan este tipo de comportamiento con la boca abierta. Al principio creen que estos casos son una rareza estadística y que con el tiempo verán a una parte  más educada y  más representativa de la población. Pero gradualmente se dan cuenta de que esas personas realmente son representativas. Cuando cualquier beneficio que se recibe es un “derecho” asumido de los ciudadanos, no hay lugar para la gratitud.

A menudo invito a los médicos del Tercer Mundo a pasear conmigo desde el hospital hasta la cárcel cercana. Es un paseo corto, de unos 700 metros, muy instructivo. Las casas que hay en el camino son bastante decentes para ser viviendas municipales. Sin duda, son realmente espaciosas y lujosas en comparación con las viviendas para los pobres de Bombay, Madrás o Manila. Cada una tiene un pequeño jardín delantero de césped, rodeado por un seto, y un jardín trasero mucho más grande. En la mitad hay antenas parabólicas. Por desgracia, los jardines están tan llenos de basura como los vertederos municipales. Digo a los médicos que en los casi nueve años que llevo dando este paseo cuatro veces a la semana nunca he visto a nadie limpiando su jardín. Pero he visto a muchas personas tirando basura.

“¿Por qué no limpian y arreglan los jardines?”, me preguntó una vez un médico de Bombay. Una buena pregunta: después de todo, en la mayoría de las casas, vive al menos una persona que no trabaja y tiene mucho tiempo libre. Pero yo mismo les he hecho esa pregunta y la respuesta siempre ha sido la misma: “Se lo he dicho a los de la Municipalidad, pero no han venido”. Como son inquilinos, creen que el propietario tiene la responsabilidad de mantener limpio el jardín y no están dispuestos a hacer ellos el trabajo que suponen que debe hacer la Municipalidad, aunque eso implique que tengan que caminar a través de la basura, como lo hacen literalmente. Por una parte, las autoridades no les pueden decir lo que tienen que hacer; por la otra, las autoridades tienen una infinidad de responsabilidades hacia ellos.

Pido a los médicos del Tercer Mundo que examinen detalladamente la basura. Al hacerlo tienen la impresión de que ningún británico es capaz de caminar más de diez metros seguidos sin consumir comida rápida. Cada arbusto, cada trozo de césped, incluso cada árbol están adornados con envoltorios de chocolate o con envases de cartón de comida rápida. En la cuneta y encima de los setos hay latas vacías de cerveza y de refrescos.

Aparte del desprecio antisocial a las zonas comunes que implica cada pequeño acto de echar basura en el suelo (cientos de veces por semana), la enorme cantidad de comida consumida en la calle tiene consecuencias más profundas. Digo a los médicos que en todas mis visitas a los hogares de personas de raza blanca de la zona, y he hecho cientos de ellas, nunca, ni una sola vez, he visto que alguien cocine o haya cocinado. Lo más parecido a esta actividad que he observado es calentar comidas preparadas y envasadas, habitualmente en el microondas. Y tampoco he visto que los miembros de estas familias coman juntos como una actividad social, a menos que el hecho de que dos personas coman juntas hamburguesas mientras caminan por la calle se considere una actividad social.

Esto no quiere decir que no haya visto a gente comiendo en casa; al contrario, cuando llego a menudo están comiendo. Las personas comen solas, aunque en la casa haya otros miembros de la familia. Y nunca comen en la mesa, sino sentadas o tiradas en el sofá enfrente del televisor. Cada una come lo que quiere a su antojo, cuando le da la gana y siguiendo su propio horario.  Por tanto, incluso en una actividad tan básica como comer no se imponen un cierto grado de autodisciplina, sino que siguen totalmente sus impulsos.


Pido a los médicos que observen las tiendas de las zonas en las que viven inmigrantes indios pobres. En las tiendas de los indios normalmente hay una amplia variedad de productos frescos atractivos que son muy baratos en comparación con los precios de los supermercados tradicionales. Las mujeres piensan mucho lo que van a comprar y son capaces de distinguir mínimas diferencias entre un producto y otro. Para ellas no hay comidas precocinadas. En cambio, las tiendas donde compran los blancos pobres tienen poca variedad de productos y, sobre todo, son comidas preparadas relativamente caras que lo único que hay que hacer para comerlas es añadirles agua caliente.

El contraste entre estos dos grupos de personas no se debe a las diferencias en sus ingresos, porque son insignificantes. La causa no es la pobreza.  Y el hecho de que los indios se preocupen mucho por lo que comen y que consideren que las comidas son actos sociales importantes que imponen obligaciones, indica que los indios tienen una actitud ante la vida que a menudo les permite subir la escala social.

Cuando esta dejadez respecto a la comida se extiende a todas las demás esferas de la vida, en el sentido de que las personas satisfacen todos sus apetitos haciendo el mínimo esfuerzo posible y con un mínimo grado de compromiso, no es sorprendente que dichas personas acaben atrapadas en la miseria.

La mayoría de nuestros “pobres” adoptan una actitud vital de “comida rápida”; todo lo hacen sin energía y sin esfuerzo, y el placer que obtienen con dichas actividades es  momentáneo. Sus vidas no parecen tener ningún propósito, ni siquiera para ellos mismos. En el “Estado del Bienestar”, la mera supervivencia no constituye el mismo logro que en las ciudades de África, por ejemplo, y por tanto no puede conferir el respeto por uno mismo que es la condición previa para mejorarse a sí mismo.

Al cabo de tres meses de estancia, la opinión sobre el “Estado del Bienestar” de todos los médicos del Tercer Mundo de mi hospital, sin excepción, ha cambiado totalmente. Ya no creen que  represente el súmmum de la civilización. Por el contrario, consideran que crea un miasma de apatía subvencionada que arruina las vidas de sus supuestos beneficiarios. Se dan cuenta de que un sistema de bienestar que no hace juicios morales a la hora de asignar ayudas económicas a la gente promueve el egoísmo antisocial.  

Para ellos, el empobrecimiento espiritual de la población inglesa es peor que cualquier cosa que hayan visto en sus propios países. La riqueza que permite a todas las personas tener alimentos suficientes sin esfuerzo debería ser algo liberador, no algo que les encarcele. El “Estado del Bienestar” ha creado una amplia casta de personas para las que la vida es, de hecho, un limbo en el que no esperan nada, en el que no tienen nada que ganar ni nada que perder. Es una vida carente de sentido.

Estos médicos han hecho el mismo viaje que yo, pero en sentido inverso. Hace 25 años yo era un médico joven y fui a trabajar a África. Al principio me quedé horrorizado por las condiciones y el estado físicos de las personas, que nunca había visto antes. Pacientes con insuficiencia cardíaca caminaban cincuenta millas bajo un sol abrasador, con una respiración jadeante y las piernas hinchadas para obtener un tratamiento, y luego hacían el mismo camino andando de vuelta a su casa. Los cánceres con úlceras y heridas que supuraban pus eran algo habitual. Hombres descalzos contraían el tétanos a causa de las heridas producidas por una pulga que vive en la arena y que ponía los huevos entre sus dedos de los pies. Además, las autoridades políticas de los países en los que trabajé eran arbitrarias, caprichosas y corruptas.

Pero nada de lo que ví -ni la pobreza ni la opresión manifiesta- tuvo nunca el mismo efecto devastador sobre la personalidad humana que el “Estado del Bienestar” indiscriminado. Nunca observé la pérdida de la dignidad, el egocentrismo, el vacío espiritual y emocional o la ignorancia de cómo vivir la vida que observo diariamente en Inglaterra. Por consiguiente, en una especie de movimiento coordinado, los médicos de India y Filipinas y yo llegamos a la misma conclusión terrible:  que la peor pobreza está en Inglaterra y que no es una pobreza material, sino una pobreza de espíritu.