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Octubre-Diciembre 2017

La Espera

Por Václav Havel, filósofo, escritor y ex presidente de la República Checa

(Extracto, Discurso de incorporación a la Academia Francesa, 27.10.92)

Vengo de un país que durante muchos años esperó su libertad. Se puede esperar de diferentes maneras. En un extremo de la variada gama de modalidades que asume este término está aquella descrita en “Esperando a Godot”: la espera como materialización de la salvación o la ayuda universal. La espera de muchos que vivíamos en el mundo comunista era a menudo, o casi permanentemente, muy cercana a esta posición extrema. Cercados, atacados y casi colonizados por el sistema totalitario, los ciudadanos perdían la idea de salida, la voluntad de hacer cualquier cosa e incluso carecían del conocimiento de que se pudiera hacer algo. Para decirlo de alguna manera, perdían la esperanza y con ello la posibilidad de vivir con sentido. Por eso esperaban a Godot. Perdida la esperanza interna, aguardaban la llegada de una salvación incierta desde afuera.

Sin embargo, Godot -por lo menos para el que está esperando- no viene, pues simplemente no existe. No es una esperanza sino una ilusión. Es producto de la propia incapacidad de la gente. Un parche para el vacío existente en su espíritu. Un parche completamente agujereado. Una esperanza para la gente sin esperanza.

En el lado opuesto de la gama encontramos otro tipo de espera, aquella vinculada con la paciencia. Una espera basada en la conciencia de que decir la verdad y resistir de esta manera tiene sentido en principio, sencillamente porque ésta es la forma correcta y porque el hombre no debe preocuparse en qué desembocará su actitud mañana, pasado o en otro tiempo.

Esta espera partía de la creencia en la existencia de la verdad y que resistir tiene sentido por sí mismo, porque significa que hay alguien que no apoya al gobierno de la mentira.

Esta actitud no considera el éxito final, si una vez será victoriosa o si será suprimida por enésima vez. Esta espera se nutre primordialmente de la confianza en que la semilla una vez plantada puede brotar. Sin saber cuando. Alguna vez. Posiblemente cuando otras generaciones pueblen esta tierra.

Esta postura, llamémosla por simplificación disidente, suponía y fortalecía nuestra paciencia. Nos enseñaba a esperar. El esperar como paciencia. El esperar como estado de esperanza y no expresión de desesperación.

Este tipo de espera sí tiene sentido. No es una dulce mentira sino una vida difícil junto a la verdad. No es una pérdida de tiempo; al contrario: esperar la posible germinación de una siembra sustancialmente buena es otra cosa que pasar el tiempo esperando a Godot. Esperarlo a él equivale aguardar el crecimiento de una azucena sin haberla sembrado anteriormente.

Me doy cuenta de que el político del presente y aquel del futuro -permítanme utilizar el término ‘político post moderno’- deben aprender a esperar en el mejor y más profundo sentido de esta palabra. O sea, no deben esperar a Godot.

Su espera debe consistir en el reconocimiento del movimiento y desenvolvimiento interno de la existencia, de la naturaleza de las cosas, de su soberanía y de la independiente dinámica de éstas que se resisten a cualquier manipulación violenta. Su esperar debe surgir de la voluntad de trazar posibilidades a los acontecimientos para que puedan presentarse así como verdaderamente son, en su esencia.

El comportamiento de un político post moderno no debe partir de un análisis impersonal sino de su penetración personal. No puede basarse en la altanería, sino que debe desprenderse de la humanidad.

Creo que hay que aprender a esperar, como si se tratara de una creación. Es necesario plantar pacientemente las semillas, regar bien la tierra donde las sembramos y prestar a las plantas el tiempo preciso que ellas mismas necesitan.

Así como es imposible engañar a una flor para que crezca no podemos engañar a la historia. Pero la historia se puede regar, con paciencia, diariamente. No sólo con entendimiento sino también con humildad y amor.

Si los políticos y los ciudadanos aprendieran a esperar en el mejor sentido de la palabra, o sea como expresión de un noble respeto al ritmo interno de las cosas, a cuyas profundidades jamás penetraremos completamente, entenderían que en el mundo todo requiere su tiempo.

Comprenderían además, que, al momento de querer algo del mundo, es importante tomar en cuenta su presencia y su historia. Estoy convencido de que así la humanidad no terminaría tan mal como de vez en cuando la vemos.


Damas y caballeros: Vengo de un país que está lleno de gente impaciente. Quizás porque estuvieron tanto tiempo esperando a Godot y ahora creen que ha llegado. Este es un error tan grande como era el esperarlo. No ha llegado ningún Godot. Y eso está bien porque cualquier Godot que viniera sería un confabulado, un comunista.

Sólo ha madurado lo que tenía que madurar. Ahora tenemos la tarea de transformar los frutos de esta cosecha en una nueva siembra y volver a regar pacientemente.

En la seguridad de que hemos sembrado y regado bien no hay motivo para la impaciencia. Basta entender que nuestra espera tiene sentido.

El esperar que tiene sentido brota de la esperanza y no de la desesperación; de la fe y no de la incredulidad, de la humildad ante el tiempo del mundo y no del temor provocado por su majestuosa calma.

Esta espera no va acompañada de aburrimiento, sino de tensión. Esta espera es algo más que una simple espera.

Es la vida. La vida como una alegre participación en el milagro de la existencia.