Tribuna

Octubre - Diciembre 2019

La búsqueda de la felicidad

Por P.J. O’Rourke, escritor y research fellow del Instituto Cato

Otras naciones fueron fundadas en sangre, en batallas, en guerras territoriales, culturales o lingüisticas. Pero no Estados Unidos. Fuimos fundados en la felicidad.

Está allí, en la primera frase del principal párrafo de la Declaración de la Independencia: “Sostenemos que estas Verdades son evidentes en sí mismas, que todos los Hombres son creados iguales, que ellos están dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, y que entre ellos están la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad”.

Si buscamos las proclamas, acuerdos, protocolos, tratados y leyes de otros países, no encontraremos la palabra “felicidad”. No se habla de felicidad en la Carta Magna de Inglaterra. Tampoco en la Declaración de los Derechos del Hombre de la Revolución Francesa. La Constitución propuesta para la Unión Europea no menciona la felicidad, a pesar de que sus 485 páginas contienen incluso regulaciones para tratar las sobras de comida.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos estipula en el artículo 24 que “todos tienen derecho a descansar incluyendo vacaciones periódicas con goce de remuneraciones”. Pero las vacaciones no son lo mismo que la felicidad.

Notemos que la Declaración de Independencia dice “la Vida, la Libertad, y la Búsqueda de la Felicidad” y no “la Vida, la Libertad y la Fiesta”. 

La felicidad de los Estados Unidos descansa en nuestra libertad para negarnos a que nos callen y nos impongan ser felices con lo que ya tenemos. 

Thomas Jefferson se inspiró en el Segundo Tratado sobre el Gobierno escrito por John Locke en 1689 en donde la frase “Vida, Libertad y Propiedad” aparece en varias ocasiones. Locke fue uno de los pensadores de la Ilustración más importantes en proponer las ideas de la ley natural y de los derechos naturales que de ella se derivan, derechos que son parte de nuestra naturaleza y de los cuales nadie nos puede despojar, ni nosotros podemos renunciar a ellos. Son derechos inalienables.


Cuando Jefferson redactó la Declaración de la Independencia, se refería al capítulo IX del Segundo Tratado en el cual Locke afirma que los hombres “están dispuestos a organizarse en sociedad para preservar mutuamente sus Vidas, sus Libertades y sus Posesiones, a la cual denomino por el término general, Propiedad.”

El hecho de que la Propiedad no se menciona en la Declaración de Independencia sigue siendo extraño. Quizá Jefferson trató de dejar claro que la nueva nación no sería un territorio europeo más. Estados Unidos no sería dividido en tierras aristocráticas que se transmitirían al hijo mayor con títulos como “el Duque de”, “el Barón de” o “el Conde de”.  

La “Búsqueda de la Felicidad” también puede haber reemplazado a “Propiedad” por una preocupación lingüística. Locke murió en 1704 cuando “Posesiones, a la cual denomino por el término general, Propiedad” era todavía sinónimo de tierras y tierras era sinónimo de riqueza. Hasta que Adam Smith en 1776 explicó el funcionamiento de una economía libre, las tierras se consideraban como la única fuente de riqueza.

La Declaración fue escrita por Jefferson, pero revisada y editada por John Adams y Benjamin Franklin quienes entendían que el comercio, la industria y las finanzas serían actividades tan significativas para Estados Unidos como la explotación de la tierra. Franklin tenía un interés especial en un tipo de propiedad diferente a la tierra, lo que hoy llamaríamos propiedad intelectual.

Roger Pilon sostiene que “la Búsqueda de la Felicidad” reemplazó a “Propiedad” en la Declaración de Independencia no para denigrar la idea de riqueza material sino para expandirla a toda forma de riqueza, mental, física, metafísica, o cualquier otra. 

Los Estados Unidos tienen un propósito. Cada norteamericano decide, individualmente, personalmente, independientemente cuál es ese propósito. Logremos o no la felicidad, es un derecho de todo norteamericano perseguirla.