“Impostores”

La nueva élite constituyente fue más veloz en llegar a la desmesura que sus antecesores. Primero se apoderaron de la palabra “pueblo”, que terminaron por mancillar con sus abusos y mentiras.

 

Luego hicieron, el día de la instalación de la Convención, una especie de “happening” histérico, un saludo a la bandera, a la “calle”, oportunista y populista.

 

Luego insinuaron que era mejor deshacerse de la noción de “república”, sin informarse antes de lo que significaba históricamente ese concepto.

 

Y en una comisión de “ética” redactaron un reglamento para castigar el negacionismo, un reglamento asfixiante y totalitario propio de una dictadura talibana, más que de un órgano constituyente.

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Entre medio hicieron “primarias” fallidas y dedocráticas, levantaron y bajaron candidatos de una manera rocambolesca y casi digna del teatro del absurdo. Y descubrimos que su candidato finalmente ungido había sido inscrito con firmas falsas en la notaría de un notario muerto.

Pero faltaba el último acto de este sainete popular: el convencional símbolo y “performer” número uno de la victimología hoy de moda reconoció que su enfermedad -base de todo su discurso político y de su elección como constituyente- era mentira.

 

Ahora empiezo a entender (antes lo encontraba demasiado severo) por qué Roger Scruton, filósofo inglés, tituló su libro sobre la nueva izquierda: “Locos, impostores, agitadores”.

 

¿Cómo esto va a impactar en la ciudadanía? ¿Volverá a confiar y a “aprobar”?

 

No lo sabemos: por algo lo llaman el “misterioso” pueblo de Chile”.

Cristián Warnken, escritor y poeta (El Mercurio, 9.9.21; Extracto)

Tribuna

Economía y Sociedad № 109

Octubre - Diciembre 2021