Dossier Revolución Liberal

Octubre - Diciembre 2017

Il Giornale sobre la Revolución Liberal

Este artículo fue publicado el 28 de abril de 1981 en el influyente diario de opinión Il Giornale, fundado en Milán por el periodista e historiador Indro Montanelli

Un ministro que promueve una “revolución libertaria” provoca siempre un cierto efecto. Tanto más cuando es ministro de un régimen como el de Pinochet, al cual, según los parámetros corrientes se le pueden aplicar muchas etiquetas, pero no la de libertaria.

 

Sin embargo, José Piñera habla en serio. “En Chile -dice Piñera- tenemos un desafío histórico: transformar este gobierno de excepción en uno que realice la última revolución, aquella de la libertad, aquella que al limitar el poder del Estado y devolvérselo a los individuos haga casi imposible cualquier otra revolución”.

 

No es, repito, el mensaje que comúnmente se espera recibir desde Santiago. Nuestra imagen convencional de Chile es distinta: con todos los componentes traumáticos e ideológicos, es la imagen de una dictadura militar latino-americana como otras diez más. Y el poder lleva galones, el que por definición sería inmóvil, autoritario, nacionalista. Es así en Argentina, no obstante las veleidades “monetaristas”. Es así en Uruguay; y más duramente aún en Brasil, más allá de la apariencia de  democratización. Nadie piensa en un Pinochet muy distinto de Franco.

 

Pero el Chile de Pinochet es distinto, es absolutamente fuera de lo común. El lenguaje político de Santiago se distingue de aquel de Buenos Aires tal como, en un contexto democrático, el acento de la Mrs. Thatcher se contrapone a aquel de los políticos italianos. De Franco, Pinochet comparte el anticomunismo feroz y la experiencia de una guerra civil victoriosa; espera evidentemente compartir la misma suerte y longevidad, física y de poder.

 

Pero en la práctica el corporativismo del Caudillo es una mercancía desconocida en los corredores del poder de La Moneda y del edificio Diego Portales. Por el contrario, las referencias relevantes, en vez de estar en Madrid, están en Londres, en Chicago, si se quiere en el Manchester del siglo pasado. La “revolución” que se hace en Santiago es todo lo contrario del “nacional-sindicalismo”. Es esencialmente libertaria, según sus autores, y según sus críticos, “capitalismo salvaje”.

 

Las opuestas definiciones se apoyan recíprocamente. “Capitalismo salvaje” es sólo otro modo de decir extremo liberalismo. Y es justamente esta postura libertaria la que se está experimentando en Chile. Cómo ella puede coexistir hoy y a largo plazo con un aparato estatal en parte semi-militarizado y con graves limitaciones a las libertades políticas, es naturalmente la primera interrogante.

 

Lo que nos lleva inevitablemente al problema de fondo de todas las sociedades modernas, que comúnmente se evita enfrentar: aquel de la compatibilidad final entre la total libertad y la total democracia.

 

Pero antes de remontarnos a filosofar sobre sistemas, es mejor reevaluar los hechos, en el lenguaje neutral de las cifras. Todas las dictaduras militares que asumieron el poder recientemente en América Latina (dejando de lado los pequeños tiranos tipo Somoza, movidos sólo por codicia) tenían urgentes objetivos: junto al “restablecimiento del orden”, la lucha contra la inflación.

 

Esto no es solamente por una manía economicista, sino porque la inflación, como lo demuestran también las experiencias europeas, cuando sobrepasa ciertos límites, corroe irreparablemente los tejidos de la sociedad.

 

Y bien comparemos los resultados. Los militares argentinos están en el poder desde hace cinco años, encontraron una inflación del 600 por ciento anual, la llevaron al 100 por ciento y ahora no son capaces de moverla de ese nivel. Los militares brasileros llevan diecisiete años en el poder y el aumento del costo de vida en 1980 ha sido del 120 por ciento. Pinochet encontró el 11 de septiembre de 1973 -si las estadísticas a esos niveles tienen aún un significado- una inflación anual de 1.172 por ciento. En 1980 el costo de la vida aumentó en Chile el 30 por ciento. Las previsiones para 1981 dan un 15 por ciento, menos que en Italia y que muchos países europeos.

 

Nosotros (italianos) nos movemos hacia una “inflación sudamericana”. En Sudamérica hay al menos un país que se mueve hacia una inflación “europea”. Para aquellas latitudes es una gran conquista.

 

Los generales chilenos lograron, allí donde sus colegas fallaron, la única justificación que se pueda encontrar para un poder autoritario: la capacidad de resolver problemas de emergencia que en un contexto democrático resulta políticamente imposible de enfrentar.

 

Es ya un hecho comprobado el fracaso general de los regímenes militares sudamericanos cada vez que quieren enfrentar las crisis económicas. Pinochet es la excepción, el único éxito en un mapa continental de experimentos truncados o de frustración. Ha sido el único que ha sabido sacar provecho de una coyuntura favorable para los fines de la estabilización monetaria: la ausencia de los máximos factores inflacionistas en una sociedad democrática, o sea, los sindicatos monopólicos y las elecciones, que llevan a los políticos a multiplicar el gasto público para ganar votos.

 

¿Por qué Pinochet logró su objetivo allí donde Videla, Medici, Geisel y Figuereido no pudieron? Los motivos fundamentales son dos. El primero, que en Chile no existe un poder institucionalizado de las Fuerzas Armadas como en Argentina (o en Turquía): sólo existe un general que asumió la presidencia con poderes dictatoriales. Así, no hay esa dirección colectiva que hace de la Casa Rosada de Buenos Aires un club de “doroteos” en uniforme: hay una clara jerarquía, con responsabilidades individuales bien definidas.

 

El segundo secreto es que Pinochet, que de economía no entiende nada como todos los otros generales de este mundo, entendió desde el primer día que no entendía, y se puso en manos de especialistas.

 

Mas no los eligió en el mercado interno: en cierto modo, los “importó”. No se sabe bien todavía por cuáles canales el General de Santiago entró en contacto con la corriente de ideas más moderna, audaz y cosmopolita de nuestro tiempo. La librecambista, o libertaria, o como quiera llamársela. Les pidió consejos, los examinó y después entregó las “llaves” económicas del país a los “Chicago boys”, un team que, como principalísima cualidad, posee la de la armonía entre sus componentes. Les dio, como se dijo, carta blanca. Les pidió una sola cosa: impedir por cualquier medio que se repitan las situaciones que llevaron al experimento Allende, al caos y a la guerra civil.

 

Los “muchachos” se zambulleron en la aventura. La ocasión era única. Pueden realizar un experimento de “laboratorio”, en condiciones ambientales ideales para ello, o sea sin esas interferencias políticas que manifiestan los deseos, las necesidades, las pasiones, los rencores y las ilusiones de los hombres. Pueden realizar proyectos a larguísimo plazo, restándole importancia a la impopularidad a breve o medio plazo. Pinochet ha sido confirmado en el poder con un plebiscito hasta 1989. Y los resultados ya se ven. De la inflación se habló. El producto nacional bruto subió en los últimos tres años a un ritmo de al menos un 8% anual. La producción industrial subió en los últimos cinco años en un 35%. Las exportaciones se han triplicado. El peso es una moneda fuerte y desde hace años ya no se habla de devaluación.

 

El control de precios, que hasta ahora había favorecido al mercado negro, ha sido abolido. Las tasas protecionistas sobre las importaciones, antes muy gravosas como en toda América Latina, han sido reducidas a un 10%. Han desaparecido las colas de los tiempos de Allende, en las vitrinas se encuentra de todo desde todo el mundo.

 

A los “Chicago boys” todo esto no basta. El saneamiento económico es para ellos sólo un medio para el verdadero fin que es la reconstrucción de la sociedad. Es necesario, dice Piñera, “corregir los vicios estructurales del pasado”. El experimento Allende no ha creado los males de Chile, sólo los ha exasperado. Las causas de la quiebra son antiguas: “En el campo económico, el lento crecimiento del nivel de vida y la inflación crónica. En el campo social, el hecho que un chileno sobre cinco vivía y vive en condiciones de extrema pobreza. En el ámbito laboral, la politización y un feudalismo sindical que impedía la libertad de trabajo y el pleno empleo. En el campo político el rodar hacia el marxismo”.

 

“Pero, dice Piñera, la política económica y el éxito material no es suficiente para inmunizar al país contra las recaídas. La única vía es la reducción del poder ilimitado del Estado. El veneno es el exceso de Estado: el antídoto, un aumento de la libertad personal. La política de vieja estampa era un campo de batalla de intereses para obtener favores discrecionales del Gobierno de turno. En tal situación el control del poder político era tan esencial que la lucha se exacerbaba y terminaba por recurrir a las armas nefastas de la demagogia y de las intrigas. El fin de la nueva institucionalidad económica, social y política es limitar drásticamente los poderes del Estado y su jurisdicción, alargando el área de las decisiones individuales. La llegada al poder de un partido u otro debiera dejar de ser decisivo para la vida y la prosperidad de todo el país. En Chile votar era cada vez una decisión dramática: cuando recomencemos a votar, tendrá que ser como en los Estados Unidos, donde el destino de los individuos no se decide principalmente en la Casa Blanca”.

 

El mensaje libertario es claro y coherente, aunque el púlpito sigue siendo una paradoja.