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Julio - Septiembre 2018

Hacer política con la verdad

Por  Václav Havel, filósofo, escritor y ex presidente de la República Checa

(Discurso de campaña, abril 1992; extracto)

l comunismo fue derrocado por la vida, por el pensamiento, por la dignidad humana. Los que todavía sostienen que la política consiste principalmente en la manipulación del poder y de la opinión publica, y que la moralidad no tiene cabida en ella, están equivocados. La intriga política no es una actividad política real, y aunque uno puede cosechar frutos con ella por algún tiempo, no conlleva mucha esperanza de éxito permanente. Gracias a la intriga uno fácilmente puede llegar a ser presidente.  Pero ese será el límite de nuestro éxito. No se puede mejorar el mundo de esa forma.

La política genuina, la política merecedora de ese nombre, y en cualquier caso la única política a la que estoy dispuesto a dedicarme, consiste sencillamente en servir a quienes nos rodean, servir a la comunidad y servir a los que vendrán después de nosotros. Sus raíces más profundas son morales, ya que es una responsabilidad, expresada a través de la acción, frente a toda la sociedad y por toda la sociedad.

La demagogia reina por todas partes, e incluso materias tan serias como el deseo natural de un pueblo de gozar de autonomía nutren maniobras de poder y estimulan la propagación de mentiras deliberadas entre la opinión publica.

La ciudadanía se está hartando cada día más de todo esto, y, comprensiblemente, dirige su hastío contra el gobierno democrático que ella misma ha elegido. Sin embargo, sigo convencido, una y otra vez, de que un enorme potencial de buena voluntad dormita en nuestra sociedad.

En este estado de cosas, los políticos tienen el  deber de despertar este potencial adormecido, o perplejo, para que vuelva a la vida, de señalarle una dirección, de facilitar su paso, de estimularlo y darle cabida, o sencillamente esperanza. Dicen que una nación tiene los políticos que se merece. Esto es cierto en algunos sentidos: es verdad que los políticos son un espejo de la sociedad y una especie de encarnación de su potencial. Al mismo tiempo -paradójicamente- lo opuesto también es cierto: la sociedad es un espejo de sus políticos. Son básicamente los políticos quienes determinan qué fuerzas sociales pondrán en libertad y cuáles suprimirán, ya sea que quieran utilizar lo bueno o lo malo de cada ciudadano. El régimen anterior movilizó sistemáticamente las peores cualidades humanas, como el egoísmo, la envidia y el odio. Ese régimen no solo fue algo que nos merecíamos, fue, al mismo tiempo, responsable de aquello en lo que nos convertimos. Los que se mueven en el terreno político cargan, por lo tanto, con una responsabilidad mayor por el estado moral de la sociedad, y son responsables de sacar a luz lo mejor de esa sociedad, de desarrollarlo y vigorizarlo.

Si queremos tener una oportunidad mínima de éxito, solo hay una forma en que podamos luchar por el decoro, la razón, la responsabilidad, la sinceridad, la civilidad y la tolerancia, y consiste en actuar decorosa, razonable, responsable, sincera, civil y tolerantemente. Veo el único camino de progreso en el antiguo y conocido precepto de “vivir en la verdad”.    

Quizás haya quienes no me crean, pero después de dos años gobernando un país lleno de problemas con los que los presidentes de países estables nunca soñarían, puedo decir con seguridad que no me he visto obligado a retractarme de nada de lo que escribí antes, o a cambiar de opinión en alguna materia. De hecho, he confirmado mis opiniones. A pesar de las presiones políticas que enfrento cada día, todavía estoy profundamente convencido de que la política no es esencialmente una actividad deshonesta; y en la medida en que lo fuere, son sólo los políticos deshonestos los que le dan ese carácter. Reconozco, sin embargo, que puede, más que otras esferas de la actividad humana, tentarnos a caer en prácticas deshonestas y que por lo tanto nos presenta demandas más exigentes. Pero sencillamente no es verdad que un político deba mentir o fraguar intrigas.

Obviamente, en política, como en otros ámbitos de la vida, es imposible e inútil decir todo, de buenas a primeras, a cualquiera. Pero eso no significa que uno tenga que mentir. Lo que se requiere es el tacto, las facultades adecuadas y el buen gusto. Una experiencia sorprendente que he tenido con la “política elevada” es la siguiente: he descubierto que el buen gusto es más importante que un título de posgrado en ciencia política. Todo es esencialmente cuestión de saber cómo proceder: saber cuánto rato hablar, cuándo comenzar y cuándo terminar, cómo decir cortésmente algo que nuestros adversarios políticos quizás no quieran oír, cómo decir, siempre, lo más esencial en cada momento, y no hablar de lo que no es esencial o no tiene interés, cómo insistir con nuestra postura sin ofender a los demás, cómo crear el tipo de atmósfera cordial que facilita las negociaciones complejas, cómo mantener una conversación sin ser imprudente, o, por el contrario, sin ser distante, cómo combinar equilibradamente los temas políticos serios con las cuestiones más livianas, más relajantes, cómo planear los viajes juiciosamente y cómo saber cuándo es más conveniente no visitar algún lugar, cuándo ser franco y cuándo reticente, y en qué medida.

Pero más que eso, significa que hay que tener cierta facultad para captar el tiempo, la atmósfera del tiempo, el estado de ánimo de la gente, el carácter de sus preocupaciones, su actitud mental. Una educación en ciencia política, leyes, economía, historia y cultura es una ventaja inapreciable para todo político, pero sigo convencido, una y otra vez, de que no es lo más importante. Cualidades como la capacidad de lograr que los demás se sientan cómodos en nuestra compañía, la habilidad para saber conversar, el don de observación, la capacidad para comprender rápidamente no sólo los problemas sino también el carácter humano, la habilidad para establecer contacto, un sentido de la moderación, todas estas cualidades son inmensamente más importantes en política. No estoy diciendo -no lo permita Dios- que estoy dotado personalmente de estas cualidades. ¡De ningún modo!

En resumen, si tenemos el corazón bien puesto y si tenemos buen gusto, no solo tendremos éxito en la política, sino que estaremos destinados a ella. Si actuamos con modestia y no sentimos un anhelo desmedido de poder, no solo no seremos inadecuados para la política, sino que la política será nuestra actividad natural. La condición sine qua non de un político no es el talento para mentir; solo tiene que ser comprensivo y saber cuándo, a quién, qué y cómo decir lo que tiene que decir. No es cierto que una persona de principios no puede ser político; basta con que combine sus principios con paciencia, deliberación, un sentido de la proporción y una comprensión de los demás. No es verdad que solo el cínico sin sentimientos, el vanidoso, el temerario y el vulgar pueden tener éxito en política; todos estos individuos, es cierto, son atraídos a la política, pero en definitiva el decoro y el buen gusto siempre contaran más.

Mi experiencia y mis observaciones confirman que la política entendida como la práctica de la moralidad es posible.