Tribuna

Economía y Sociedad № 107
Abril - Junio 2021

“Gracias negrito”

Por Dariela Sosa, periodista y fundadora de la newsletter venezolana Soy Arepita
(Letraslibres.com, 2.3.21; Extracto)

Edinson Cavani estaba extasiado. El goleador uruguayo del Manchester United había marcado dos goles cinematográficos en una dramática final de la Premier League inglesa que estaban perdiendo frente a Southampton pero que terminaron ganándola 3 a 2. Su amigo uruguayo, Pablo Fernández, le envió felicitaciones por Instagram a las que Cavani le respondió, utilizando el sobrenombre de toda la vida de Fernández: “Gracias negrito”.

Aquí comenzaron sus problemas. Algunos en la prensa británica consideraron que las palabras de Cavani eran racialmente ofensivas, así que Cavani pidió disculpas y eliminó el comentario de Instagram. Pero ya era demasiado tarde. La Asociación Inglesa de Fútbol, a pesar de que estimó que “no había un intento del jugador de ser discriminatorio u ofensivo de ninguna manera”, lo multó en $135.000 dólares y lo suspendió por 3 meses.

Para nosotros en América Latina, esto es incomprensible. Negrito, diminutivo de “black” en inglés, suena ofensivo en inglés. Pero como lo señaló la Academia Nacional de Letras de Uruguay, no es ofensivo en español, sino un término cariñoso. Ni siquiera tiene connotación racial ya que a mucha gente de tez blanca se le llama “negrito”, como es justamente el caso de Pablo, amigo de Cavani, que tiene el pelo negro.

La Unión de Jugadores de Uruguay declaró “desgraciadamente, con esta sanción, la Asociación de Fútbol Inglesa revela su total ignorancia y desprecio por una visión multicultural del mundo”. También la CONMEBOL expresó su apoyo a Cavani. Y una viña uruguaya creó la marca “Gracias Negrito” para sus vinos premium.

Este es un caso de “Colapso del Contexto”, consistente en el inevitable malentendido que surge en las redes sociales cuando un contenido producido para una cierta audiencia llega a otra predispuesta a sentirse ofendida. Pero va más allá. El caso Cavani muestra también cómo el debate racial anglonorteamericano se globaliza a través de una ideología radical, políticamente correcta, que denuncia el recurso al contexto como una disculpa de los intolerantes raciales.

La identificación racial en América Latina es mucho más fluida que en los Estados Unidos o en Gran Bretaña. Para los británicos es muy difícil entender que acá los temas raciales dependen del contexto. Personas con el mismo color de piel y la misma apariencia física pueden identificarse de distinta forma dependiendo de dónde están, con quién están y qué hacen.

Este es mi caso. Mi apellido es Sosa porque la abuela de mi abuelo paterno adoptó este apellido de sus “dueños”. Sus padres habían sido raptados desde Angola para terminar trabajando como esclavos en un rancho en Venezuela. Donde crecí en Caracas, mi raza cambiaba constantemente, dependiendo de con quién salía o qué hacía. En el colegio fui Mel B en una coreografía de las Spice Girls que hicimos con unas amigas. Mi pelo es rizo y mi nariz ancha. Mis amigas eran todas más blancas que yo. Así que, en ese contexto, yo era negra. Más tarde, cuando hice trabajos comunitarios con niños de piel oscura, ellos me llamaban la “catira” (rubia) debido a que mi color de piel es más claro que el promedio del color de piel caribeño. Si me preguntan cuál es mi raza, respondo: depende.

En América Latina donde el cruce de razas fue la norma, tenemos un sistema de color de piel mucho más complejo que simplemente blanco o negro. Por ejemplo, en Brasil utilizan más de 130 términos para describir grados de color de piel. Utilizar categorías anglosajonas para entender la complejidad racial latina no tiene sentido.

En lugar de exportar este dogmatismo de lo políticamente correcto, los angloamericanos podrían esforzarse en comprender e importar a sus países lo positivo de la diversidad racial de América Latina y cómo nosotros manejamos nuestra compleja identidad que incluye el uso afectivo de términos raciales.