Dossier Muro de Berlín

Octubre - Diciembre 2019

Fracaso, Mito y Venganza

Por Juan de Dios Vial Larraín, Premio Nacional de Humanidades, miembro de la Academia de Ciencias del Instituto de Chile, exdecano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica y exrector de la Universidad de Chile 


(Extracto columna en La Segunda, 30.11.98)

Lo ocurrido en Chile en los años 70 fueron signos aurorales de otro gran signo que viene luego: la caída del muro de Berlín. Esta caída sepultó la ideología que alimentó a la humanidad por medio siglo. Pero cuando se abre un abismo semejante, donde queda sepultado todo lo que se cree, la herida del alma es profunda y quizá nunca se cierra. Las sombras de este dolor y de esta ausencia crecen tenebrosamente y, entre otras cosas, tejen un mito.

Justo en un momento de máxima expansión política del marxismo, es cuando éste ensaya en Chile la posibilidad de presentarse con rostro humano, es decir, de no asaltar el poder sino de agarrarlo desde la democracia y de cerrar así su tenaza sobre América Latina. Es justamente en Chile donde el marxismo deja de manifiesto su completa incapacidad de ser gobierno, su total ineptitud para conducir políticamente que no sea por la violencia que lleva en sus venas. El marxismo fracasa en Chile estruendosamente mientras domina en el mundo. Es en estas circunstancias, ante una nación postrada, económicamente al borde de la quiebra, amenazada por una guerra civil, que una enorme mayoría nacional respalda el pronunciamiento de las Fuerzas Armadas.

La tarea que éstas emprenden es extremadamente difícil. Pero hay tres cosas políticamente esenciales que Pinochet tuvo claras con excepcional lucidez.

Primero, que había desafiado y herido gravemente a un inmenso poder internacional: a la ideología que agarrotaba todas las conciencias, al poder militar, fiel a Lenin, que cubría la mayor parte del planeta; y al poder infiltrado decisivamente por la ideología dominante en todos los medios de comunicación en el mundo. Comprendió que su lucha era contra el marxismo.

Tuvo claro, enseguida, que no podía salir de ese pantano con los viejos recursos políticos y que se requería ejercer un poder que ya los antiguos romanos admitieron como institución. Esta no fue la tiranía de un hombre, sino un poder ejercido por las Fuerzas Armadas con notable eficiencia, muy principalmente para elegir a sus colaboradores. Esa eficiencia en gran parte deriva en que el poder no se ejercía en beneficio de alguien, sino como una tarea de salvación nacional emprendida por una institución a la que, dentro de nuestro ámbito, bien puede llamarse gloriosa.

Finalmente comprendió que la tarea no se improvisaba, no se negociaba y requería un largo período de ajuste en el que había que consolidar un régimen económico y una Constitución política.

Todo eso se hizo. La batalla que se dio aquí fue mínima, fundamentalmente porque en su origen el pronunciamiento contó con un respaldo total. Sus costos, siempre dolorosos, fueron bajísimos en comparación con situaciones análogas, recuérdese Rusia o España; y la propia América Latina desde Nicaragua, Guatemala, Colombia o Perú, Argentina y Uruguay, en su guerrilla interna y consiguiente represión.

Pero hubo dos errores que el gobierno militar cometió, el primero por ingenuidad y el segundo por torpeza. El primero fue ignorar la ola de la siniestra reacción del poder que había sido herido y que se alzaba más allá de sus fronteras. Este mismo poder es el que se ha mostrado ahora en todo su despecho, no sólo contra Pinochet, sino contra Chile, el pequeño y remoto país que fue quizá el primero en atreverse en contra suya. Derechos humanos va a ser el nombre fino de la venganza.

El segundo error fue el exilio, la mayor parte de las veces injusto, que incorporó a una porción importante de chilenos al odio de afuera y le obligó a vivir en ese clima en el que sufría el destierro aunque también se beneficiaba del mismo. Pero esa gente volvió al país y ha contribuido muy seriamente a la continuidad de la obra del gobierno de Pinochet.