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Tribuna

Economía y Sociedad № 96
Julio-Septiembre 2018

Filantropía confundida

Por Myron Magnet, escritor y editor de City Journal

(Forbes, 8.10.13; extracto)

Hasta mediados del siglo 20, la filantropía iba mucho más allá de regalar dinero. Se concentraba en la educación, en rescatar a las personas hacia una vida con moral y valores, en cambiar vidas. Se preocupaba por la mente y el alma, y no solo por el cuerpo. Evitaba convertir a las personas en dependientes de la caridad. La filantropía promovía transformar a las personas en auto suficientes e incorporarlas de regreso a una vida laboral y familiar normal, convertirlas de nuevo en verdaderos ciudadanos que buscan superarse continuamente.

 

En el siglo XIX, el Protectorado Católico de New York administraba un colegio internado que rescataba de la calle a huérfanos y niños abandonados. El objetivo del colegio era transformar a estos niños en hombres respetuosos de la ley y en ciudadanos útiles mediante valores basados en la fe que enfatizaban la responsabilidad y el respeto. Entre 1863 y 1938, recuperó a 100.000 niños que devolvió a la sociedad. Los cursos vocacionales y académicos que les impartían les permitieron a muchos de estos jóvenes transformarse en hábiles trabajadores y algunos incluso estudiaron en la universidad.

En la década de los 60, todo esto se desvaneció como el humo. El foco de la filantropía cambió desde lo personal a lo sistémico, y desde lo moral a lo político. Si las personas eran pobres y necesitadas, ya no se asumía que fueran víctimas de un infortunio o que necesitaran desarrollar las habilidades y cualidades morales requeridas para tener éxito por sí mismas. Ahora ellas eran víctimas de las impersonales fuerzas del capitalismo y el racismo que las condenaban al fracaso, a pesar de sus propios esfuerzos. Para ayudarlos, los filántropos debían entonces transformarse en activistas políticos y lobbistas en favor de subsidios estatales sin límites.

El New  York Times atribuía sus males al sistema económico-social que los condenaba. A comienzos de los 70, las fundaciones católicas cambiaron su orientación desde la filantropía individual a un combate en la arena de la “acción social” y de “influenciar la política pública”. Muy lejos de la visión del Protectorado Católico de 100 años antes.

Hacia los años 90, la mayoría de los norteamericanos pensaba que la forma de ayudar a los pobres que se instaló en los 60 fue un completo y trágico fracaso que condenó a millones de pobres a una vida dependiente del Estado, arrancándoles su dignidad y convirtiendo la pobreza en una herencia inter generacional. El impresionante crecimiento económico de Estados Unidos en los últimos 50 años, ha probado que los subsidios del Estado por sí solos no resuelven los problemas.

Las ideas sobre la filantropía están cambiando en una dirección mucho más sana. Podemos apreciar este cambio a través del Fondo “Doe” de New York, encabezado por George McDonald. En una época él fue un ardiente apóstol de los indigentes que vivían en la calle, predicando que lo único importante era construir para ellos casas y más casas. Pero cuando miró más de cerca el problema, entendió que la verdadera causa era su propio comportamiento, siendo  la mayoría de ellos alcohólicos o drogadictos. McDonald se convenció que era fundamental un cambio que les permitiera tomar nuevamente el control de sus vidas. Así inició un programa para dejar las drogas y el alcohol, trabajar diariamente en un programa de limpieza de calles y asistir a clases con un consejero laboral. Más de la mitad de los que atendió terminaron viviendo en sus propios departamentos y con un trabajo estable, impresionantes logros para personas que habían tocado fondo.

Nos ha tomado un largo camino de retorno a la lógica original, un camino muy costoso que dejó miles de víctimas dependientes del Estado. Pero hemos recuperado el sentido común. Podemos confiar, nuevamente, en que nuestras donaciones filantrópicas harán el bien a quienes queremos sinceramente ayudar.

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