Hijos del Modelo

Octubre - Diciembre 2019

El modelo me rescató

Por Ricardo Silva M., ingeniero comercial, Universidad Católica y Master en Economía, Universidad de Chicago

Fue en 1965. Mi madre quería cambiarme desde la Escuela Nº228 en la calle San Pablo, a estudiar 5º básico en el Liceo público Miguel Luis Amunátegui. En la entrevista le preguntaron a mi madre de dónde veníamos. “De Las Barrancas” (actual comuna de Lo Prado), le contestó. A lo que le replicaron que no recibían a niños descalzos, sin uniforme. Mi madre, sin titubear, les aseguró que yo iría bien calzado y uniformado. Así comencé mi aventura escolar. 

Las oportunidades de movilidad social abiertas por el modelo económico y social que, a partir de 1975, transformó a Chile y lo colocó en el Primer Mundo, me permitieron continuar mis estudios universitarios en la Universidad Católica y obtener un Master en Economía en la Universidad de Chicago.

Mi abuela murió joven, de pobreza. Mi padre, huérfano, vivió hasta los quince años en un hogar de menores. Allí solo aprendió a leer. Escribía con dificultad. Al salir del hogar, conoció a mi madre. Ella era costurera, hija de un maestro de la construcción, y tenía 11 hermanos de los cuales 3 murieron por enfermedades de la pobreza.

En 1969 nos trasladamos a Arica donde mi padre se desempeñó como jefe de producción en la planta de ensamblaje de televisores Bolocco. Eran los años en que Chile estaba dominado por la locura estatista. 

Importar televisores estaba prohibido porque, según las equivocadas recetas proteccionistas de la Cepal, el desarrollo sobrevendría por sustituir las importaciones con productos de la industria nacional. Para cumplir con la ley, los televisores llegaban en partes y piezas a Arica donde se rearmaban de nuevo a un altísimo costo que muy pocos chilenos podían pagar.

En Arica asistí hasta 4º medio a un Instituto Comercial donde aprendí contabilidad, derecho comercial, taquigrafía, dactilografía y técnicas de venta, pero nada de química, ni física, ni geografía. Tampoco Cálculo ni Álgebra. 

La planta de “fabricación” de televisores, finalmente, quebró. Mi padre, desempleado, junto a mi madre, regresaron a Santiago a vivir en difíciles condiciones a su casa en Quinta Normal. Fueron años duros.

En 1974 me había venido a Santiago a vivir con mi abuela en su casa de Plaza Egaña donde preparé la Prueba de Aptitud Académica. Me concentré en hacer un enorme esfuerzo para compensar las carencias del Liceo comercial y así logré ingresar a Ingeniería Comercial en la Universidad Católica.

Durante los dos primeros años en la universidad tuve que ponerme al día, especialmente en Cálculo y Álgebra, ya que la base de educación pública que tenía era muy precaria. Terminé la carrera en menos de 5 años, en 1978, e ingresé a trabajar a Odeplan y pocos meses después a la Serplac de Iquique. 

Postulé y gané la beca Presidente de la República para estudiar un Master en Economía en la Universidad de Chicago, donde estuve dos años, hasta 1982. Mi desafío era postular a una universidad difícil de entrar y a una carrera difícil de aprobar. Al aceptar la beca, el compromiso era regresar para trabajar en las políticas públicas que estaban transformando a Chile en un país de oportunidades. Así, trabajé nuevamente en Odeplan y, después, en la Superintendencia de Pensiones y en el Ministerio de Hacienda. Como me había especializado en macroeconomía, acepté asumir como Jefe de Cuentas Nacionales en el Banco Central al momento de crearse el IMACEC.

Soy un agradecido del modelo. Mis cuatro hijos han tenido mayores oportunidades en un Chile que crece con un modelo que premia el esfuerzo y el mérito y que ha rescatado de la pobreza a 7 millones de chilenos. El modelo no garantiza nada, pero te da la oportunidad de todo. Yo aproveché la oportunidad y el modelo me rescató.