Tribuna

Octubre - Diciembre 2018

El desastre de la gratuidad

Por José Luis Ibáñez, académico y empresario

Una inconsistencia fatal arrastra la reforma universitaria aprobada en el gobierno de Bachelet. La gratuidad a nivel universitario tendrá un alto costo en la calidad de la formación. Como el Estado de Chile no regala dinero sin hacer sentir su poder, al financiar a las universidades que optan por la gratuidad, él determinará las carreras necesarias y el largo de ellas, el número de alumnos, los programas de estudio, el sueldo, la cantidad y capacitación de los profesores, las instalaciones y equipos necesarios, la forma de calificar, entre otros. No puede ser de otra manera de acuerdo a la tradición estatal chilena. Es el Estado el que tiene la plata, es el Estado el que pone la música. Se trata entonces de la “estatización” de una parte sustancial de la educación universitaria chilena.

 

Se verá así en Chile un curioso engendro social: una economía ultra dinámica y exigente en manos de agentes privados, exitosa y agresiva; y, por otro lado, un gran educador universitario, el Estado. 

 

Un Estado lento, paquidérmico, insensible a las señales del mercado, que espera que los problemas exploten para reaccionar, animado por el sectarismo, preocupado más por el poder que por el servicio a los ciudadanos. Un Estado que en la educación básica y media perdió alumnos y cerró escuelas porque los padres prefieren a los vilipendiados “sostenedores” de colegios privados, generalmente profesores que despliegan sus capacidades empresariales en la educación.

 

Se podría escribir un voluminoso tratado sobre la negligencia del Estado de Chile y sus errores que caro le han costado a la sociedad chilena. Será este Estado el que no se sabe cómo, renacerá de las cenizas y, lleno de virtud, educará con profunda sapiencia y eficacia a los futuros médicos, abogados, ingenieros, economistas, administradores, constructores, agrónomos y arquitectos.

 

Esta inconsistencia entre economía libre y educación estatal se resolverá en el tiempo con el desarrollo de un sistema de educación universitaria privada financiada también por privados. Se fundará en que los profesionales bien formados recibirán un ingreso muy superior al de los profesionales del sistema estatal, formados en la mediocridad, en las huelgas estudiantiles, en “la calle”, en el “discurseo” vago, en el sectarismo, en las “movilizaciones”. Un sistema con estudiantes eternos que no sienten ninguna urgencia por ingresar al mundo del trabajo, y para quienes solo hay derechos y no deberes. Las familias que quieren lo mejor para sus hijos no tendrán donde perderse.

 

Al fin y al cabo el mercado funciona: remunera de acuerdo a la productividad. Y la diferencia en los ingresos futuros de los estudiantes les permitirá pagar a los que estudiaron en serio en sus universidades, el costo que tendrá la educación privada sin gratuidad ni subsidios estatales. En pocos años, los estudiantes recuperarán el costo de su educación universitaria.

 

Habrá profesionales de excelencia formados en la educación universitaria privada y profesionales “movilizados” de la educación universitaria estatal. A los egresados de las buenas universidades se los pelearán las empresas y el público. Sus ingresos harán irrelevantes los costos de sus estudios. Será como en tantos otros países donde los estudios universitarios gratuitos no sirven para ocupar a los graduados en la producción o prestación de servicios que requieren capacidades superiores.

 

Al fin de cuentas, la reforma universitaria será un factor más en la desintegración de la sociedad chilena. Terminará como el viejo adagio: “Quién quiere hacer el ángel hace la bestia”. Uno de los tantos terremotos sociales que Chile parece necesitar de tanto en tanto.