Tribuna

Enero - Marzo 2019

Desde Foz de Iguazú

8 -9 diciembre de 2018

Por Antonio Barchiesi, abogado, Universidad Católica de Chile

Entre los que participamos en la cumbre conservadora de Foz de Iguazu (8-9 de diciembre), organizada por Eduardo Bolsonaro, diputado electo por Sao Paulo con la primera mayoría nacional, quedó claro que el contundente triunfo de Jair Bolsonaro puede significar un punto de inflexión en la historia política de latinoamérica.

Desde ya porque la elección del nuevo presidente de Brasil selló el fracaso del “Foro de Sao Paulo”. Nacido en Brasil en 1990, con el apoyo de la dictadura comunista cubana, el Foro de Sao Paulo fue durante casi tres décadas un poderoso articulador de la izquierda en América Latina. En 1998 cosechó su primer triunfo relevante, instalando a Hugo Chávez en el gobierno de Venezuela. Le siguió el triunfo de Lula da Silva del Partido de los Trabajadores en 2002 en Brasil, luego Tabaré Vázquez del Frente Amplio en Uruguay en 2004, Evo Morales por el Movimiento al Socialismo en Bolivia en 2005, Michelle Bachelet del Partido Socialista de Chile en 2006, Rafael Correa por Alianza PAIS en Ecuador en 2006, Daniel Ortega por el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua en 2006, Fernando Lugo por la Alianza Patriótica para el Cambio en Paraguay en 2008, José Mujica por el Frente Amplio en Uruguay en 2009, Mauricio Funes del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador en 2009, Dilma Rousseff por el Partido de los Trabajadores de Brasil en 2010, Ollanta Humala por el Partido Nacionalista de Perú en 2011 y Nicolás Maduro del Partido Socialista Unido de Venezuela en 2013.

La derrota del Partido de los Trabajadores brasileño simboliza el fin de la hegemonía socialista en América Latina y el fracaso del proyecto político del Foro de Sao Paulo. El alcance de esta elección, sin embargo, no es sólo simbólico, porque la promoción del socialismo en la región requirió ingentes sumas de dinero y el gran financista de las últimas dos décadas fue Brasil, incluso utilizando a grandes empresas como Odobrecht y OAS.

La Cumbre de Iguazú también abrió un espacio de apoyo a venezolanos y cubanos desesperados por la opresión de las dictaduras socialistas que asolan a sus países, con la consecuente tragedia económica y humanitaria que las aquejan. Líderes disidentes de estos países asistieron a la Cumbre para aprender del modelo chileno y de los cambios políticos que empiezan a reemplazar al socialismo y a limpiar la corrupción. Estos grupos disidentes intentan construir, ahora con mayor ímpetu después de la Cumbre, una red de apoyo internacional que, en el momento preciso del cambio hacia la libertad, les preste el apoyo político, económico e intelectual que necesitarán. 

Se recordó en la Cumbre que el 9 de julio del 2018, 45 políticos de la izquierda chilena, encabezados por la ex presidenta Michelle Bachelet, firmaron una ardorosa carta de apoyo al ex presidente Lula -quien desde abril cumple una condena de doce años de cárcel por corrupción, condena dictaminada por los tribunales de Brasil.  La izquierda chilena se posicionó así como clara adversaria del gobierno de Bolsonaro, ademas de apoyadora de la opresora dictadura comunista en Cuba, del apocalíptico experimento socialista en Venezuela y de la vergonzosa trama de corrupción en Brasil. Una derecha chilena sin complejos debe denunciar, de manera permanente y vigorosa, a esta izquierda que ha abrazado a Fidel, a Chávez y a Lula. Mientras Chile tenga esta izquierda cavernaria seguirá muy presente en las futuras elecciones el temor ciudadano a una “Chilezuela”, temor que tanto impactó en la segunda vuelta de la elección presidencial chilena del 2017. 

La enorme convocatoria de la Cumbre Conservadora de Foz de Iguazú, a la que asistieron alrededor de 1.500 personas de todo el continente, fue ciertamente un hito notable en el nuevo rumbo de América Latina hacia la libertad.