Carta del Director

Julio - Septiembre 2019

Del Tercer al Primer Mundo

“Yo tengo un sueño” proclamó Martin Luther King en 1963 frente al Memorial a Lincoln en Washington DC. “Yo tengo un sueño de que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo: ‘Creemos que estas verdades son evidentes: que todos los hombres son creados iguales’.  Yo tengo el sueño de que mis cuatro hijos pequeños vivirán un día en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de su carácter...Y cuando esto ocurra, podremos cantar las palabras de un viejo espiritual negro: ¡Por fin somos libres! ¡Por fin somos libres!”

En Chile no tuvimos una terrible división racial como en Estados Unidos, pero sí una profunda fractura política alimentada por el drama de la miseria y exacerbada por la opción de la izquierda por la “vía armada”.

A mediados de la década del 70, algunos de nosotros también tuvimos un sueño de libertad. Soñamos que algún día nuestros hijos no vivirían en un país en que la mitad sobrevivía en la desesperación de la pobreza y la otra mitad dormía temerosa de las consecuencias de esa miseria. Sabíamos que si Chile lograba llegar a ser un país desarrollado, todos, por fin, seríamos verdaderamente libres.

En la concreción de ese sueño fue clave que ya en 1956 dos visionarios norteamericanos, Albion Patterson y Theodore Schultz, hubieran impulsado un extraordinario convenio de cooperación entre la Universidad de Chicago y la Universidad Católica de Chile, el cual había creado una masa crítica de economistas que combinaban la excelencia profesional con la confianza en los mercados libres. Y fue providencial que en 1975 el gobierno libertador le confiara a este equipo de economistas la descomunal tarea de reconstruir primero la destrozada economía y liberar después a Chile de la pobreza y el subdesarrollo.

Y nuestro sueño se cumplió. Ya en 1995, Sol Serrano, Premio Nacional de Historia, lo confirmó: “La sociedad chilena, en los últimos 20 años, ha cambiado a una velocidad desconocida respecto de sus 500 años de vida anterior. Y este gran cambio es lo más grande que ha habido en la historia”.

El modelo económico, las siete modernizaciones y el proceso de “redemocratización desde dentro” fueron tan exitosos (ver Economía y Sociedad Nº 96, julio-septiembre 2018) que el Presidente Aylwin en 1990 descartó las promesas de campaña de su coalición y mantuvo intactos los pilares de la Revolución Liberal de 1975-1989. Su ministro de Hacienda Alejandro Foxley lo reconoció así el 2000: “El gobierno de Pinochet realizó la transformación, sobre todo en la economía chilena, más importante que ha habido en este siglo. Tuvo el mérito de anticiparse al proceso de globalización que ocurrió una década después, al cual están tratando de encaramarse todos los países del mundo. Hay que reconocer su capacidad visionaria y la del equipo de economistas (...) Esa es una contribución histórica que va a perdurar por muchas décadas en Chile y que, quienes fuimos críticos de algunos aspectos de ese proceso en su momento, hoy lo reconocemos como un proceso de importancia histórica para Chile”.

Es notable también esta confesión de un intelectual de izquierda en la cual alude al sueño de su generación: “Cuando llegué a Chile, mi obsesión fue entender cómo se había transformado este país. Porque mi percepción era que la revolución que nosotros habíamos soñado, la había realizado el gobierno de Pinochet. Se había modificado muy profundamente la economía chilena, en forma irreversible; se había producido una desestatización progresiva y la gente, aunque estaba sometida a muchas más tensiones, era más libre” (Eugenio Tironi, ver Para Segunda Lectura).

Por otra parte, el académico de la prestigiosa Hoover Institution Bill Ratliff sintetizó así el rol pionero de Chile en el mundo: “El primer país del mundo en romper con el pasado, alejándose del socialismo para abrazar el libre mercado, no fue la China de Deng, el Reino Unido de Thatcher o los Estados Unidos de Reagan. Fue el Chile de Pinochet, en 1975”.

Así, es consistente con estos reconocimientos la clasificación que, basada en el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, coloca a Chile en el Primer Mundo:

Sin embargo, es evidente que existen áreas en que todavía Chile tiene características de país del Tercer Mundo, como, entre otras, la salud pública, la operación del aparato estatal y, sobre todo, la política partidista. Pues, lamentablemente, hoy ya es evidente que ocurrió lo que advertí en 1991: “Hay un nuevo Chile económico y social que está muy bien, pero hay un viejo Chile político que está muy mal. Hasta ahora esta dicotomía no se nota demasiado en la marcha del país real, pero la lógica de los acontecimientos llevará tarde o temprano a la asfixia del Chile modernizado, estrangulado por las insuficiencias de su aparato político”.

Lo comprueba el simplismo y la demagogia con la que los gobiernos y los parlamentarios enfrentan la discusión sobre cualquier política pública. Por ejemplo, en estos días es vergonzosa la falta de argumentos en el debate sobre los ajustes al sistema tributario y de pensiones (ver artículos de Daza, Restini y el compendio de “Voces por la libertad de elegir”). El principal desafío para la próxima década es, entonces, una radical modernización de la política.

Es paradojal que mientras la clase política reduce la tasa de crecimiento potencial del país con sus deficientes políticas públicas, el “shock” exógeno de los inmigrantes eleva esa tasa, como lo afirmó el Banco Central en su reciente IPoM. Así lo postuló nuestro editorial “Inmigración para el crecimiento” de 1987 (ver carta de Sergio Gutierrez Olivos en esta edición).

Economía y Sociedad celebra con esta edición la publicación de  100 números, durante 40 años, luchando y proponiendo ideas para lograr la transición del Tercer al Primer Mundo (ver el Dossier con los temas principales de cada una de las revistas).  


Cuando lanzamos la Quinta Época de la revista el 2016, cité estos versos de Lord Tennyson para trasuntar nuestro compromiso permanente con la búsqueda de un mundo mejor para todos. Reitero esta convocatoria:


Venid amigos
No es tarde
para buscar un mundo nuevo,
pues sueño con navegar
más allá del crepúsculo
y, aunque ya no tengamos
la fuerza que antaño
movió cielos y tierra,
somos lo que somos:
un mismo temple
de corazones heroicos
debilitados por el tiempo, pero
voluntariosos para luchar,
buscar y encontrar
y no rendirse.