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Octubre - Diciembre 2018

Del alcohol al café

Por Chelsea Follett, managing editor, HumanProgress.org

Ningún estimulante ha influido en la civilización humana tanto como el alcohol y el café. La naturaleza creó ambos para matar a criaturas mucho más pequeñas que nosotros. Las plantas transformaron la cafeína en un veneno para insectos depredadores y las yemas produjeron etanol para destruir a microbios.

Fiel a sus tóxicos orígenes, el alcohol mata a 3.300.000 personas cada año en Estados Unidos y es responsable del 25% de las muertes entre los 20 y 39 años. Pero las investigaciones sugieren que el alcohol permitió al homo sapiens sobrevivir. Antes que fuera posible purificar agua, el riesgo de ingerir microbios incluso mortales era tan grande que por sus cualidades antisépticas era más seguro consumir alcohol que cualquier otra bebida.

Al comienzo, los humanos obtenían alcohol de las plantas silvestres. El vino de las palmeras, popular en Asia y algunas zonas de África, se originó posiblemente en 16.000 AC. Una bebida alcohólica chilena hecha de papas silvestres data probablemente de 13.000 AC.

Los científicos creen que la necesidad de producir  alcohol incentivó los comienzos de la agricultura y de la civilización sedentaria. El arqueólogo Patrick McGovern sostiene que “la proliferación de plantaciones como el trigo obedeció al deseo de consumir mayores cantidades de bebidas alcohólicas”. Se pensaba que la humanidad cultivaba trigo para producir pan y la cerveza era un subproducto. Hoy, científicos como McGovern, piensan que fue al revés.

El alcohol ha estado con nosotros desde nuestros primeros días en la tierra, pero el uso de la cafeína es más reciente. El consumo chino de té cafeínado se remonta al menos a 3.000 AC. Pero el descubrimiento del café, con un contenido mucho más potente de cafeína, al parecer ocurrió en Yemen en el siglo XV.

Antes de la Ilustración, los europeos bebían alcohol durante todo el día. Posteriormente, a través del comercio con el mundo árabe, ocurrió la transformación: el café, rico en cafeína, un estimulante, se expandió por el continente y reemplazó al alcohol, un depresivo.

Como lo expresó el escritor Tom Standage: “el impacto de introducir el café en Europa durante el siglo diecisiete fue notorio porque las bebidas más comunes de la época, incluso al desayuno, eran la cerveza y el vino. Ambas eran más seguras que el agua, que frecuentemente estaba contaminada. El café surgió como alternativa segura a las bebidas alcohólicas. Quienes bebían café comenzaban el día alertas y estimulados, en lugar de relajados y algo confusos, y la cantidad y calidad de su trabajo mejoró. Europa occidental emergió de una embriaguez alcohólica que duró siglos”.

Rápidamente las cafeterías afloraron como un nodo social relevante, donde los caballeros debatían de política y filosofía. Adam Smith,  mientras escribía la Riqueza de las Naciones, frecuentaba las cafeterías Cockspur Street y Turk’s Head.

Después del Boston Tea Party, la crisis seminal de la independencia, muchos norteamericanos se convirtieron al café. Thomas Jefferson consideraba el café como “la bebida favorita del mundo civilizado”. En palabras de Mark Pendergrast, “la Revolución Francesa y la Revolución de la Independencia de Estados Unidos fueron planificadas en cafeterías”.

La Ilustración y la Revolución Industrial originaron una explosión de innovaciones y nuevas ideas. Aumentaron los estándares de vida de la humanidad. Surgieron nuevas formas de gobierno. Se globalizaron los ideales liberales clásicos que posibilitó que, a pesar del crecimiento de la población, haya hoy menos pobres como nunca antes en la historia.

La cafeína es el estimulante más consumido del mundo. El alcohol permitió a la humanidad sobrevivir. Pero fue el café el que nos dio la Ilustración y nos ayudó a alcanzar niveles de prosperidad nunca antes imaginados.