Dossier La batalla por Chile

Enero - Marzo 2020

Chile violentado

Por Mary O’Grady, editora de la columna “Américas” del Wall Street Journal

Este mes en Chile, terroristas de izquierda atacaron violentamente Santiago y otras ciudades a lo largo del país. Esto sucedió en una nación que ha visto caer la tasa de pobreza por debajo del 9% desde 40% en 1990. La desigualdad de ingreso también ha caído.

La insurgencia en Chile comenzó el 7 de octubre cuando unos grupos de estudiantes en Santiago se saltaron los torniquetes del Metro para manifestarse en contra del alza del costo del pasaje. Durante los días posteriores, protestas pacíficas e incidentes ilícitos se esparcieron a lo largo del país.

Es poco probable que los ojos del mundo hubiesen estado puestos en Chile si no fuera por los perpetradores de la violencia, quienes se aprovecharon del momento para causar estragos y demandar una nueva Constitución. 

Las estaciones de Metro fueron destruidas y supermercados y otras tiendas fueron saqueados y quemados. Alrededor de 18 personas murieron, la mayoría de ellas atrapadas en los incendios durante los saqueos. 

Pero la empatía no es el fuerte del presidente y, en ausencia de un equipo efectivo de comunicación, la narrativa está ahora siendo controlada por sus adversarios.

El gobierno central ya subsidia casi la mitad del costo del transporte público en Santiago. Además, el costo del pasaje para los estudiantes no subió. La comisión independiente encargada de fijar el precio del pasaje anunció un incremento de 3,75% para los pasajeros del Metro en horas punta; el costo del pasaje para aquellos que se trasladaban en horas no punta estaba siendo reducido.

Los aumentos de los pasajes no son populares. Pero la izquierda radical durante años sembró el socialismo en la mente de los chilenos a través de las escuelas secundarias, las universidades, la prensa y la política.


Incluso conforme el país se ha enriquecido mucho más que cualquiera de sus vecinos mediante la protección de la propiedad privada, la competencia y el Estado de Derecho, los chilenos están inundados de propaganda anti-capitalista. Los “millennials” que se lanzaron a las calles a promover la lucha de clases reflejan esa influencia.

La derecha chilena, en gran medida, ha abandonado su obligación de participar en la batalla de las ideas que se da en la plaza pública. Sebastián Piñera no es liberal en lo económico y no ha hecho intento alguno por defender la moralidad de los mercados. Ni siquiera ha revertido las políticas de su antecesora, la socialista Michelle Bachelet. 

A los chilenos se les está martillando un lado de la historia en la cabeza. Conforme mejora la calidad de vida, también aumentan las expectativas. Cuando la realidad se queda corta frente a ellas, el terreno está listo para ser cosechado por los socialistas.

La violencia también tiene otra causa. Atribuirle esto a la espontaneidad sería una ingenuidad. Como un agente de inteligencia en la región me dijo el viernes: “Se requiere mucho dinero para mover esta cantidad de personas e involucrarlas en este nivel de violencia”. Los aparatos explosivos que utilizaron, me dijo, eran “mucho más sofisticados que los cócteles molotov”.

Se sospecha que subversivos extranjeros jugaron un rol esencial, siendo Cuba y Venezuela los principales sospechosos. El Foro de São Paulo, un grupo de socialistas radicales creado por Fidel Castro en 1990, luego de la caída del Muro de Berlín, promueve esta radicalización.

La lista exacta de agresores no la conocemos. Pero Chile ha sido golpeado por un enemigo bien organizado que pretende derrocar al gobierno democrático. Eso es algo que debería preocupar a todas las sociedades libres de la región.

(The Wall Street Journal, 29.10.19; Extracto)