Tribuna

Mayo - Julio 2017

Chile, tres siglos de guerra

Por Gisela Silva Encina, historiadora

(Extracto, El Mercurio,  2.8.92)

Chile nació en la indigencia.  Las páginas iniciales de la historia de otros países americanos están cinceladas en el oro bruñido de los imperios indianos. La nuestra se grabó en el oro desnudo de la guerra de Arauco.

 

El país no tenía entonces más riquezas que la belleza de sus paisajes, la benignidad de su clima y la fecundidad de su suelo virgen.  Pero los indios no daban tregua.  Tendían emboscadas.  Acechaban en las tinieblas.  Hostilizaban a los colonos.  Destruían los sembrados e incendiaron la ciudad de Santiago a los seis meses de nacida.

Al año de haber llegado a su nueva patria, los españoles estaban en la miseria.  A Valdivia le dolía que esta tierra estuviera “mal infamada” por el fracaso de Almagro, y porfió tercamente contra la adversidad.  Pero, a pesar de su amor propio, tuvo que mandar a pedir socorros al Perú.  Estos tardaron dos años en llegar y mientras tanto los conquistadores pasaron hambre.  Rodrigo de Quiroga precisa que comieron “sabandijas e otras comidas muy ruines”.  Se acabó el vino y no se pudo decir más misas.  Se acabó el papel y hubo que escribir las actas del Cabildo en tiras de cuero.  Pero los perros también tenían hambre y, en un descuido, se comieron las actas de la ilustre corporación.

 

Deshechos los últimos jirones de ropa, los fundadores de Chile se vistieron con cueros de animales.  Cuando llegó, por fin, el barco con el ansiado socorro, Mariño de Lobera refiere el asombro de los tripulantes al encontrar a sus compatriotas vestidos de pieles, “que parecían salvajes o cosa semejante”.

 

La titánica voluntad de esos superhombres creó de la nada un país, en el marco épico de tres siglos de guerra.  De esos tiempos remotos arranca el nombre de “rotos” con que bautizaron en el Perú a los andrajosos y heroicos capitanes de la guerra de Arauco. Con los años se extendió la colonización.  Se fundaron fuertes y ciudades.  Se aseguró el cultivo de los campos y al menos la comida no volvió a faltar.

 

Pero con frecuencia la inverosímil energía guerrera del pueblo araucano destruía en pocos días la labor civilizadora de siglos.  Se vivía en perpetuo sobresalto.  Los indios talaban e incendiaban los campos, y se llevaban cautivas a las mujeres.  Los gobernadores requisaban dinero y ganado para hacer frente a la sublevación.  Los hijos se enrolaban en el ejército para morir combatiendo, como lo habían hecho sus padres y abuelos.

 

La vida colonial chilena era un perpetuo renacer de las cenizas.  Las ciudades eran destruidas y reconstruidas una y otra vez.  El record nacional lo ostenta Angol, que fue reconstruida siete veces sobre sus ruinas.

 

Cada nuevo gobernador, cada nuevo plan de campaña, sembraba en los corazones la ilusión de lograr al fin el término de la guerra.  Pero se agotaron los bienes y las esperanzas de muchas generaciones de chilenos, y la guerra intermitente continuaba.

 

A veces, el país exhausto parece haber perdido la voluntad de vivir.  En un memorial de la época, los vecinos de Santiago confiesan con tristeza:  “I como no nos queda osa con que sustentar los gastos de esta guerra, sino el ánima, deseamos darla a Dios de quien la recibimos”.

 

Sin embargo, el abatimiento pasa pronto y renace la voluntad de vivir y de guerrear.  Nadie aspira a la riqueza.  Se lucha para imponer la civilización.  Los codiciosos del oro indiano tuvieron que irse a otras regiones.  A Chile se venía simplemente a combatir.

 

Pero una guerra tan larga genera curiosos vínculos entre los adversarios.  La energía con que se mataron en Chile los españoles y araucanos sólo puede compararse a la admiración recíproca que ambos se tenían.  Durante siglos, de tanto vigilarse, celarse, combatirse y vivir pendientes unos de otros, españoles y araucanos se identificaron en una especie de amor sanguinario, que también resultó fecundo.  Llegaron a ser –parodiando la frase de un novelista contemporáneo- “enemigos íntimos”.

La admiración del indio por el poderío superior del soldado español era lógica.  Expresión de ella era el rito bárbaro de comerse el corazón de los prisioneros para adquirir su valor.  Igual sentido tenía la costumbre de disfrazarse con prendas de vestir pertenecientes a los vencidos.  Así se presentaban a combatir pintorescamente ataviados con enaguas, casullas, faldas o cualquier despojo de ropa encontrada en los campamentos abandonados.  Pero la expresión máxima de su admiración por el enemigo español estaba en el empeño que el araucano ponía en arrebatarle sus mujeres y en tener hijos en ellas. 

No hay ninguna estadística que nos permita saber cuántas fueron las víctimas femeninas, obligadas a abandonar la vida civilizada por la barbarie de la selva, pero su número debe haber sido importante porque se organizaron a veces expediciones especiales destinadas a rescatarlas.

En cuanto a la actitud de los españoles desde La Araucana –máximo poema épico de su literatura- hasta el más modesto memorial de cualquier soldado letrado, la presencia conquistadora de España en Chile es un himno de gloria al enemigo araucano.  En esto coinciden, entre los historiadores, desde el idílico Alonso de Ovalle hasta el áspero y malhumorado González de Nájera.

 

No hay duda que debe haber habido entre ambos enemigos una recóndita afinidad.  Ambos pertenecían a razas guerreras.  Ambos sentían la misma fe en la legitimidad de su causa.  Ambos murieron por ella sin dar ni pedir compasión.  El orgullo del español ha sido proverbial.  El epíteto de altivo que le aplica al araucano nuestra canción nacional, es también una rigurosa verdad histórica.  Sorprendidos en los balbuceos iniciales de la civilización, hicieron gala de una soberbia que asombraba a los españoles, conscientes de su aplastante superioridad cultural.  “Usan de tan arrogantes amenazas –dice el cronista González de Nájera- que acostumbran a decir que aún han de venir hasta Castilla a hacernos la guerra”.

 

Sin duda, los primeros pasos de la lucha contra el español deben haber ido acompañados de la esperanza ingenua de arrojar a los intrusos de su territorio.  Pero los araucanos eran un pueblo inteligente:  el puro coraje físico no basta para resistir tres siglos de guerra.  Y cuando comprendieron que la presencia de las huestes españolas era una realidad definitiva e irremediable, su actitud no cambió.  No conocieron el desaliento.  No se quejaron.  No se dejaron humillar por la amargura o el resentimiento.  Siguieron combatiendo con una tenacidad que encontró un eco de simpatía y de admiración en la generosidad del alma española.

 

Chile nació así, de esta extraña guerra hecha de crueldad y admiración recíprocas.

 

Por otra parte, hay un hecho bien sabido pero sobre el cual los chilenos no hemos reflexionado lo suficiente:  la guerra de Arauco costaba más caro que los beneficios que el país producía.  Los Reyes de España dispusieron entonces que, de las entradas del rico Perú se sacaran anualmente los fondos necesarios para pagar el déficit.  Y aceptaron hidalgamente la misión de civilizarnos, a pesar de que éramos un mal negocio.

 

Considerada esta situación los esquilmados colonizadores no podían quejarse de sus propias miserias.  Todos echaban sus bienes a fondo perdidos en esta dura y larga batalla que fue la fundación de Chile.

 

La leyenda negra acerca de la empresa conquistadora ha sido una larga combinación de parcialidad y mala fe, actualizada este año por el quinto centenario.  Pero la verdad es que,  si ella no calza con los hechos históricos rectamente entendidos, su versión en ninguna parte es más falsa que aplicada a la historia de Chile.

 

Los españoles no vinieron aquí a saquear riquezas inexistentes sino a ensanchar el ámbito de la civilización cristiana.  Su empeño histórico tenía que estrellarse con la resistencia del pueblo araucano.  Pero éstos no fueron las víctimas mansas y lastimeras de una explotación unilateral.  Fueron guerreros que conocían y apreciaban las leyes de la guerra, y en ella vivieron y murieron, por voluntad propia, sin dar ni pedir tregua.

 

La guerra de Arauco fue escuela secular de disciplina y de espíritu de sacrificio, contribuyó poderosamente a unificar a nuestro pueblo y a afianzar sus raíces en el suelo natal.

 

Los chilenos no hemos agradecido suficientemente a la mano de la Providencia que cruzó, en los caminos del mundo, a estas dos razas destinadas a marcar profundamente el carácter de nuestra historia.