Dossier Argentina

Octubre - Diciembre 2019

Caudillos en vez de leyes

Por Edgardo Krebs, investigador asociado de Antropología, Smithsonian Institute (Extracto, The  Washington Post, 13.1.02)

Cuando era adolescente, viajando en tren al colegio siempre me sorprendió un grafiti escrito con pintura roja en la muralla cercana a la línea del tren que decía: “Rosas vive”. Juan Manuel Rosas fue un caudillo que gobernó Argentina con mano de hierro. Pero en 1965 Rosas llevaba muerto casi un siglo. Yo pensaba que gritos de “Palmerston vive” o “el General Grant vive”, adjudicando esperanzas y aspiraciones políticas a fantasmas, serían considerados absurdos en el Reino Unido o en Estados Unidos.

Pero no en Argentina. En aquel tiempo, las murallas de Buenos Aires estaban cubiertas de inscripciones “Perón vuelve” y “Evita vence”. Esta obsesión con el pasado, con el regreso de sangrientos y fracasados dictadores y utopías, es una pesadilla que ensombrece el futuro.

“La historia es mera historia” decía Jorge Luis Borges, “pero lo que importa son los mitos: ellos determinan el tipo de historia que un país construye y repite”. Lo que ha devastado a Argentina es el fracaso de una idea cívica.

Esta idea cívica eleva a caudillos como Rosas a un sitial de hombres fuertes, todopoderosos, que conducirán al país a la gloria. Lamentablemente, a través de su historia,  Argentina ha sido gobernada por caudillos, de los cuales Juan Domingo Perón, presidente entre 1946 y 1955 y, de nuevo, entre 1973 y 1974, es el último y el más influyente en la actualidad.

Desde su nacimiento como nación independiente en 1810, dos fuerzas políticas se disputaron el poder en Argentina: los unitaristas y los federalistas. Aunque las comparaciones entre países son complicadas, los unitaristas argentinos eran similares a los federalistas norteamericanos. Como decía Borges, “Eran hombres de leyes y de libros” que querían crear una Constitución, formar una clase política profesional y organizar un gobierno central con separación de poderes ejecutivo, legislativo y judicial.


En contraste, los federalistas argentinos tenían mucho en común con los antifederalistas norteamericanos. Representados principalmente por caudillos, sospechaban de un modelo de gobierno republicano y creían más bien en la democracia directa. Rosas, un poderoso y excéntrico agricultor de Buenos Aires, fue el más astuto y exitoso de todos. Sus décadas de gobierno significaron una derrota temporal de los Madisons, los Hamiltons y los Jays de Argentina, cuyos nombres eran Echeverría, Alberdi y Sarmiento.

Como Borges ha argumentado, a comienzos del siglo XX, Argentina perdió el camino cuando eligió el mito equivocado, cuando prefirió al caudillo por encima del imperio de la ley. Las tensiones políticas del siglo XIX desataron una serie de guerras civiles que culminaron con el triunfo temporal de los unitaristas. En 1853 se aprobó una Constitución liberal, inspirada en la Constitución de los Estados Unidos. En la década de 1870, los indios de la pampa fueron derrotados. Y hacia el final del siglo XIX, Argentina se había transformado en un actor relevante de la economía mundial en su rol de exportador de productos agrícolas. Enormes cantidades de inmigrantes europeos llegaron al país.

Estos profundos cambios forzaron a las viejas elites a definir qué significaba ahora ser argentino. Ellas buscaron la respuesta en dos libros que sintetizan la experiencia de Argentina desde su independencia: el poema épico “El Gaucho Martín Fierro”, escrito en 1872 por José Hernández y “Facundo: Civilización y Barbarie” escrito en 1845 por Domingo F. Sarmiento.

Martín Fierro cuenta la historia de un gaucho que cruza la frontera para escapar de la policía después de asesinar a una persona. Fierro se establece por un tiempo entre los indios y después regresa a la civilización, pero como fugitivo.

Facundo es la biografía crítica de un caudillo con una apasionada apología del imperio de la ley y de los beneficios de la libertad y de la democracia. Sarmiento, que había recorrido extensamente Norteamérica, fue nombrado en 1862 embajador de Argentina en los Estados Unidos. Sarmiento admiraba la energía y vitalidad de los estadounidenses. Conectados por el telégrafo, por los diarios y por los trenes, los Estados Unidos evidenciaban un dinamismo y una capacidad creadora que Sarmiento deseaba para Argentina. Estando en Estados Unidos, Sarmiento se enteró de que había sido elegido presidente, cargo que ejerció con la energía de un Theodore Roosevelt, atrayendo inversionistas y científicos y aplicando un concepto de modernidad y civilidad basadas en una educación universal.

Borges, quien escribió que “Sarmiento nos soñó a todos”, reconocía en Facundo una visión que permitiría a Argentina desarrollarse y reinventarse a sí misma. En contraste, Martín Fierro era un callejón sin salida. La idea de un gaucho fugitivo, pensaba Borges, no debe ser el sustento de un mito nacional.

Pero Fierro ganó. El mito lo promovieron escritores nacionalistas que vieron en el gaucho al depositario de todas las virtudes del país: el dominio del caballo, la independencia, el valor y la lealtad con los amigos. Convirtieron a Fierro en el símbolo ideal que los caudillos adoptarían para manipular al pueblo.

Durante el siglo XX, la política argentina siguió el estilo del caudillo, el iluminado que define qué es mejor para las masas, siempre sospechoso de lo extranjero y lo cosmopolita. Argentina fue dominada por el concepto de “movimiento histórico”, expresión aplicada originalmente al Partido Radical, fundado por Hipólito Yrigoyen. Al comienzo, el radicalismo quería estimular el desarrollo de la clase media emergente constituida por inmigrantes y sus hijos. El Partido Peronista de la década de los 40 es el “movimiento histórico” que le sigue cuyo fin era empoderar a los trabajadores y a los desposeídos argentinos. Ambos movimientos son populistas. Ambos tienen la tendencia de acusar a otros de los males de Argentina. 

Lo que ocurre ahora es que el modelo de gobierno que representan, fracasó. Los efectos han sido devastadores. Perón, quien como agregado militar en Roma regresó después como un admirador de Mussolini, representa el resultado final de este mito funesto.

Después de 70 años de autoritarismo de uno y otro signo, los nietos de los inmigrantes italianos y españoles que alguna vez inundaron las costas argentinas en busca de una nueva patria, hoy esperan en fila en los consulados de sus ancestros para retornar a las tierras de sus abuelos. En estos 70 años, después de cada ciclo político fracasado, los argentinos no fueron capaces de construir una sociedad civil organizada.

Para los argentinos ha sido un amargo camino que los ha empobrecido y les ha arrebatado sus ilusiones. Lo que motiva a las mujeres argentinas a salir a la calle a protestar no es tanto la falta de dinero, sino la constatación de que se han quedado sin futuro.