Trubuna

Enero-Marzo 2018

Cato Institute:el poder de las ideas

Por George Will, ex editor de National Review y premio Pulitzer (Extracto discurso en la celebración del aniversario Nº 40 del Cato Institute,  Washington D.C., 5.5.17).

Uno de los momentos decisivos de nuestra historia intelectual sucedió en la década de los 60, de los 70 y de los 80 cuando los conservadores y los amantes de la libertad concluyeron que estaban excluidos de la industria del entretenimiento, y también crecientemente excluidos de las universidades y de la prensa, por lo que crearon una infraestructura intelectual alternativa, cuya joya de la corona se ubica en la esquina de las calles 10 y Massachusetts en Washington D.C.: el Instituto Cato.

Friedrich von Hayek y Ed Crane 

El libertarianismo significa que el gobierno debe tener una muy buena y muy potente razón para interferir con la libertad individual de una persona, o con la libertad de dos personas para contraer derechos y deberes entre ellas para satisfacer objetivos comunes. Esta no es la “limpia y bien iluminada prisión de una idea” que Chesterton criticaba. Este es, simplemente, el corazón del proyecto norteamericano.

 

Nunca, jamás, el Instituto Cato ha sido más necesario. La Declaración de Independencia contiene muchas palabras iluminadoras, la más importante de las cuales es “asegurar”. “Que todos los hombres son creados iguales, que ellos están dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad, que para asegurar estos derechos, los gobiernos son instituidos entre los hombres…” Primero son los derechos, después los gobiernos.

 

Por ello es que el primer presidente “progresista”, Woodrow Wilson, llamó a los norteamericanos a no leer esos dos primeros párrafos de la Declaración de Independencia porque eran “trivialidades de un 4 de julio”.

Hoy, el Instituto Cato es un símbolo del compromiso de los norteamericanos con estas palabras de libertad que fundaron nuestra nación, y es hoy más necesario que nunca. Los principios básicos de la libertad son morales: estos derechos son naturales para personas de nuestra naturaleza. Pero estos principios no son solo morales, son urgentemente necesarios. Porque a menos que tengamos una sociedad abierta, libre y con movilidad social, nos exponemos en cambio a la más amarga política redistributiva estatal imaginable.

 

Si continuamos creciendo al 2% o menos, generaremos una cultura cívica irreconocible con los valores de la libertad. El único camino para un crecimiento económico acelerado es liberar a nuestro país de la mano muerta del Estado que limita las aptitudes naturales de nuestro pueblo para crear riqueza.

Como sonámbulos nos encaminamos hacia la crisis más predecible de nuestra historia. En la medida que la actual generación jubila y el “Estado de Derechos Sociales” se convierte en cada día más opresivo, el instinto natural del gobierno será incrementar el peso del Estado por medio de aumentar los impuestos y ahogar así la libertad.

El problema es que este “Estado de Derechos Sociales” existe para subsidiar dos cosas que no existían en 1935, cuando, con el sistema estatal de seguridad social, comenzamos a construir un Estado de Bienestar. Las dos cosas que no existían entonces eran la jubilación estatal y la medicina eficiente.

 

Cuando se implantó el sistema de reparto de la seguridad social, la edad de jubilación se fijó a los 65 años, mientras en ese momento la expectativa de vida de un hombre norteamericano era 65. Pero el promedio de tiempo en jubilación se ha expandido a casi 20 años. La seguridad social nunca se diseñó para este escenario.

 

El problema es que el gobierno sabe manejar la mecánica de la seguridad social: identificar a los beneficiarios y enviarles un cheque. Pero crear incentivos correctos para el comportamiento humano está muy lejos de sus competencias.

En 1924 el presidente Calvin Coolidge vivía en la Casa Blanca cuando su hijo jugaba tenis, descalzo. Su pie se infectó y murió en la Casa Blanca porque la medicina, aún para presidentes, era muy incompetente. Pero la medicina tuvo un cambio profundo entre 1900 y la actualidad. Antes derrotó las enfermedades infecciosas en gente de todas las edades. Ahora trata enfermedades crónicas complejas de gente mayor. En 1900, el 37% de todas las muertes se debía a enfermedades infecciosas. Esta tasa cayó a solo 2% hoy. Mientras en 1900 solo el 18% de las muertes ocurría en personas sobre 65 años, hoy es el 75%.   

Recientemente, el Congreso de los Estados Unidos, esta vez bajo control Republicano, aprobó una ley de atención de salud que nadie leyó, que la oficina de presupuesto del Congreso no revisó y que fue debatida por un gran total de 3 horas. A esto nos arriesgamos cuando vivimos en una sociedad que está crecientemente centrada en el Estado.


El peligro es que mientras más interferimos con el orden voluntario y espontáneo de una sociedad libre, y de un orden mundial libre, más descendemos a un mundo de bajo crecimiento económico. Y mientras más nos           encerramos en este mundo de bajo crecimiento, más nos enfrentamos a sus graves consecuencias.

El Instituto Cato es ahora más que nunca importante porque -seamos claros aquí- ningún partido político hoy está comprometido claramente con la libertad, con la creencia de que solo la creatividad, al proveer el dinamismo económico, nos permitirá cumplir las promesas que nos hemos hecho a nosotros mismos, sin tener que caer en la amarga política redistributiva estatal que nos ahoga.