Bush y el modelo chileno
Por José Piñera, Distinguished Senior Fellow, Cato Institute
Mi encuentro con George W. Bush tuvo su origen en Elba, la isla que sirvió de exilio a Napoleón Bonaparte. Me encontraba en un crucero por la costa italiana, invitado por Harlan Crow, presidente y director ejecutivo de Crow Holdings.
Había conocido a Harlan a través de su padre, el legendario empresario inmobiliario texano Trammell Crow. Ocurrió en 1995, con ocasión de una conferencia sobre el modelo chileno de pensiones basada en cuentas individuales, dictada ante un auditorio de economistas y empresarios en el Banco de la Reserva Federal de Dallas. Al término de la exposición, Trammell se me acercó con evidente entusiasmo y me invitó a hospedar en su casa durante mi estadía en Dallas, donde tuve la oportunidad de conocer a su familia. Con Harlan forjamos desde entonces una amistad, unida tanto por su genuino interés en las políticas públicas como por su sobresaliente trayectoria empresarial.
Al enterarse de mis frecuentes viajes por Europa, Harlan me invitó a un crucero en junio de 1997 junto a varios de sus amigos. Gran parte del tiempo lo dedicamos a contemplar los paisajes y a conversar sobre la historia y la cultura italianas. Una noche, sin embargo, Harlan me pidió que expusiera la experiencia chilena en materia de reforma previsional y su contraste con el sistema tradicional de Seguridad Social. Entre los asistentes se encontraba el empresario texano Gerald Haddock, quien manifestó particular interés en el tema. Al día siguiente, mientras tomábamos café en Elba, me sugirió que conociera a uno de sus amigos más cercanos: el entonces gobernador de Texas, George W. Bush. Ambos habían estado vinculados al equipo de béisbol Texas Rangers, y Haddock estimaba que el gobernador compartiría su interés por la reforma.
Supuse que aquel encuentro se concretaría en alguno de mis viajes posteriores a Estados Unidos. Sin embargo, poco después de regresar a Chile recibí un correo electrónico de Gerald informándome que el gobernador Bush deseaba reunirse a la brevedad y que me invitaba a cenar en su residencia el 11 de septiembre de 1997. La noche anterior viajé cinco mil millas desde Santiago hasta Austin. Durante la cena conversamos sobre la historia de Texas, y le expresé mi profunda admiración por los Padres Fundadores de los Estados Unidos.
Tras la cena nos retiramos a su estudio. El gobernador me comentó que, si bien podía informarse mediante documentos y reportes, prefería conocer de primera fuente la historia de la reforma y sus detalles concretos. Mantuvimos una conversación intensa y prolongada. Al finalizar, le señalé: “Señor gobernador, si usted implementa cuentas personales, creará una sociedad de propietarios; transformará la dinámica misma del país al convertir a cada trabajador en un pequeño capitalista a través de su ahorro para la vejez”.
El encuentro se extendió por dos horas. Al despedirnos, me dijo: “José, me gusta lo que han hecho. La reforma de la Seguridad Social es el asunto interno más importante que enfrenta Estados Unidos en el siglo XXI”.
Bush fue reelegido gobernador más tarde ese mismo año. En su campaña presidencial de 2000, su sitio web sostenía: “La modernización debe incluir cuentas de jubilación personales, voluntarias y administradas individualmente, que complementen la red de seguridad de la Seguridad Social. Estas cuentas ofrecerán mayores tasas de retorno, estarán sujetas a estrictos estándares de seguridad y solidez, y permitirán a los trabajadores acumular patrimonio transferible a sus hijos”.
Las cuentas personales también fueron incorporadas a la plataforma del Partido Republicano en 2000: “Las cuentas de ahorro individuales deben constituir la piedra angular de la reestructuración. Cada trabajador debe tener la libertad de destinar una parte de sus cotizaciones sobre las remuneraciones a inversiones personales para su jubilación”.
Lamentablemente, los atentados del 11 de septiembre de 2001 alteraron de manera decisiva las prioridades del primer mandato del presidente Bush. Desde entonces, el eje de su administración se concentró en la lucha contra el terrorismo y en la conducción de dos guerras en el exterior: Afganistán e Irak.
En un contexto político distinto, y sin los superávits fiscales heredados de la administración Clinton, el presidente Bush decidió, tras su reelección en noviembre de 2004, impulsar una reforma sustantiva de la Seguridad Social. En su discurso sobre el Estado de la Unión de 2005 dedicó casi una cuarta parte de su intervención a destacar los beneficios de las cuentas individuales y las virtudes de una sociedad de propietarios. Señaló:
“A medida que corregimos la Seguridad Social, tenemos también la responsabilidad de hacer que el sistema sea más justo para los trabajadores jóvenes. Y la mejor manera de lograrlo es mediante cuentas de jubilación personales y voluntarias. Así funcionaría la propuesta:
Actualmente, una proporción fija de sus ingresos se descuenta de su salario para financiar las pensiones de los jubilados actuales.
Si usted es un trabajador joven, debería poder destinar una parte de esos recursos a una cuenta propia de jubilación, con el fin de constituir un ahorro para su futuro. He aquí por qué las cuentas personales representan una mejor alternativa:
Con el tiempo, su dinero crecerá a una tasa superior a la que puede ofrecer el sistema actual.
Su cuenta proporcionará ingresos adicionales en la jubilación, por encima del beneficio tradicional de la Seguridad Social. Además, podrá legar a sus hijos o nietos los fondos acumulados. Y, sobre todo, el dinero será suyo; el gobierno no podrá apropiárselo.
El objetivo es fortalecer la seguridad en la jubilación. Por ello estableceremos normas estrictas para las cuentas personales:
Garantizaremos que los fondos solo puedan invertirse en una combinación prudente de bonos y fondos accionarios.
Velaremos porque las ganancias no se vean erosionadas por comisiones ocultas.
Aseguraremos mecanismos que protejan las inversiones frente a fluctuaciones bruscas del mercado en los años previos al retiro.
Dispondremos que los fondos no puedan retirarse de una sola vez, sino que se paguen gradualmente como complemento de los beneficios tradicionales.
Y garantizaremos la responsabilidad fiscal del plan, introduciendo las cuentas de manera gradual y elevando progresivamente los límites de contribución, hasta permitir que todos los trabajadores puedan destinar hasta cuatro puntos porcentuales de sus cotizaciones a cuentas personales”.
Pese a ello, los congresistas del Partido Demócrata optaron por atacar la propuesta de cuentas individuales. En vez de formular objeciones de fondo, recurrieron a la descalificación y la presentaron como un supuesto atentado contra los más pobres. Sin embargo, las cuentas personales precisamente fortalecen a los trabajadores de menores ingresos, al permitir que, si no alcanzan a disfrutar plenamente de sus beneficios previsionales, el ahorro acumulado pase a sus herederos. Esta dimensión resulta especialmente relevante para los afroamericanos, cuya esperanza de vida es inferior a la de los blancos, lo que implica que, bajo el sistema tradicional, las cotizaciones efectuadas a lo largo de su vida no generan un patrimonio heredable, sino que se diluyen en el esquema estatal.
Hubo, con todo, excepciones dignas de mención. Dos senadores demócratas de reconocida solvencia intelectual apoyaron las cuentas privadas: Bob Kerrey, de Nebraska, y Daniel Patrick Moynihan, de Nueva York.
Un ejemplo ilustrativo del clima obstruccionista fue el editorial del New York Times del 29 de marzo de 1998, titulado “Wrong Way on Social Security”, que criticó al senador Moynihan en los siguientes términos:
“Las propuestas de ultraconservadores para erosionar un programa gubernamental gigantesco como la Seguridad Social no sorprenden a nadie. Pero cuando un moderado influyente como el senador Daniel Patrick Moynihan propone desviar los impuestos de la Seguridad Social hacia cuentas privadas, una idea defectuosa adquiere un respaldo inquietante… Al insistir en la falsa noción de que las cuentas privadas son muy superiores a las públicas, el señor Moynihan corre el riesgo de desencadenar un proceso político que alimentaría el objetivo conservador de reemplazar prácticamente todo el programa público por ahorro privado”.
En definitiva, el Partido Demócrata no logró anteponer el interés nacional a la lógica partidista y terminó por bloquear una reforma que el presidente Bush consideraba fundamental para el futuro del país.