Tribuna

Abril-Junio 2018

Boom agrícola, hijo del modelo

Por Carlos Gómez, profesor universitario y consultor de empresas

El 7 de enero de 1974 el gobierno promulgó el Decreto Ley 261 cuyo artículo único derogó “todas las disposiciones en el DFL Nº 1 de 1967 que impongan prohibiciones para plantar, en cualquier zona o región del país, viñas para vinificar o de uva de mesa”. A partir de ese momento, y en un contexto de retorno al respeto de la propiedad privada y de inicio del modelo de libre mercado, los empresarios invirtieron en viñas desde el valle del Elqui hasta el Estrecho de Magallanes elevando las exportaciones de vino desde $ 5 millones de dólares, a comienzos de los años 80, a $2.100 millones de dólares en 2017. Chile es hoy el cuarto exportador de vino del  mundo, después de Francia, España e Italia.

Además del vino, la inversión privada convirtió a la industria alimenticia chilena en la segunda actividad exportadora del país después del cobre. Mientras en 1980 Chile exportó $540 millones de dólares en productos alimenticios como frutas, vinos, alimentos procesados, salmones, carnes y lácteos, en 2017 exportó $17.000 millones de dólares, transformando a Chile en una potencia alimentaria mundial que abastece a 190 países del mundo. Las exportaciones de alimentos representan el 25% de las exportaciones totales y la producción de alimentos contribuye con el 14% del PIB.

Chile es el exportador más grande del mundo de uvas de mesa, cerezas, arándanos, ciruelas, pescados ahumados, salmones y truchas congeladas. Y en 90 categorías de alimentos, se ubica entre los 10 países con mayores exportaciones a nivel global.

Junto a California, al sur de Europa, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelandia, Chile nació con la ventaja comparativa de un clima mediterráneo para producir alimentos. Adicionalmente, la cordillera y el mar que lo rodean se han transformado en barreras fito y zoo sanitarias naturales, ideales para exportar alimentos. También, la contraestación respecto del hemisferio norte, que es el consumidor más grande del mundo liderado por Estados Unidos y China, es una ventaja extraordinaria para la exportación en las épocas de baja producción en ese hemisferio.


A estas ventajas comparativas naturales se suma la erradicación de enfermedades de alto impacto económico como la fiebre aftosa, la peste porcina clásica y el control de plagas.

Pero ninguna de estas ventajas comparativas potenciales habría convertido a Chile en potencia alimentaria sin el modelo de libertad económica que se implantó en Chile a partir de 1975. La apertura al exterior del país que rebajó los aranceles, la derrota de la inflación, el plan laboral que multiplicó las opciones de empleo, la introducción del ahorro previsional mediante la capitalización individual que potenció al mercado de capitales, la consolidación de los derechos de propiedad en la agricultura y la liberalización de la economía chilena, asfixiada y paralizada hasta 1973 por el fracasado paradigma socialista, fueron los pilares que permitieron el notable desarrollo de la agricultura y la agroindustria.

En 1980, Chile exportaba alimentos procesados por solo $ 40 millones de dólares. Hoy, exporta $4.000 millones de dólares, 100 veces más, entre productos deshidratados, conservas, congelados y jugos. Destacan las nueces y pasas en que Chile es el tercer exportador del mundo.

Las exportaciones de fruta crecieron a un 12% anual, de $500 millones de dólares en 1988 a $4.700 millones de dólares en 2017. La producción de fruta transformó la agricultura chilena, promovió el establecimiento de packings procesadores y desarrolló una compleja y sofisticada cadena logística, de transporte y de infraestructura de caminos y puertos, que superaron exitosamente las barreras de la distancia y el aislamiento geográfico.  

Además de la uva de mesa de la cual se exportan $1.200 millones de dólares y de arándanos de los que se exportan $450 millones de dólares, las cerezas son una fruta emergente cuyas exportaciones en 2017 bordearon los $1.000 millones de dólares y aún tiene espacio para crecer, principalmente por la demanda de China.

A partir de la década de los 80, empresarios chilenos asumieron el riesgo de desarrollar la nueva industria del salmón. Hoy, con 800.000 toneladas anuales y exportaciones por $4.500 millones de dólares a 70 países, Chile se transformó en el segundo exportador de salmón del mundo después de Noruega. El principal producto exportado es el salmón Atlántico con $3.300 millones de dólares.

El sector privado invierte en una industria de alto riesgo como la salmonera, aprovechando las ventajas comparativas que tiene Chile: la disponibilidad de sitios protegidos de agua dulce y de mar; aguas libres de contaminación por su lejanía a centros industriales y poblados; menores costos de producción por las temperaturas del agua más templadas y mejor luminosidad del agua en el invierno; el menor costo de alimentación de los salmones por la amplia disponibilidad de harina de pescado y la abundancia de lagos aptos para el cultivo. Otras ventajas desarrolladas han sido la amplia disponibilidad de capital humano calificado, los estrictos controles de calidad y la disponibilidad de un mercado de capitales desarrollado que permitió a las empresas salmoneras financiar su expansión por todo el sur de Chile.

En esta nueva etapa de crecimiento de la industria exportadora de alimentos, destaca la necesidad de aumentar la productividad. La expansión del uso de tecnología es crucial. La Internet of Plants, utilizando inteligencia artificial, permite medir en tiempo real múltiples datos clave de clima, suelo, planta e irrigación que en los próximos años podrían duplicar la producción de alimentos por hectárea. Además, permite optimizar el uso de agua escasa y de energía, reduciendo los costos de producción por hectárea.

También se están desarrollando nuevas variedades de frutas y alimentos utilizando el mejoramiento genético de las plantaciones lo que, además de incrementar el calibre de las frutas y otros productos,  aumenta el  rendimiento por hectárea.

Los alimentos procesados representan un 22% de las exportaciones de alimentos. Como estos crecen a un 13% anual, tasa superior al promedio del resto de los alimentos, se espera que su participación en el total de exportaciones se incremente en el futuro.

Después de Estados Unidos, que exporta $150.000 milones de dólares en alimentos, Holanda es el segundo exportador mundial con $95.000 millones de dólares. Además de sus ventajas naturales, Chile tiene 10 veces más superficie cultivable que Holanda.   

Si las exportaciones de alimentos continúan creciendo a una tasa de 10% anual, en los próximos 7 años se duplicarán y alcanzarán los $34.000 millones de dólares. De este modo, Chile se ubicará entre los países top 10 exportadores de alimentos del mundo y consolidará su posición de potencia alimentaria mundial.