Dossier Muro de Berlín

Octubre - Diciembre 2019

Berlín, fábrica de conversos

Una mañana de 1982 estaba con mis propias manos tocando el muro que separaba dos ciudades con el mismo nombre. Yo, un joven sudamericano que venía en peregrinación a la vieja Europa a rendir culto a los dioses de mi adolescencia, estaba frente a ese muro que todos creíamos sólido, indestructible. Cierro los ojos: tengo 21 años, todavía creo en Marx y estoy tocando el muro de los muros. Hace frío, es un día gris y yo cruzo a Berlín del Este. Mi corazón tiembla en la mochila. Voy a llegar a Utopía, voy a caminar por las calles de un Este mítico y llevo el libro de Lenin “¿Qué hacer?” -como buen y obediente militante de izquierda que era- en el morral de joven con la cabeza llena de pájaros y consignas y sueños.

Pero al otro lado no me encontraré con mis dioses, sino con las estatuas de ellos apuntando con sus dedos a un horizonte de edificios grises y monótonos, en un país donde la tristeza había terminado por devastar lo poco que quedaba ahí de vida. Un país para policías y delatores y muertos en vida. Vago por calles iguales, igualitarias, vacías, y me cruzo con fantasmas, con miradas idas. Un vacío se instala en mi pecho, una angustia que todavía no tiene nombre, una duda que empieza a carcomer mis amadas consignas por dentro. Soy un joven sudamericano vagando por el infierno de otros, que se suponía debía ser nuestro paraíso, el paraíso del hombre sobre la tierra.

¿Alguien sabe lo que es perder la fe de golpe, alguien ha visto saltar por el aire, hecho trizas, al dios de su infancia? 

Cristián Warnken, profesor de literatura y poeta (Extracto, El Mercurio, 12.11.09)

Como miembro de una célula mirista, nuestro bautismo de fuego fue el 1º de mayo de 1978. Organizamos la primera manifestación del campus Oriente de la UC. Un año después ya estaba preso en la Penitenciaría, junto a mis compañeros que habían sido detenidos por porte de armas y enfrentamientos con la policía. Mi madre, muy preocupada, me ayudó a salir del país en 1981. Ese invierno viajé a dedo desde París a Berlín occidental y me alojé en el barrio del metro Postdamer Strase. Al día siguiente crucé el muro. Fue una desilusión inmensa. El contraste era brutal. 

No se trataba solamente que la Alemania occidental era próspera, y la comunista, pobre, sino que se respiraba un ambiente espiritual de falta de libertad, esa sensación de ahogo cuando todo está controlado por el Estado. A cada instante me detenía la policía para pedirme mis documentos, o simplemente para robarme los pocos marcos que tenía para comprar algo de comer. Los supermercados vacíos y las librerías repletas de literatura marxista. Las casas todavía con las marcas de las balas del asalto a Berlín al final de la segunda guerra mundial. Berlín Oriental era para llorar a gritos. Hasta el pasto estaba triste.

El muro de Berlín me convirtió. Abandoné el marxismo. Pero di el paso completo. Abracé la libertad.

Felipe Izquierdo Berman, emprendedor

(Extracto, Economía y Sociedad Nº 96, Julio - Septiembre 2018)