Tribuna

Abril-Junio 2018

Barry Goldwater

Por Lee Edwards, senior fellow Heritage Foundation

Un hombre, más que ningún otro, encendió la revolución a favor de la libertad que cambió el curso de la política norteamericana. Su nombre es Barry Goldwater, el menos probable de los revolucionarios.

 

Nieto de un vendedor ambulante judío que se convirtió en millonario, no terminó la universidad. Pero en 1960 escribió el libro “The Conscience of a Conservative” que vendió más de 3,5 millones de ejemplares y fue lectura obligatoria en cursos de Harvard; un hombre que nunca fumó un cigarrillo o tomó una taza de café, pero mantenía una botella de Old Crow en su oficina del Senado para tomar whiskey después de las cinco de la tarde; un audaz piloto que en la Segunda Guerra Mundial voló por encima de los Himalayas, entre India y China, en misiones de reabastecimiento en más de 170 tipos de aviones diferentes.

Fue un hombre de contradicciones, profano y profundo, impulsivo y terco. Le deleitaba desafiar lo establecido, pero siempre su guía fue la Constitución de los Estados Unidos. Denunciado como reaccionario, demostró que sus ideas libertarias eran avanzadas para su tiempo.

Goldwater propuso terminar el extenso y oneroso programa de subsidios a la agricultura. Treinta y seis años después, el Congreso, finalmente, aprobó la ley que eliminó esos subsidios.
   
En su libro sostiene que “el gobierno tiene derecho a recibir de los ingresos de cada uno un porcentaje igual para todos, y no más”. Hoy, esta idea de un “flat tax” o impuesto parejo ya se aplica en muchos países del mundo.

En 1964, mientras estaba en su campaña presidencial en New Hampshire, planteó que las personas fueran libres para tener cuentas privadas de pensiones o contribuyeran a la Seguridad Social estatal. Hoy, incluso miembros del Partido Demócrata reconocen que al menos una parte del sistema de pensiones debería ser privado.


Anticomunista profundo, propuso una estrategia diseñada para ganar la Guerra Fría. Dos décadas después, el presidente Reagan inició una nueva política hacia la Unión Soviética, basada en la fortaleza bélica de Estados Unidos, que permitió terminar con la Guerra Fría sin disparar un solo tiro.

Barry Goldwater se opuso decididamente al Estado gigante de nuestros tiempos. Fue el campeón de los emprendedores que asumen riesgos, aquellos que solo quieren la oportunidad para llegar tan lejos como sus talentos y ambiciones les permiten. Y siempre combatió las regulaciones económicas que amenazaban la libertad y la responsabilidad individuales.

El historiador político Theodore White escribió que “en la historia norteamericana ha ocurrido, una y otra vez, que quien pierde la elección presidencial contribuye a instalar el contenido del debate político casi tanto como quien la ganó”. Goldwater fue ese tipo de candidato presidencial. Su candidatura fue esencial para desarrollar la política moderna a favor de la libertad en Estados Unidos.

Sin Goldwater en 1964, el Partido Republicano no hubiera alcanzado la victoria en los estados del Sur, ni habría obtenido mayoría en el Congreso. Sin el candidato Goldwater, no hubiera habido un presidente Reagan.

Barry Goldwater inspiró a más personas, especialmente a más jóvenes, a participar en política que ningún otro candidato en la historia política moderna. Hoy, esos ya no tan jóvenes libertarios están en el Congreso, son jefes de campaña, editan revistas y dirigen centros de pensamiento.

Fue el primer candidato presidencial que colocó a las ideas en el corazón de su campaña. No fue tanto el candidato de un partido político, sino la encarnación de un movimiento político sin precedentes.
Su candidatura marcó el comienzo de un profundo cambio en la sociedad norteamericana que alteró en forma permanente la política norteamericana.