Tribuna

Economía y Sociedad № 107
Abril - Junio 2021

Alexander von Humboldt

Por Gabriela Schwarzhaupt,  historiadora (Revista Academia Nº 10, 1984; Extracto)

(Nota EyS:  La historiadora británica Andrea Wulf publicó en 2020 una extraordinaria biografía de Alexander von Humboldt titulada “La invención de la Naturaleza”. En ella, Wulf aborda su predicción respecto del cambio climático inducido por el hombre, sus impresionantes viajes a las más altas montañas de América del Sur y sus vinculaciones con personalidades como Tomás Jefferson y Simón Bolívar, entre muchos aspectos de la intensa y fecunda vida de Humboldt).

Alexander von Humboldt en su biblioteca.
Eduard Hildebrant, Cromolitografía en color, años 1850

En 1859 muere en Berlín Alexander von Humboldt a la edad de 89 años. Con él muere uno de los más grandes naturalistas universales, a quien con razón se le llamó “el descubridor científico del Nuevo Mundo”.

 

¿Cómo llegó a Sudamérica y qué fue lo que más lo atrajo en nuestro continente? Después de obtener el permiso del rey de España Carlos IV para realizar exploraciones en sus colonias de América, se embarca Humboldt en 1799 en compañía de su inseparable amigo, el médico y naturalista francés Aimé Bonpland. Llegan a Cumaná, Venezuela, el 16 de julio. Humboldt queda maravillado del esplendor de la naturaleza, de los colores de los pájaros, peces e incluso cangrejos de los ríos y le escribe a su hermano Guillermo después de algunos meses, que el mundo tropical era su elemento y que nunca había estado tan ininterrumpidamente sano como en el último tiempo. Ni la terrible fiebre amarilla le había afectado.

 

Durante dieciocho meses Humboldt y Bonpland permanecen en Venezuela dedicados al estudio de Los Llanos para explorar en seguida los sistemas hidrográficos del río Orinoco y del río Negro, afluente este último del Amazonas.  Junto a cuatro indios se embarcan en una piragua hacia las fuentes del Orinoco. Humboldt mide, por medio de observaciones astronómicas o, a falta de ellas, con la ayuda de la brújula, la sinuosidad de estos ríos, especifica centenares de especies de plantas y establece la longitud y latitud de innumerables localidades.

 

De vuelta a la costa, en 1800, los viajeros se embarcan a Cuba para clasificar la gran colección de plantas, ilustraciones propias y piedras y despacharlas en seguida a Europa, remesa que se pierde debido al naufragio del barco que las transporta.  

 

Un año después emprenden la exploración de Colombia que en aquel entonces, junto al Ecuador, pertenecía al Virreynato de Nueva Granada. La finalidad de la estadía de Humboldt en Bogotá, capital del Virreynato, fue reunirse con don José Celestino Mutis, el botánico más importante que Iberoamérica haya tenido hasta entonces y al que con razón se le llamaba el Linneo de Sudamérica. Se produce un riquísimo intercambio de ideas entre estos dos sabios y, al seguir viaje, Mutis los abruma con su bondad y los provee de tal cantidad de víveres que apenas se podían cargar sobre tres robustas mulas. Por el río Magdalena se dirigen hacia Popayán y después, explorando las cordilleras Oriental y Occidental de los Andes, llegan a Quito.  

 

Quito tenía en ese entonces 35.000 habitantes y era más hermosa y opulenta que Bogotá, la capital. Ya que muchas familias de la aristocracia hispano-criolla tenían aquí sus lujosas residencias, es comprensible que el Barón prusiano fuera aceptado en forma muy hospitalaria, destacándose en ese sentido el Duque de Selvalegre. Este puso a disposición de los dos viajeros una casa entera provista de todas las comodidades.

Un hito durante la actividad de Humboldt en la altiplanicie volcánica de los Andes marca el intento de ascender a la cumbre del volcán Chimborazo. Se tenía entonces al Chimborazo como la montaña más alta del mundo (6.300 m) y, a pesar de que por un repentino cambio de tiempo solo pudo ascender hasta los 5.881 m.,  Humboldt con esta hazaña se hace merecedor del récord mundial de escalamiento. Hay que considerar que en aquella época no se conocían las máscaras de oxígeno, ni los gramones ni otros implementos  modernos que se usan en la alta montaña. Anteriormente él y Bonpland ya habían escalado el volcán  Pichincha y otros cercanos.

En el Páramo de Assuay en la serranía de Cuenca se encuentran con el camino imperial de los incas. Descendiendo por la fértil meseta de Cajamarca -ciudad residencial de Atahualpa- ve las ruinas del palacio del Inca Tupac Yupanqui y admira su refinado gusto que resalta por todas partes, especialmente en el “billar del inca” y “los baños” de este.

El último retrato de Alexander von Humboldt a los pies del Chimborazo. Julius Schrader, óleo sobre tela, 1859

En octubre de 1802 llegan Humboldt y Bonpland a Lima. Aquí el sabio tiene la oportunidad de establecer exactamente la longitud y latitud del Callao, puerto de Lima, gracias a una afortunada coincidencia que le permite observar la trayectoria del planeta Mercurio. Durante su estadía en ese puerto le llama la atención el guano con sus propiedades fertilizantes. Manda una muestra de este producto a Europa, revelando con ello una visión de sus posibilidades de explotación futuras que no fue compartida por ninguno de sus contemporáneos. En diciembre del mismo año los dos visitantes se embarcan para Acapulco. Ya con anterioridad a Humboldt se sabía del curso de la corriente fría que baña las costas de Chile y del Perú, pero Humboldt fue el primero en descubrirla para la ciencia haciendo mediciones exactas de la temperatura y del curso de sus aguas.

Humboldt pasa el último año en México acopiando datos sobre los aspectos geológicos, sociales, lingüísticos, religiosos y mitológicos de las civilizaciones en los países que recorre. Termina su expedición con una breve estancia en Estados Unidos, donde visita al presidente Thomas Jefferson. Regresa a Francia en 1804.

A su llegada a  París los franceses le brindan una recepción solo comparable al regreso de algún astronauta visitante de la luna en nuestros días. Humboldt elige París como sede para escribir y  publicar sus obras que sumarían más de 30 volúmenes. Solo  París en ese entonces estaba en condiciones de presentar al erudito tesoros insuperables en libros y documentos. Ahí se encontraban los tipógrafos y grabadores capaces de realizar el trabajo gigantesco con que Humboldt los abrumó al encargarles imprimir su viaje por América con el sinnúmero de mapas y dibujos de plantas y animales. Alternaba Humboldt con los más grandes científicos de la época, repartiéndose un modesto departamento con Gay-Lussac y entablando una gran amistad con Francois Arago, un astrónomo genial quince años menor que él.

En alguno de los predilectos salones políticos y literarios que constituían entonces el punto de encuentro de las personalidades intelectuales de París, Humboldt conoció al joven Bolívar, quien entonces tenía veintiún años. Hablaba con apasionado entusiasmo acerca de la futura grandeza e importancia de los países sudamericanos. Humboldt no sospechaba aún que este joven, algo inmaduro y soñador, se convertiría algún día en el libertador de aquellos países que él había visitado recientemente. Corría recién el año 1804, pero no hay duda alguna de que el encuentro entre ambos tuvo enorme importancia para Bolívar y sus planes, ya que Hispanoamérica, su patria, se vio confirmada en su valor y en la conciencia de sí misma a través de la obra y la palabra del sabio alemán. Profundamente admiraba Bolívar la erudición de Humboldt, pero el aprecio fue recíproco, como lo revela la última parte de una carta que Humboldt le escribiera muchos años después a Bolívar:  “Una voz interior me dice que nos volveremos a ver en esta vida, pero es ese continente que debe su libertad, menos todavía a la gloria de las armas de V.E., que a la noble moderación de su alma; y en donde espero terminar mis días”. Desgraciadamente, estos deseos nunca pudieron ser materializados.

En 1827 Humboldt se establece en Berlín, alternando sus escritos e investigaciones con sus deberes de chambelán de la corte de Federico Guillermo III. El monarca ve en Humboldt a un segundo Voltaire, como en el tiempo de Federico el Grande; lo nombra miembro del Consejo de Estado y  sigue sus sabios consejos. A toda hora lo consulta como si fuera una enciclopedia ambulante.

En su obra maestra, Cosmos, Humboldt reúne frescas impresiones de las vivencias del viaje por las selvas y llanuras del Orinoco y la altiplanicie de Cajamarca del Perú, y contiene observaciones comparativas entre la naturaleza de América y la de Europa o Africa. Es la cúspide de su creación literaria, traducida a 5 idiomas, siendo un testimonio sencillo, al mismo tiempo que grandioso de un mundo abierto por primera vez.

En 1829 el naturalista fue invitado por el Zar de Rusia a inspeccionar las minas de platino de los montes Urales, viaje que extiende hasta la frontera china.  Hasta el final de su vida continúa consagrado al quehacer intelectual, corrigiendo y publicando sus obras, dictando conferencias, prestando ayuda y alentando a innumerables científicos que acudían de todas artes del mundo en busca de sus conocimientos y de sus consejos. Muere serenamente en 1859 en Berlín.